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Las marchas prueban que Duque tiene más fácil la mano dura que la unidad

Desde el atentado del jueves pasado que cometió el ELN contra la Escuela de Policía General Santander, en el que murieron 21 estudiantes de esa escuela y resultaron heridas más de 60 personas, el presidente Iván Duque ha lanzado un mensaje de unidad nacional y ha recibido presiones para mostrar mano dura. Tras las marchas de ayer, quedó claro que le resultará más fácil hacer lo segundo que lograr lo primero.

La decisión es importante porque probablemente le dé a su Gobierno la bandera que hasta ahora no ha tenido, y cualquiera que elija tiene sustento: la de unidad, en su talante conciliador y en el mensaje que ha reiterado desde su posesión; la de mano dura, en su militancia uribista y en lo criminal del carro bomba.

Una marcha en general tranquila

La marcha fue bastante tranquila, según los reportes de los medios y siete fuentes que estuvieron en ella. Fue grande, sin ser multitudinaria como la de 2008 contra las Farc, y no hubo violencia, por lo menos física, ni entre manifestantes ni con otros grupos o con la fuerza pública.

A pesar de que el Gobierno la impulsó desde el viernes, cuando varios de sus altos funcionarios enviaron la convocatoria por redes sociales (incluyendo whatsapp) y Duque anunció que asistiría, su carácter ciudadano se mantuvo, por lo menos en buena medida.

A ello ayudó que el Presidente haya participado sin encabezarla y no haya hablado en la Plaza de Bolívar de Bogotá, donde se cerró la marcha y había una tarima; también ayudó el énfasis de muchos en las víctimas (en general los cadetes asesinados el jueves, pero en muchos casos también los líderes sociales).

Lo mismo, por lo menos en Bogotá, se logró gracias a que asistieron políticos de muchas vertientes.

Había uribistas o aliados, incluyendo a altos funcionarios del Gobierno, la vicepresidente Marta Lucía Ramírez o el ex presidente Andrés Pastrana; opositores como  la representante de la Colombia Humana, Angela María Robledo; los senadores del Polo Alex López y Jorge Robledo o la ex senadora verde Claudia López (los dos últimos salieron con el ex candidato Sergio Fajardo, con lo que dejaron la imagen de que la idea de la Coalición Colombia sigue viva); y políticos de otras vertientes, como el ex presidente Juan Manuel Santos o los hermanos Carlos Fernando y Juan Manuel Galán.

Esa diversidad política ayudó a mantener durante la marcha misma su carácter ciudadano, a lo que se suma que en la tarima quienes hablaron fueron algunos ciudadanos organizadores.

Duque dio declaraciones a los medios antes de arrancar la marcha y habló luego, en una misa en la Catedral.

En los dos momentos reiteró su mensaje de unidad.

“Hoy Colombia se une como país y hoy acompañamos esta iniciativa cívica para rechazar la violencia y decirle al mundo que Colombia unida es invencible”, dijo primero; “en el año en que celebramos el Bicentenario de nuestra Independencia, tenemos una oportunidad, y es la de transitar unidos la construcción de un país más fuerte, más unido, más comprometido en derrotar y rechazar para siempre la violencia”, dijo al final.

Sin embargo, varios detalles dejaron claro lo lejos que está esa unidad.

…que igual muestra lo difícil de lograr la unidad

A pesar de esa calma general, varios hechos muestran las grandes tensiones que siguen vivas.

Primero, afectó que el senador Gustavo Petro, que como candidato presidencial hace menos de un año encarnó el antiburibismo, no haya participado en la marcha, argumentando que ésta “provoca la guerra”.

Aunque aliados suyos sí fueron, su posición tuvo eco y representó la de quienes vieron en la marcha una estrategia uribista, como se notó en Twitter en el hashtag #NoMarchoConElUribismo

Además de eso, algunas agresiones en las marchas le dieron sustento a esa lectura. No solo el abucheo de grupos pequeños a Santos

Que grande el presidente Santos haber venido pic.twitter.com/xYpIik8Umm

— Diego A. Santos (@DiegoASantos) 20 de enero de 2019

y al concejal y precandidato petristas a la Alcaldía de Bogotá, Hollman Morris

Algunas personas poseídas por el odio no entendieron que es la hora de la unidad. Aprecio el gesto tranquilo de @HOLLMANMORRIS ante la agresión.
Estuvimos en la marcha en defensa de la paz.Lamentamos todas las muertes. @DanielSamperO@MeDicenWally#TeQuitasEsaCamisetaOTePelamospic.twitter.com/7oVHS7tTQH

— Bruno Díaz OFICIAL (@BrunoDiazACTOR) 20 de enero de 2019

sino la agresión verbal a un joven que llevaba una camiseta contra “la guerra de Duqque y Uribe” en Medellín.

