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La Rive Gauche

En el París sitiado, las ganas de vivir fueron más fuertes que el temor a los nazis

He empezado a leer con curiosidad ‘La Rive Gauche’, un libro de Agnès Poirier, cuyo subtítulo ilustra sobre su contenido: ‘Arte, pasión y el renacer de París 1940-1950’. Cuando yo llegué a la capital francesa en los años 70, poco quedaba ya de aquel universo en el que Sartre y Beauvoir escribían en Aux Deux Magots, Camus tenía una amante llamada María Casares, Juliette Gréco era una actriz que hacía papeles secundarios, Brasillach se sentaba en el banquillo por colaboracionista, Picasso pintaba a Dora Maar, mientras Jean Marais y Cocteau escandalizaban a los biempensantes.

He leído un centenar de páginas llenas de anécdotas sobre la forma de vivir de estos personajes. Eran divertidos, promiscuos, espíritus libres que gozaban de la vida. La entrada de la Wehrmacht en París en junio de 1940 trastocó las expectativas de aquellos escritores, filósofos y artistas que en algunos casos se alistaron en la Resistencia, mientras otros como Marais, Arletty, Simenon, Guitry o Colette no dudaron en colaborar con los ocupantes.

Cuando De Gaulle cruzaba las avenidas entre aclamaciones en agosto de 1944, Camus le preguntó irónicamente a Sartre dónde había estado hasta entonces. El autor de ‘El extranjero’ se había jugado la vida en la clandestinidad y solo la suerte le había salvado en dos ocasiones de ser detenido por la Gestapo. Pero Sartre, que había estado internado en un campo de concentración, no había perdido el tiempo porque había escrito ‘Las moscas’, una evidente parodia de la ocupación. A su manera, también había corrido riesgos.

La pregunta que siempre me he hecho es por qué la Rive Gauche, la orilla del Sena en la que están el Barrio Latino y Montparnasse, se convirtió en esos años en el lugar donde nació el existencialismo, la literatura del absurdo y un tipo de vida que hizo de París un foco de cultura que irradió a todo el mundo.

Mientras Londres y Nueva York decaían durante la guerra, el goce de la existencia latía bajo la superficie de la ciudad sitiada. Las ganas de vivir fueron más fuertes que el temor a los nazis. Los soldados patrullaban las calles mientras Beauvoir y sus amigos se juntaban por la noche en su habitación del hotel La Louisiane para comer patatas hervidas y escuchar las canciones de Trenet, mientras Camus imprimía ‘Combat’.

Los tiempos peligrosos suelen ir acompañados de una mayor capacidad para disfrutar de las pasiones y apreciar el hecho de estar vivos. Es en la precariedad y la incertidumbre, como ha sucedido durante la pandemia, cuando aprendemos a valorar la importancia de las cosas cotidianas. Eso sucedió en un París donde no había comida, ni libertad, ni seguridad. Y tal vez ello explique por qué surgió de la barbarie y la oscuridad aquel intenso fulgor que deslumbró al mundo y todavía iluminó nuestra juventud. París fue una fiesta.

 

 

 

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