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La tumba de Adán

Según el Evangelio de Nicodemo, cuando Seth, el hijo de Adán, vio a su padre enfermo de muerte se dirigió a toda prisa al paraíso para pedir un poco de aceite del árbol de la vida. Creía, aunque no se sabe de dónde sacó la idea, que ungiéndolo con él recobraría la salud. El arcángel Miguel, guardián del Edén desde el día de la expulsión, le respondió que no se hiciera ilusiones creyendo que podría conseguir lo que buscaba, pues estaba previsto que nadie obtuviera el óleo del árbol de la vida, también llamado luego de la misericordia, hasta que no transcurrieran 5.500 años, tiempo que, de acuerdo con los cálculos de los especialistas en cronología bíblica, faltaba para el nacimiento de Jesús de Nazaret.

El arcángel, compadecido de Seth, le entregó de todas maneras un ramito o tallo del árbol de la sabiduría, el mismo cuyo prohibido fruto despertó en Adán y Eva la conciencia privándoles a cambio de la inmediatez paradisíaca (que es como si dijéramos la naturaleza), y le aconsejó que lo plantara en el monte Líbano a fin de que cuando creciera sus frutos pudieran sanar a su padre. Sin embargo, cuando Seth llegó a casa encontró a Adán muerto, por lo que decidió sepultarlo y plantar sobre su sepulcro el tallo recibido. Como la tierra era entonces muy fértil –cierta tradición sostiene que la planta echó raíces en la boca de la calavera del difunto, algo que quizá haya que relacionar con la condición parlante del ser humano–, el tallo creció hasta convertirse en un gran árbol.

Salvo las aves que anidaban en él y tal vez algún hombre que se benefició de su sombra, nadie reparó en su existencia hasta que Salomón, un rey bastante menos perspicaz de lo que su fama de sabio hace suponer, asombrado con su tamaño, ordenó que lo cortaran y lo colocaran como viga en el palacio que estaba construyendo. Aunque los criados del monarca obedecieron sin rechistar, no hubo forma de cumplir sus órdenes. Enigmáticamente, la viga no encajaba en ninguna parte. O bien resultaba demasiado corta o bien resultaba demasiado larga. Cuando recortaban un pedazo para ajustarla al lugar donde pretendían ponerla siempre cortaban de más o de menos, volviendo de nuevo a tropezarse con el mismo problema del principio. No sabiendo cómo aprovecharla, se decidieron finalmente por utilizarla como pasarela para cruzar un pequeño arroyo que discurría allí cerca.

La viga convertida en puente volvió a llamar la atención el día que la reina de Saba pasó por encima. Iba de vuelta a África después de haber permanecido en Jerusalén como invitada de Salomón. En el momento es que se disponía a cruzar el puente, no más entrar en contacto con la madera, cayó en una especie de trance y profetizó con la seguridad de una sacerdotisa de Apolo que el final del reino de los judíos llegaría el día en que un inocente fuera ajusticiado con aquel madero. Salomón, asustado con la profecía, ordenó inmediatamente retirarlo y soterrarlo a gran profundidad, tanto que no mucho después todos olvidaron su ubicación. No es extraño, por eso, que cuando se construyó tiempo más tarde el estanque de Bethesda (más conocido como la piscina probática), nadie supiera absolutamente nada de su existencia. El hecho de que las aguas de aquel estanque poseyeran virtudes curativas no se relacionó con su escondida presencia, sino que se atribuyó a la intervención de un ángel que, adelantándose a las técnicas contemporáneas de depuración, las saneaba agitándolas periódicamente con sus alas.

