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Marcelino Miyares: Una Bitácora Cubana (XXXVIII)

 

Un tema sobresale notablemente, necesariamente, en esta Bitácora: los sesenta años de la revolución cubana.

Sobre los 60 años se ha escrito mucho y desde variados puntos de vista, desde el más detallado y riguroso análisis histórico, hasta sus consecuencias fuera de la Isla. Comencemos por los siguientes:

Para Armando Durán (en esta página, americanuestra.com), son “sesenta años de agonía”; para Carlos Alberto Montaner (en ABC y Cubanet), “la tiranía se reinventa para conservar el poder”; para Yoani Sánchez, son “seis décadas de una utopía inalcanzable”.

Según Montaner

Las autoridades cubanas, en fin, han desarrollado su propio camino al “paraíso de los trabajadores”. No es el chino ni el vietnamita. ¿En qué consiste el “capitalismo militar de Estado”, como lo llaman muchos cubanos? Se trata de un núcleo duro, propiedad pública, formado por unas 2.500 empresas medianas y grandes (entre las que están todas las que captan divisas), manejado por militares o exmilitares de confianza.

El Estado cubano no está interesado en emprendedores autónomos que persigan sus propios objetivos, sino en socios complacientes que colaboren en silencio, no hagan preguntas incómodas, desarrollen los planes creados por el Partido y se dediquen a ganar dinero sin cuestionar los métodos empleados. Generalmente, ese aparato productivo central es administrado por empresas extranjeras que generan dos tipos de beneficios al gobierno: las utilidades propias del negocio y el alquiler de los trabajadores cubanos, por los que la empresa pública que los suministra cobra en dólares o euros, mientras les pagan a los empleados en pesos casi totalmente devaluados. En esa sencilla operación les roban a los trabajadores de las empresas públicas entre el 80 y el 90% de la plusvalía.

El sector “privado” lo integran más de 500.000 cuentapropistas, “grosso modo” el 13% de la población activa. Los trabajadores por cuenta propia sólo pueden desarrollar determinadas actividades previstas por la ley (exactamente 130, incluidas las de “payasos en fiestas infantiles” o “forrar botones”), pero bajo la estricta vigilancia de un gobierno empeñado en que no acumulen riquezas ni se diversifiquen. Objetivos que el régimen logra con una combinación de altos impuestos, regulaciones y acoso constante en los medios de comunicación, especialmente a los que alquilan habitaciones a los turistas como a las paladares(pequeños restaurantes), generalmente familiares.

Como es obvio, la cúpula dirigente cubana se niega a admitir el feliz hallazgo de Deng Xiaoping, “enriquecerse es glorioso”, y pretende conseguir el desarrollo con lo peor de los dos sistemas: un socialismo sin subsidios y un capitalismo sin incentivos. Sin embargo, siguen de cerca el modelo chino en lo que les conviene: el culto a las leyendas de la revolución –Mao en China y Fidel en Cuba–, y en el hecho de que la única fuerza vigente y permitida es el Partido Comunista. (…)

Para Armando Durán

“El origen de esta frustración que acaba de cumplir 60 años de vida, hay que buscarlo en el hecho de que el derrocamiento del dictador Batista, en lugar de restaurar la democracia en Cuba, se transformó muy pronto en una revolución que dejaba de lado sus simpáticas características de estallido popular con aires de romanticismo garibaldino y le presentó a los cubanos y al gobierno de Estados Unidos, a sólo 90 millas de distancia, el desafío de una revolución a la manera bolchevique, socialista y antiestadounidense, que desde el primer día se arrojaba en brazos de la Unión Soviética y se dedicaba de lleno a la tarea subversiva de exportar su ideología y sus métodos de lucha violentos al resto de América Latina”. (…)

En cuanto a la insinuada reforma política, la verdad es que si bien Cuba cuenta ahora con un Presiente sin pasado insurreccional, es decir, sin épica revolucionaria que exhibir, Raúl conserva la jefatura suprema del país, como le fija la moribunda constitución cubana al jefe del Partido Comunista de Cuba para poder terminar de construir algún día una sociedad comunista. Atributo y función que a pesar de lo que se dijo se repetirá en su actual reescritura. O sea, que al margen de lo que ha sostenido la propaganda oficial a lo largo de los 10 años de su Presidencia, Raúl ha demostrado ser en la práctica un jefe tan autoritario como su hermano mayor, aunque con una cintura mucho más flexible. Nada más. La escasez y la miseria siguen siendo gracias a su inconmovible pensamiento las señas que todavía mejor definen la realidad económica y social de Cuba. Una parálisis también aplicable a lo que se pensó que acarrearía la sorprendente aproximación de Raúl a la Casa Blanca de Obama, que terminó siendo un simple gesto de civilidad, ya que la indiscutible disposición de Obama a cooperar con el gobierno “reformista” de Raúl nunca llegó a producir los frutos que se esperaban. 

Para Yoani Sánchez

Ahora ya pocos llaman al modelo político que se instauró tras la llegada de los barbudos al poder como “la Revolución” y en lugar de eso prefieren decirle “el sistema” o, simplemente “esto” o “esta cosa”. De los líderes vestidos de verde olivo que bajaron de la Sierra Maestra solo quedan unos pocos octogenarios que no logran despertar admiración ni respeto en la gran mayoría de la gente.

