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Los límites de la creatividad: el coronavirus y un reparto cubano

'Todo lo que tenemos está en la televisión: horas y horas de discursos', dice una vecina.

La gente se amontona alrededor de los pocos puntos de venta que se mantienen abiertos. A pesar del llamado gubernamental a evitar las aglomeraciones mientras dure la pandemia, por el pasillo del Centro Comercial de la Zona 6 de Alamar casi no se puede caminar.

Es sábado y muchos han salido a resolver lo que se pueda para comer en la semana. Todos usan mascarillas. En ambas puertas del lugar hay policías que niegan la entrada a quienes no las porten.

Las medidas han ido arreciando. El mercado estatal apenas ofrece azúcar, cigarros Criollos, sirope de fresa, además de la dieta normada. Un par de policías tratan de garantizar que no se formen aglomeraciones.

A lo largo del pasillo se suelen reunir vendedores que, en la mayoría de los casos, no tienen licencia. Venden de todo, o mejor dicho, venden cualquier cosa que aparece. Jabitas a peso, detergente, puré de tomate, íntimas, cloro, tomacorrientes fabricados en Cuba, estropajos, frazadas de piso. Pero ahora no hay casi ninguno. La presencia de la Policía los ha ahuyentado.

Este Centro Comercial es pequeño y muy sucio, como si desde que fuera construido, en los 70, no se limpiara.

Dicen que la higiene es la principal arma contra la pandemia, y algunos vecinos se preguntan si el presidente Díaz-Canel no tendrá camiones cisterna para limpiar este tipo de lugares. Policías sí tiene, para la represión no faltan recursos.

Por fuera del Centro Comercial, en los quioscos, el panorama no es menos desalentador. En su mayoría están cerrados. Uno de los dueños, conocido como Felipón, tuvo que cerrar el sábado por la mañana porque los inspectores estaban arreciando.

Lo hizo medio asustado, mirando en varias direcciones mientras los clientes quedaban con la palabra en la boca y el dinero en la mano.

Ninguno de estos quioscos reúne los requisitos sanitarios para funcionar. En la barbería no hay agua hace varios años, pero sigue abierta. Su administradora es la jefa del área y participó en el despojo del local de la cuentapropista Zorabel López el año pasado, pero para gestionar mejores condiciones para su negocio la jefatura no le sirve.

Un poco más abajo, frente al local que fue de Zorabel López, se sentaba a vender sus cosas Emelina, una anciana de casi 80 años.

«Hoy no la he visto», dice Alberto, un vecino. «Pero me contaron que ahora vende sentada en una silla en la entrada de su apartamento, cerca de aquí. Con ella yo resuelvo muchas cosas que están perdidas. Huevo, puré de tomate, jabón, detergente…»

Muchos vecinos de la Zona 6 aprovechan la cercanía del Centro Comercial para comprar en grandes cantidades los productos que sacan, y luego revenderlos. Es un medio de vida, resultado de la escasez y potenciador de esta.

En la Zona 9, Fidelito puso un mostrador en la entrada de su cafetería, redujo la cantidad de productos y pasa el tiempo untando el cristal con agua y cloro. A diferencia de otros meses, en marzo le fue mal. La harina se ha puesto más difícil de encontrar, así como el jamón, el queso y otros productos que sostenían su negocio.

En el mercado que queda a unos metros de allí han puesto un cartel que prohíbe la entrada a los niños. «Sé que es una medida para el bien de la mayoría, ¿pero a mí quién me resuelve?», pregunta Karol, madre soltera que no tiene con quien dejar a su bebé para hacer las compras.

Otro de los productos que ha desaparecido de esta zona es la carne. Eventualmente se puede encontrar alguna empella de puerco, o un pedazo de carnero por 40 y 50 pesos la libra, respectivamente. Se sabe que la escasez de estos productos no responde a la llegada del coronavirus, pero no pudo ser en peor momento.

Aún no escasean los productos del agro, el azúcar y el pan, pero ya el arroz y los frijoles también «se han perdido» de todos los lugares.

Karol ha salido este sábado en busca de alguna reserva para tiempos peores, porque sospecha que la cosa se pondrá mucho más dura. Sin embargo, ha regresado a casa con las manos vacías.

«Todo lo que tenemos está en la televisión, horas y horas de discursos donde los ministros y el presidente han descubierto el agua tibia: hay que ser creativos y resolver este problema, dicen, ¿pero cómo?»

 

 

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