La viga permaneció oculta durante varios siglos hasta que, inesperadamente, poco antes de la pasión de Cristo, apareció flotando en el estanque. Los judíos la sacaron de allí, dejaron que el sol y el aire la secaran y cuando llegó la hora de cumplir con los designios de la providencia, se sirvieron de ella sin la menor conciencia de su papel en la historia para construir la cruz donde estaba previsto que muriese Jesús. Cumplido el objetivo para el que todos los hechos que se han narrado tuvieran lugar, la cruz fue abandonada igual que un objeto maldito. Aunque la existencia de un número extraordinariamente alto de reliquias relacionadas con ella pueda hacer pensar que los cristianos hicieron lo posible por conservar el madero en el que fue sacrificado el hijo de Dios, la verdad es que su recuperación se produjo en tiempos de santa Elena, la madre del emperador Constantino. El emperador había derrotado al ejército de Majencio en la batalla de Puente Milvio esgrimiendo como estandarte una cruz que había visto en sueños mientras escuchaba una voz que decía: “con este símbolo vencerás”. Tras la victoria, agradecido con la ayuda divina, legalizó el cristianismo y más tarde, poco antes de morir, decidió incluso bautizarse.

Las pesquisas de Elena la llevaron al Gólgota, el monte donde Cristo fue crucificado. El problema es que en aquel lugar el emperador Adriano había mandado erigir un templo dedicado a Venus a fin de impedir que los cristianos se congregaran allí y conspiraran contra la autoridad romana. La madre de Constantino, tan devota o más que su hijo, no vaciló lo más mínimo: ordenó derribar el santuario de la diosa del amor, arar el solar donde este se alzaba y excavarlo hasta que aparecieron tres cruces. Era la confirmación de que el relato evangélico sobre la pasión y muerte de Cristo era auténtico. ¿Cómo saber, no obstante, cuál de aquellas cruces era la que sirvió para martirizarlo? Un inesperado milagro resolvió la cuestión, pues casualmente, al pasar junto a ellas el féretro de un joven que acababa de fallecer, el muchacho resucitó justo a la altura de la cruz en la que había sido clavado el hijo de Dios.

La leyenda de la Santa Cruz, cuidadosamente recogida por Santiago de la Voragine en su Legenda Sanctorum, sirvió de inspiración a multitud de artistas de diversas épocas, entre los que sobresale Piero della Francesca, quien a mediados del siglo XV pintó al fresco la historia en diez episodios en la capilla Bacci de la basílica de San Francisco de Arezzo. Lamentablemente, ni el libro de Santiago de la Vorágine ni los extraordinarios frescos de Piero, una de las obras capitales de la pintura del siglo XV, ofrecen ninguna pista sobre el lugar exacto donde Seth enterró a Adán. Lo único que sabemos con seguridad es que encima de su sepulcro fue plantado el tallo del árbol de la sabiduría y que allí creció el gigantesco árbol que luego talaría Salomón.

Los libros sagrados no son muy locuaces hablando de la muerte del primer hombre, pero hay que suponer que entre nuestros antepasados tuvo que producir una gran conmoción. Era la segunda vez que los descendientes de Adán y Eva experimentaban los efectos de la maldición divina. El único precedente del que tenemos constancia en la Biblia era el fallecimiento de Abel a manos de Caín. Adán y Eva, acompañados presumiblemente por sus dos hijos pequeños –son los personajes que Pieter Lastman, el maestro de Rembrandt, reunió alrededor del cuerpo sin vida de Abel en una pintura que representa aquel triste episodio– asistieron perplejos al fallecimiento de su vástago sin entender bien qué había pasado. ¿Por qué Abel había dejado de moverse?, ¿por qué no respondía a las preguntas que le hacían? Gilgamesh, en la epopeya a la que da nombre, pregunta a su amigo Enkidu, recién muerto, “¿qué sueño te ha arrebatado para que en ti te hayas perdido y ya no me oigas”. Algo parecido tuvo que pasarles por la cabeza a Adán y Eva el día que se cometió el primer crimen de la historia. Ciertamente, ahí estaban el golpe y la herida causada por el ataque de Caín, pero la relación entre ambas y la muerte era algo desconocido entonces. Los seres humanos nunca habían visto un muerto y tampoco se habían formado una idea clara de lo que implicaba la muerte –de entonces a acá han fallecido montones de hombres y seguimos sin acostumbrarnos–, pero al menos debieron darse cuenta de que aquello no había ocurrido de manera natural. Las señales de los golpes eran evidentes. Quizás Caín dejó la quijada asesina al lado del cadáver, como hacían los criminales antes de que aparecieran los detectives. Un ataque violento que destruye los miembros constituye un fenómeno más fácil de entender que el colapso corporal derivado del desgaste del organismo o los efectos subrepticios de la enfermedad. No se olvide que hasta ese día ningún hombre había muerto de viejo ni debido a padecimientos físicos del tipo que fueran. Hacerse una idea acertada del significado de la vejez y la enfermedad tuvo que ser para nuestros antepasados tan difícil como descubrir los factores que intervienen en el proceso de la fecundación, la generación y el nacimiento de nuevas criaturas.

