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Laberintos: En Cuba es la cosa

Models present creations by German designer Karl Lagerfeld as part of his latest inter-seasonal Cruise collection for fashion house Chanel at the Paseo del Prado street in Havana, Cuba, May 3, 2016. REUTERS/Alexandre Meneghini

   ¿Un desfile Chanel de ropa informal, de “crucero”, la llamaron los publicistas de la casa, trapos ligeros en tonos pastel y zapatos masculinos de dos tonos al mejor estilo cubano de antaño, pero con los precios escalofriantes de la más alta costura europea en el emblemático Paseo del Prado habanero, de la noche a la mañana transformado por la imaginación de Karl Lagerfeld en pasarela nada, absolutamente nada revolucionaria?

   Durante más de medio siglo, Fidel Castro se cansó de justificar los rigores espartanos del modelo político y económico de la revolución cubana con el doble argumento de la austeridad y la igualdad, metas sociales de la guerra contra la alienación consumista, de la lucha de clases y por un socialismo de clara naturaleza totalitaria, pero disimulado desde el mismo instante del triunfo insurreccional con los velos de una supuesta revolución humanista. Las consecuencias de estos pretextos ideológicos, por supuesto, han sido todo lo contrario: falta de libertad asfixiante, miseria física y moral, desesperación sin remedio a lo largo de tres generaciones de cubanos que continúan buscando satisfacer sus necesidades más elementales más allá de las fronteras marítimas de la isla. Para revivir la vergüenza de esta penosa historia basta hacer memoria y recordar la invasión de la embajada de Perú en La Habana, los éxodos masivos por Mariel y Camarioca, la incesante y trágica aventura de miles de balseros resueltos a jugarse la vida en las aguas de la corriente del Golfo con tal de escapar de Cuba.

   Raúl Castro sustituyó a su hermano Fidel en la presidencia del Consejo de Estado hace ocho años. Su oferta para neutralizar el creciente malestar de la población, harta de esperar en vano los frutos de la revolución prometida, fue, y sigue siendo, la apertura económica, aprobada como irreversible política de Estado en el VI Congreso del Partido Comunista de Cuba, celebrado en octubre de 2011, en el curso del cual Raúl fue designado primer secretario del partido. En la práctica, la reforma raulista apenas ha sido un tímido ensayo de resultados nulos y puro maquillaje. Lo único cierto es que con reforma o sin ella, la vida de la inmensa mayoría de los cubanos, casi 60 años después, continúa siendo miserable.

La celebración del VII Congreso el pasado mes de abril, con las visitas históricas a La Habana de Barack Obama y de las cuatro majestades diabólicas de los Rolling Stones como anticipos sorprendentes de lo que podría venir después y nunca llegó, se organizó en torno a la expectativa de que los mil delegados al encuentro quinquenal de las autoridades del Partido le cambiarían el rostro al Comité Central y al Secretariado, y aprobarían la profundización real de la apertura económica. Bla, bla, bla. Todos sabemos lo que ocurrió. Más de lo mismo, al menos por los próximos 5 años, incluyendo la anacrónica retórica de tiempos muy pasados, la inamovilidad en la cima de la cúpula partidista de la octogenaria vieja guardia comunista y el frenazo abrupto de cualquier iniciativa verdaderamente aperturista. Como si en definitiva las palabras de Obama y los contoneos de Mike Jagger y compañía, un paso adelante y dos atrás, de pronto hubieran recorrido las viejas espaldas revolucionarias con un escalofrío de auténtico terror al día de mañana.

   No obstante, en el marco de esta deprimente frustración, se han producido tres acontecimientos que permiten presumir lo que la jerarquía cubana entiende por reformas y aperturas económicas, y lo que en verdad puede alterar, y mucho, el aspecto físico y espiritual de la revolución cubana.

   La primera sorpresa que irrumpió en la grisura de la vida diaria de los habitantes de la capital cubana fue la aparición, el lunes 2 de mayo, de un buque de crucero de la empresa Carnival en la bocana de la bahía de La Habana. Las fotos del hecho, inédito desde hace más de 50 años, la blanca e inmensa mole del buque haciendo su lenta entrada por el canal del puerto, la silueta del Morro como muy turístico telón de fondo, provocó manifestaciones de gozo espontáneo en los ciudadanos que lo presenciaron. El mismo asombro y la misma admiración que desde hace días despierta en las calles de La Habana la filmación de los exteriores de la octava película de la popular serie Rápidos y Furiosos y la presencia simpática de su protagonista, el musculoso Van Diesel, que ya había visitado Cuba hace 17 años y ahora se suma a la lista de celebridades que no paran de viajar a la isla y coinciden en señalar que en Cuba es la cosa.

