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Los mendigos de Fidel y Raúl Castro

Tan rodeada estoy de los mendigos de Fidel y Raúl Castro que a diario me recuerdan a los que conocí por los años cincuenta del siglo pasado en Camajuaní

LA HABANA, Cuba.- Los mendigos de Fidel y Raúl Castro son muchos. Desde la puerta de mi casa los veo pasar a cada momento. En algunos casos son jóvenes mal vestidos, mal pelados, mal comidos, con miradas perdidas. El resto son ancianos encorvados que deambulan porque molestan en sus casas, han dejado de ser útiles, y además porque si reciben algún dinero después de que trabajaron durante años resulta demasiado poco de acuerdo al precio de los productos de primera necesidad, y de los que se venden en moneda convertible.

En ocasiones me saludan. Tal parece que saben… que no se olvidan fácilmente. Y yo estoy casi como ellos, pero apenas salgo de mi casa, mis piernas no me dejan.

Tan rodeada estoy de los mendigos de Fidel y de Raúl Castro que a diario me recuerdan a aquellos otros que conocí por los años cincuenta del siglo pasado en Camajuaní, mi pueblo natal, provincia de Villa Clara. Eran un puñado de gente muy pobre, tan pobres que no tenían ni dónde caerse muertos.

Les decían los comunistas de Camajuaní, porque pertenecían a un partido casi fantasma que no formaba parte de los comicios electorales. Carecían de la membresía necesaria, pero siempre pensando que algún día llegarían a ser los ricos, y no los otros.

Algunos, debo aclarar, no eran tan mendigos como el resto de la claque que aplaudía a todo aquel que llegara de La Habana con nombrecito, saco y corbata. Trabajaban en las fábricas de tabaco, como mi madre y mi tío Juan, ambos de apellido Castro, y vivían en casas mucho mejores, viajaban a la capital para asistir a reuniones, de donde regresaban felices y optimistas después de oír a sus jefes máximos.

Yo los conocí a todos. Recuerdo sus caras, porque muchas veces me quedé dormida oyéndolos sobre las piernas de mi madre, en asambleas apasionadas, siempre a puertas cerradas por si se presentaba la policía.

Pasó el tiempo y hubo un primero de enero de 1959. Aquellos comunistas de antaño comenzaron a presentir un futuro mejor en lo más recóndito de sus corazones, como me ocurrió a mí, y pensaron que su vida cambiaría.

Pero, ¿ser como los ricos —se preguntaban— mientras el jefe máximo les prohibía la libertad para lograrlo? Cómo llegar a tener propiedades para defenderse: una carpintería, una bodega de productos alimenticios, una tienda de modas, una fábrica de bicicletas o zapatos, una lechería, o un hotel para el turismo.

Por supuesto que los viejos comunistas, gente de pueblo, no pudieron sustituir a los ricos. Se enfrentaron a una realidad de prohibiciones. Conocieron de regaños públicos, de prisión por robar dos libras de frijoles, como le ocurrió a mi tío Joseíto, conocieron el sectarismo y el exilio. Todo era propiedad del pueblo, y como todos eran muchos e iguales, limosnas alcanzaron.

Las fábricas, las granjas, el comercio, las mejores casas y los barrios de los millonarios, como Punto Cero, La Rinconada y otros, todo lo que los jefes máximos habían arrebatado a los ricos, era propiedad de los jefes máximos: Fidel y Raúl Castro.

Pasó el tiempo y a largo plazo se vio la verdad al desnudo. El jefe máximo y los demás jefes se hicieron millonarios mientras que los pobres eran cada vez más pobres, cuyas casas terminaron deterioradas y cada día tenían menos comida por culpa de una libretica donde si comprabas un par de medias, perdías el derecho de comprar un calzoncillo.

Así siguió pasando el tiempo y hoy, desde la puerta de mi casa, los veo a cada momento. Son los mendigos de Raúl Castro. Y sobre todo, ahora con la pandemia de un mal catarro, sin comida el país, sólo reciben limosnas. Sólo limosnas. Todos tienen hambre. ¿Serán todavía tan comunistas como yo?

 

 

 

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