«Te quitas es camiseta o te ‘pelamos'»» le dijo un rabioso marchante al joven Alan Andrés Garzón, quien decidió protestar contra lo que él llamó «la guerra de Duque y Uribe», alegando libertad de expresion. pic.twitter.com/HFaDsGSIDK

— Verdad Abierta (@VerdadAbierta) 20 de enero de 2019

Todo eso tuvo mucho eco en las redes sociales, donde uribistas se movieron con eslóganes como #UribeColombiaEstáContigo, mientras de la orilla opuesta crecieron #TeQuitásEsaCamisetaOTePelamos , #UribeColombiaNoEstaContigo y #UribeEsElCáncerDeColombia.

Esas reacciones muestran lo difícil que es que Duque, que llegó a la Presidencia en los hombros de Uribe, logre una unidad nacional incluso contra el terrorismo, como indicó Héctor Riveros en su columna de este sábado.

Hasta ahora, Duque no ha definido un camino para concretar su idea de unidad en un consenso específico.

No ha convocado, por ejemplo,a los jefes de los partidos como hizo con el paquete anticorrupción, ni ha invitado a los gremios y sindicatos a firmar un acuerdo. y tampoco ha propuesto un camino concreto para enfrentar la nueva realidad con el ELN. Por eso, la unidad se demoraría.

Y ya hay mano dura

En contraste con eso, desde su alocución pública la noche del jueves ha ido dando muestras de que se ha endurecido, algo que a diferencia de la unidad depende de él mismo.

Primero, en su discurso de la noche del viernes se centró menos en la unidad del país y usó términos más emocionales y duros que menos de 24 horas antes.

Por ejemplo, habló de un “acto de barbarie” y de un “despreciable ataque“, y dijo que el ELN se caracteriza por “el engaño sistemático y la violencia irracional”, por su sevicia y por cometer un ecocidio.

Un tono similar usó en el Taller Construyendo País de este sábado en Fresno, Tolima.

Dijo que el atentado fue “Un ataque cobarde, miserable, execrable”, que “muestra cobardía, demencia, brutalidad, carácter sanguinario, repudio por el ser humano” o que “constituye el más vil ataque a los derechos humanos y la más grande violación a cualquier norma de Derecho Internacional.”

Y ayer, en la Catedral, mantuvo ese tono más sentido y enérgico, e incluso ató el terrorismo a la corrupción, que ha sido recientemente el gran tema político: “No nos doblegaremos jamás como sociedad ante el terrorismo. No solo porque desprecia la vida que nosotros valoramos, sino también porque es la peor forma de corrupción. Es la degradación moral, la degradación ética y la pérdida absoluta de todos los valores”

Más allá de eso, su decisión del viernes de pedir a Cuba que extradite a los jefes del ELN que estaban en la isla como negociadores con el Gobierno muestra una decisión de mano dura quizás no muy visible pero sí fuerte.

Eso porque, como respondió el canciller cubano y como pidieron Álvaro Leyva e Iván Cepeda, la solicitud de extraditarlos cuando estaban allí en virtud de una negociación en la que ese país, junto con Chile, Brasil y Ecuador, es garante, obliga a que Cuba revise el protocolo bajo el cual se sentaron a negociar.

En el pasado, los gobiernos colombianos de diferente tipo han respetado ese tipo de protocolos al levantar las negociaciones.

Por ejemplo, cuando en 1992 y tras el asesinado del ex ministro Argelino Durán el Gobierno Gaviria levantó las negociaciones de Tlaxcala con la Coordinadora Guerrillera, los negociadores de las Farc, el ELN y el EPL regresaron a Colombia acompañados por garantes internacionales.

También se dio en el Caguán.

El 9 de enero de 2002 el Gobierno Pastrana dio por terminadas las negociaciones y le dio a las Farc 48 horas para salir. Aunque la negociación se salvó en ese momento, la ruptura era inminente que los comandantes de las Farc se quedaron en zonas seguras las semanas siguientes.

Por eso, cuando Pastrana finalmente las terminó el 20 de febrero, después del secuestro de un avión de Aires, recordó que los había respetado e implícitamente que no lo volvía a hacer porque ya habían cumplido su propósito. «Yo le ofrecí y le cumplí con el plazo de las 48 horas, pero usted, y su grupo, no han hecho otra cosa que burlarse del país” dijo dirigiéndose a Tirofijo.

Que Duque haya decidido no hacerlo esta vez, y que lo haya reiterado el sábado (cuando argumentó que “fue un acto criminal, violador de los derechos humanos, y ningún acto de esa naturaleza amerita ningún protocolo que evite que se haga justicia”) es una señal de mano dura.

Después de las marchas de ayer, queda claro que recurrir a ella es más expedito que buscar unidad en una sociedad políticamente fracturada.

Y que la narrativa de la lucha contra el terrorismo, que ha retomado Álvaro Uribe con fuerza desde el jueves, puede ser mucho más sencilla para Duque que construir una de unidad. Pero no ha abandonado la segunda; ayer en la Catedral reiteró “ unidos seremos más, unidos seremos más fuertes (…) una Nación que unida derrota cualquier adversidad.”.

El problema es que es casi imposible avanzar en la mano dura y a la vez lograr esa unidad.

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