   El broche de oro de esta semana llena de fuegos fatuos fue el dichoso desfile de Chanel. Modelos muy jóvenes y delgadas, celebridades invitadas para disfrutar del privilegio de sentarse en los bancos del remozado Paseo del Prado, muchos más policías, de uniforme y de civil, que invitados, aislando el lugar de miradas curiosas y manteniendo bien alejados del espectáculo a los habitantes de la ciudad, los excluidos de siempre, de manera muy especial de la cena de gala servida en la plaza de la Catedral, previa recogida de los mendigos que suelen acampar en sus soportales a la espera de turistas, “privatizada” para la ocasión por los organizadores del desfile y protegida por los agentes del orden público revolucionario. Ni una sola foto nos ha mostrado el menor detalle del fiestón más que exclusivo del selecto grupo de gente rica y bonita que asistió al evento. Ni una sola línea en el diario Granma para registrar y contarle a los cubanos, como han hecho las primeras páginas de todos los periódicos del mundo, el estallido de lujo y riqueza que ha impregnado de muy costosa superficialidad consumista ciertos rincones de La Habana.

   Estos tres espectáculos que han tomado la capital cubana por sorpresa, sobre todo el desfile de Chanel, patética y escandalosa explotación de Cuba, su revolución y su pobreza como elementos folklóricos para promover un turismo de superlujo, obligan a hacerse dos preguntas muy elementales. ¿Dónde ha quedado la proclamada austeridad revolucionaria? ¿Dónde la igualdad socialista?

Peor aún, tras más de medio siglo de revolución comunista, ¿ahora proponen la explotación capitalista de Cuba exclusivamente para el gusto más capitalista y elitesco del mundo como fórmula comercial de la economía socialista? ¿Para eso fue que se hizo la revolución? ¿A esto se reduce la apertura económica de Raúl Castro y el gradual reingreso del gobierno de Cuba al clima de normalidad política reinante en la comunidad internacional del primer mundo? ¿Es este el significado exacto que se le quiere dar al reclamo publicitario de que sí, aunque usted no lo crea, en esta Cuba, que alguna vez fue revolucionaria y comunista y que ahora, evidentemente, no lo es, es la cosa?

   Las consecuencias de esta alteración del sentido revolucionario de la vida es en realidad la interpretación caribeña de la fórmula china de dos sistemas y una sola nación, aplicado con idéntico y salvaje éxito neoliberal en China y en Vietnam. Esos son, al parecer, los modelos que el reformista Raúl Castro pretende implementar en Cuba. Con una diferencia substancial. En China y Vietnam, si bien se mantienen los implacables resortes del despotismo político absoluto, se le ha dado rienda suelta a la iniciativa privada y al progreso y enriquecimiento de sus ciudadanos. En Cuba, por el contrario, se pretende mantener los cerrojos económicos tan cerrados como los tradicionales mecanismos de opresión política, y los beneficios potenciales de esta “apertura” en ciernes, si en verdad se producen, se limitarán a favorecer a inversionistas y consumidores extranjeros, en el marco de Zonas de exclusión para los cubanos, tal como ocurrió con el Paseo del Prado y la plaza de la Catedral durante el espectáculo Chanel.

   Lo que nadie puede vaticinar, ni siquiera los estrategas del “cambio” que Raúl Castro ha puesto en marcha, es el efecto que en definitiva tendrá para los cubanos de a pie, que de ningún modo podrán participar en este festín al que se aspira con la sinuosa apertura oficial de la Cuba revolucionaria al mundo del poder político y económico mundial. Es decir, si esos ciudadanos que nada tienen se conformarán con ver desde muy lejos el mundo de sus sueños, o si no resistirán hasta el VIII Congreso del Partido Comunista de Cuba la tentación de reclamar, con toda la firmeza del caso, una porción considerable de la suculenta torta que es la Cuba por venir, hasta ahora sólo para los demás.

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