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Las dos economías estadounidenses permanecen alejadas

Muchos analistas han sugerido que las elecciones de mitad de período se referían más a las hostilidades culturales que a cualquier otra cosa. Y no hay duda de que la nación está peligrosamente fracturada a través de líneas sobre raza y religión.

Sin embargo, vale la pena señalar que el voto de la semana pasada reafirmó que las marcadas y masivas divisiones económicas de Estados Unidos -que se alinean y se cruzan con esas fracturas culturales- están vivas y coleando.

Para entender mejor estas divisiones económicas, trabajamos con John Harwood en CNBC para actualizar un análisis que realizamos después de las elecciones presidenciales de 2016, vinculando los resultados finales del voto para la Cámara de Representantes (o Congreso) en todos los circuitos -siete de ellos todavía están en discusión- con los datos económicos estándar de cada condado para evaluar las diferencias económicas locales. Sin duda, las cifras revelan de nuevo diferencias extremadamente marcadas en el comportamiento electoral de lo que son, en efecto, dos naciones económicas diferentes dentro de Estados Unidos.

Al observar los diversos distritos del Congreso, el análisis muestra que la mayoría gobernante de 228 distritos del Congreso (a la fecha de publicación de este trabajo) ganados por los demócratas la semana pasada abarca el 60.9 por ciento de la actividad económica de la nación, medida por el total de la producción económica en 2016. Los distritos democráticos son más productivos, con una fuerte orientación hacia las industrias avanzadas que determinan desmesuradamente la prosperidad. En particular, los votantes en estos distritos poseen títulos de licenciatura a niveles relativamente altos y trabajan desproporcionadamente en industrias digitales como la publicación de software y el diseño de sistemas informáticos.

Por el contrario, los 200 escaños (siempre a la fecha de publicación de este trabajo) capturados por los republicanos representan un sector muy diferente de la economía. Si bien son casi tan numerosos como los demócratas, estos escaños representan sólo el 37,6 por ciento de la producción nacional, lo que refleja un nivel de productividad de sólo $106.832 por trabajador, y parecen estar mucho más orientados a las industrias de menor producción, así como a la manufactura no avanzada (por ejemplo, ropa, alimentos, papel). Relativamente menos adultos en estos distritos poseen una licenciatura y menos aún trabajan en servicios digitales.

El resultado de estos perfiles de estos grupos contrastantes es inconfundible: La aguda división política que surgió en 2016 entre las porciones más densas, productivas y orientadas al futuro de la economía y el resto de ella -entre lo que Jim Tankersley del New York Times ha llamado «alta producción» y «baja producción» de Estados Unidos- sigue siendo un hecho revelador y desconcertante de la vida económica y política moderna.

A partir de las recientes elecciones, ahora hay dos divisiones. Una división continuará haciéndose presente en los próximos dos años en la Cámara; con una mayoría demócrata que representa el 60 por ciento de la economía, con sus distritos e industrias más productivas que contienen una alta proporción de trabajadores con títulos universitarios. En esta cámara, una modesta mayoría urbana y suburbana debería poder prevalecer en votaciones estrechas que articulen los puntos clave de la agenda relevantes para unos Estados Unidos de alto rendimiento.

Sin embargo, la otra división -la del Senado ahora exacerbada por la ganancia neta de los republicanos de entre uno y tres escaños- luce mucho más relevante. Con las nuevas ganancias del Partido Republicano en la cámara, 21 estados, en su mayoría rurales, de bajo rendimiento -que van desde Arkansas hasta Wyoming- ahora tienen dos senadores republicanos y están listos para ejercer un veto aún más reaccionario sobre los proyectos y prioridades de la América de alto rendimiento.  Estos 21 estados podrán fácilmente votar en contra de los 19 estados con dos senadores demócratas, a pesar de que dicho grupo de 21 estados republicanos representa sólo el 30,3 por ciento de la producción de la nación.

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De hecho, las elecciones a mitad de periodo han provocado un estancamiento económico y social en la nación. Más aún ahora, una mayoría del Senado orientada al campo que representa las economías agrícolas, energéticas y productivas «tradicionales» está dispuesta a bloquear los esfuerzos para abordar las necesidades de una economía del «conocimiento» urbana y suburbana. Esta última economía está más orientada a los servicios digitales de aprendizaje futuro y, por lo tanto, depende de las soluciones a problemas importantes como la financiación de la I+D, la readaptación de los trabajadores a la era digital, la inmigración, la atención sanitaria, la desigualdad de ingresos y la cooperación internacional. En ese sentido, lo que el periodista Ron Brownstein llama la «paradoja de la prosperidad» sigue siendo tan cierto como siempre. A pesar de que el crecimiento económico se concentra en comunidades urbanas y suburbanas prósperas, los republicanos arraigados en lugares no urbanos alejados de esos ecosistemas de inclinación hacia el futuro continúan ejerciendo un poder desproporcionado en Washington.