La carencia de pruebas nunca detuvo, sin embargo, a los hombres de fe. Ellos disponen siempre de una respuesta. De ahí que en algún impreciso momento de la historia los cristianos hicieran circular la creencia de que el padre de la raza humana había sido sepultado en una gruta próxima al Gólgota, la conocida como gruta de los tesoros. El origen de esta creencia hay que buscarlo en la suposición de que la muerte de Cristo, en cuanto salvador de la humanidad, debía estar forzosamente relacionada con la de Adán, cuyo pecado arrastró a la perdición a todos sus descendientes. El círculo se había cerrado, y el cierre, o sea, el punto final, tiene que coincidir por fuerza con el principio. Claro que no hay que ser no muy perspicaz ni un experto en hermenéutica bíblica para darse cuenta de que el punto de conexión entre ambos personajes es la cruz, no el lugar físico del enterramiento. La idea de que Adán fuera sepultado donde dicen los guardianes de la Basílica del Santo Sepulcro de Jerusalén carece de fundamento histórico. Verdad que allí, en la capilla de Adán, se enseña la hendidura causada en la roca por el terremoto acaecido al expirar Jesús, pero esto no prueba absolutamente nada. Confundir lo simbólico con lo real es una torpeza inaceptable. Verdad que la cruz de Cristo se ha representado en la tradición iconográfica cristiana sostenida en la calavera de Adán, pero esto es evidentemente una representación de la victoria sobre la muerte (esa muerte a la que destinó el padre del género humano a sus vástagos por comer el fruto del árbol de la sabiduría) así como una simple transformación metonímica de la propia cruz, del material con que fue hecha la cruz.

El problema de la fe es que nunca es definitiva en sus aseveraciones y que, al momento, surgen quienes, apelando y sosteniéndose a la misma fe, no dudan en impugnarlas. De ahí que haya habido cristianos que han rechazado la creencia de que Adán hubiera sido enterrado en el Gólgota. Durante la Edad Media, muchos mantuvieron de hecho que la sepultura de Adán (y Eva, su mujer), se halla en Hebrón, lugar donde supuestamente yacen algunos patriarcas bíblicos. El motivo de su creencia es una confusión derivada de una mala traducción de la Vulgata, versión latina del Antiguo Testamento. La palabra adam, en hebreo, sinónimo de hombre en general, se confundió con Adán, el nombre propio, y esto derivó en el error de suponer que los primeros judíos construyeron una especie de panteón real para sus líderes, desde el padre de todos los hombres a Abraham, Isaac o Jacob.

La idea de que Adán perteneciera al pueblo elegido es, obviamente, un disparate. Aquel de quien proceden todos los seres humanos no puede ser el principio específico de una parte. Cosa distinta es afirmar que el paraíso estuvo en tal o cual sitio. “Adán, que era vizcaíno …”, comenzaba una historia universal cuyo autor no recuerdo. En cualquier caso, la Biblia es precisa en esto: el Paraíso es un lugar al que los hombres no pueden volver mientras vivan. Cuando el arcángel los expulsó, Adán y Eva se vieron obligados a peregrinar por la Tierra. Si el Paraíso fuera un lugar físico y no una situación espiritual –la de la integración inconsciente, puramente animal, en la naturaleza surgida de las manos de Creador– uno podría pensar que, una vez arrojados fuera de él, los progenitores de la humanidad prefirieron quedarse cerca, igual que dos exiliados que esperan que en cualquier momento vuelvan a abrirse las fronteras del país del que fueron expulsados. Pero el Paraíso era otra cosa y a ellos no les quedó otro remedio que vagar. Tenían que ganarse el pan con el sudor de su frente y, por aquel entonces, Dios no había otorgado al hombre el poder sobre las criaturas (esto ocurriría justo después del diluvio universal). Adán y Eva no eran carnívoros. Tuvieron que subsistir recogiendo frutos. Que aprendieron algo de agricultura se ve en que Caín cultivaba el campo, pero de los animales únicamente extraían leche y huevos. Su vida tuvo que ser por fuerza la de nómadas hambrientos. Adán pudo morir en el entorno de la actual Jerusalén, aunque también en cualquier otro punto de la Tierra. De hecho, en tradiciones que no son la judía, se venera desde hace muchos siglos el llamado Monte de Adán en Sri Lanka, la supuesta tumba del padre de la humanidad.

Este monte de 2.243 metros de altitud es considerado sagrado por hinduistas, budistas y musulmanes. Miles de peregrinos acuden todos los años a lo alto de la cumbre para contemplar la gigantesca huella con forma de pie humano que allí hay. Cada uno interpreta su sentido según le parece. Los hindúes están convencidos de que se trata de la huella de Shiva, los budistas que es la huella de Buda, los islamitas la de Adán. Estos últimos suponen que se trata exactamente del primer paso dado por el padre de la humanidad tras ser expulsado del jardín del Edén. Adán perdió el paraíso para entrar en la historia de modo parecido a como el hombre contemporáneo ha perdido la historia para entrar en lo que todavía experimentamos como una especie de nada, de cotidianidad sin expectativas. Sus primeros pasos tuvieron que ser desconcertantes para él. De ahí el tamaño y la profundidad de la huella.

Que la tumba del primer hombre de la historia sea una enorme montaña resulta, desde luego, tan significativo como que el hecho de que a nosotros, los hombres actuales, ya no se nos sepulte en una tumba, sino que seamos dispersados como una inconsistente nube de humo tras incinerar nuestros cadáveres. Vivimos vanamente y desaparecemos de igual manera. El más allá de la historia al que hemos llegado tras reducir a polvo todos nuestros sueños de salvación es un espacio donde la vida se consume sin dejar huella. Ya no hay monumentos funerarios. El último, sensu stricto, fue el que se dedicó en Moscú a Lenin. En aquel momento todavía se creía en la posteridad, o sea, en el éxito de la revolución.

 

A Adán lo enterraron en una montaña para devolverlo a la naturaleza de la que emergió como ser consciente por culpa del pecado. La razón por la que fue elegida la de Sri Lanka es que en abril, a cierta hora del día, proyecta una sombra que parece producida por una pirámide. En la foto que aparece en segundo lugar puede observarse con toda claridad. La pirámide no existe, es la forma del monte asombrosamente bien perfilada por el sol. Acaso la construcción de pirámides surgió de la creencia de que se trata de la tumba por antonomasia. Esa sombra que proyecta el monte en algunos momentos del año se convirtió en épocas remotas en símbolo de la muerte que el propio Adán introdujo en la tierra. ¿Cabe imaginar un espacio más apropiado para enterrar el cuerpo del primer ser que se sintió un extraño en el universo?

 

José María Herrera

 

 

 

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