Ese es un problema, como escribió Brownstein la semana pasada: Los dos partidos representan aún más este otoño «lo que Estados Unidos ha sido y en lo que se está convirtiendo», y están en un punto muerto. En el futuro, la pregunta será si una nación que no satisface las necesidades de su economía básica y de alto valor puede realmente prosperar.

Mark Muro: Senior Fellow and Policy Director – Metropolitan Policy Program

Jacob Whiton: Research Assistant -Metropolitan Policy Program

Traducción: Marcos Villasmil


NOTA ORIGINAL:

Brookings Institution

AMERICA’S TWO ECONOMIES REMAIN FAR APART

Mark Muro – Jacob Whiton 

Many analysts have suggested the midterm elections were more about cultural hostilities than anything else. And there’s no doubt the nation is dangerously fractured across lines of race and religion.

And yet, it’s worth noting that last week’s vote reaffirmed that America’s stark and massive economic divides—which align with and inform those cultural fractures—are alive and well.

To better understand these economic divides, we worked with John Harwood at CNBC to update an analysis we conducted after the 2016 presidential election by linking congressional vote outcomes for all called races—seven are still uncalled—with standard county economic data to assess local economic differences. Sure enough, the numbers again reveal extremely sharp differences in the voting behavior of what are, in effect, two different economic nations within America.

Looking at congressional districts, the analysis shows that the governing majority of 228 congressional districts (as of this post’s publish date) won by the Democrats last week encompasses fully 60.9 percent of the nation’s economic activity as measured by total economic output in 2016. Democratic districts are more productive, with a strong orientation to the advanced industries that inordinately determine prosperity. Notably, voters in these districts possess bachelor’s degrees at relatively high levels and work disproportionately in digital industries like software publishing and computer systems design.

By contrast, the 200 seats (as of this post’s publish date) captured by Republicans represent a much different swath of the economy. While almost as numerous as Democratic holdings, these seats represent just 37.6 percent of the nation’s output, reflecting a productivity level of just $106,832 per worker, and appear much more oriented to lower-output industries as well as non-advanced manufacturing (e.g., apparel, food, paper). Relatively fewer adults in these districts possess a bachelor’s degrees and fewer work in digital services.

The upshot of these contrasting caucus profiles is unmistakable: The sharp political divide that surfaced in 2016 between the densest, most productive and future-oriented portions of the economy and the rest of it—between what Jim Tankersley of the New York Times has called “high-output” and “low-output” America—remains a revealing, disconcerting fact of modern economic and political life.

As of the midterms, there are now two divides. One divide will continue to play out in the next two years in the House; with a Democratic majority that factually represents 60 percent of the economy, with its most productive districts and industries containing high shares of workers with college degrees. In this chamber a modest urban and suburban majority should be able to prevail in narrow votes articulating key agenda points relevant to high-output America.

However, the other divide—the one in the Senate now exacerbated by the Republicans’ net gain of between one and three seats—looms much more consequentially. With new GOP gains in the chamber, 21, mostly rural, low-output—ranging from Arkansas to Wyoming—now host two Republican senators and are poised to serve as an even more reactionary veto on the projects and priorities of the high-output America.  These 21 states will easily be able to outvote the 19 states with two Democratic senators, even though the Republican 21-state caucus represents just 30.3 percent of the nation’s output.

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The midterms have in fact ratcheted up an economic, as well as social, stalemate in the nation. Even more now, a rurally oriented Senate majority representing “traditional” agricultural, energy, and production economies stands ready to block efforts to address the needs of an urban and suburban “knowledge” economy. That latter economy is more oriented to future-learning digital services, and thus depends on solutions to major issues like R&D funding, worker reskilling for a digital age, immigration, health care, income inequality, and international cooperation. In that sense, what journalist Ron Brownstein calls the “prosperity paradox” remains as true as ever. Even as economic growth is concentrating in thriving urban and suburban communities, Republicans rooted in non-urban places remote from those future-leaning ecosystems continue to wield disproportionate power in Washington.

That’s a problem, as Brownstein wrote last week: The two parties even more this fall represent “what America has been and what it is becoming”—and they are at a standoff. Going forward, the question is whether a nation that fails to support the needs of its core, high-value economy can truly thrive.

 

Mark Muro

Senior Fellow and Policy Director – Metropolitan Policy Program

Jacob Whiton

Research Assistant -Metropolitan Policy Program

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