De las promesas iniciales, en las que se hablaba de oportunidades para todos y de libertades ciudadanas, tampoco ha sobrevivido casi nada. En lugar de esos espacios de realización individual y colectiva, el castrismo ha mantenido un estricto entramado de vigilancia y control que ha sido el más acabado de sus “logros” y el más permanente de sus “resultados”. En cuanto a justicia social no hay mucho que celebrar. En las calles se hace evidente el abismo económico que separa a los jerarcas del Gobierno de los pensionados, la población negra y los residentes en zonas rurales. Los nuevos ricos marcan distancia con los que cada vez son más pobres.

Por otro lado, en los últimos años el régimen de La Habana ha tenido que ceder terreno a las leyes del mercado que tanto criticó en sus consignas. Un sector privado de medio millón de trabajadores ha puesto en evidencia la ineficiencia del aparato estatal y está empujando los límites de las restricciones que aún se mantienen al emprendimiento y a la creatividad. Después de haber confiscado hasta los puestos de comida más humildes en el lejano año 1968, ahora la Plaza de la Revolución está vendiendo la Isla pedazo a pedazo a los inversionistas extranjeros.

De las “joyas de la corona” del proceso, los servicios públicos de educación y salud, tampoco hay mucho para mostrar. La extensión de ambos sistemas sigue llegando a cada rincón del país, pero el deterioro de la infraestructura, los bajos salarios de profesores y médicos, junto a los excesos de ideología y los vacíos éticos han hecho que las aulas y los hospitales no se parezcan al sueño de un pueblo culto y bien atendido sanitariamente que una vez arrancó los aplausos de miles de cubanos que se congregaban para escuchar los maratónicos discursos del Comandante en Jefe”.

Electo Rómulo Betancourt presidente de Venezuela atendió como primer visitante extranjero a Fidel Castro en 1959, a escasos días de haber entrado en La Habana con sus guerrilleros. Vino a pedir petróleo y como Betancourt se negó, comenzó a conspirar contra su gobierno.

“La exportación de su ideología y sus métodos de lucha violentos al resto de América Latina” forman parte de un proyecto que fue imperialista desde sus inicios; en una nota escrita por mí junto a Marcos Villasmil, destacamos este carácter imperialista del castrismo, el cual aprendió del modelo estalinista/totalitario soviético, y que ha estado impulsando, adaptándolo a cada realidad particular, a su peculiar relación con el chavismo en Venezuela (luego de que fuera rechazado Castro en su primer viaje fuera de Cuba como jefe de a revolución triunfante, a Venezuela, donde Rómulo Betancourt rechazó su solicitud de ayuda), con Ortega en Nicaragua y Morales en Bolivia:

“Hannah Arendt afirma que la única manera para que el imperialismo tenga éxito es que la nación-madre se convierta en una tiranía, y que las oportunidades imperialistas de éxito aumentan cuando el acto imperialista está dirigido por un gobierno totalitario; como lo fue el soviético, como lo ha sido el cubano.

¿Acaso el fracasado “socialismo del siglo XXI” no fue un intento de propagar por toda América Latina, con La Habana como eje y guía, las prácticas autoritarias del castrismo, con el beneplácito y complacencia de varios de los gobiernos y partidos socialdemócratas en América Latina y Europa? Para ello no han dudado incluso en convertir a los médicos cubanos en mano de obra esclava y barata, hasta al punto de que hoy dicho programa constituye, con gran ventaja, el rubro de mayores ingresos para la maltrecha economía de la Isla.

El tradicional lenguaje “anti-imperialista” de Castro y sus compañeros de viaje solo buscan ocultar/legitimar el más abyecto de los imperialismos: el del totalitarismo  comunista que quieren continuar bajo el manto de una “Constitución” a su conveniencia”.

 

“Diario de Cuba” ha realizado una serie de entrevistas a personalidades cubanas, del mundo de la economía, la historia, la cultura. Destaquemos algunas de sus respuestas:

Para Carmelo Mesa-Lago:

 La crisis actual es la peor desde los 90’ y ‘no hay una estrategia coherente y eficaz para superarla’. (…)

¿Se puede hablar aún de Revolución en Cuba?

El último número del anuario Cuban Studies (2018) publica un interesante debate sobre si la Revolución terminó o no en un momento dado, y el tema se aborda desde los ángulos político y económico-social.

Los politólogos y sociólogos en el debate identifican el año 1976 y la etapa de “institucionalización” (1970-1985) como el fin de la Revolución, porque fue cuando se promulgó la Constitución y sobrevino la “sovietización” del proceso. (…)

En mi opinión, no ocurrió en un momento dado sino durante un período de tiempo. En mi periodización de la Revolución, basada en dichas metas, demuestro que estas comenzaron a esfumarse en el ciclo 1971-1985 “Modelo Soviético de Reforma Económica Tímida” y desaparecieron en el ciclo 2007-2017 “Las Reformas Estructurales de Raúl Castro”. (…)

Apunto a la década del 70 como el inicio del declive económico-social por varias razones: el fracaso de la cosecha azucarera de diez millones de toneladas y la estimulación moral, el final de la movilización, la promulgación de la Constitución, la convocatoria para el primer Congreso del Partido Comunista, la creación de la Asamblea Nacional y el proceso de institucionalización. (…)

¿Qué habría que salvar del período revolucionario?

Desde un punto de vista social: los sistemas de educación y de salud universales y gratuitos, pero no totalmente estatales, habría que permitir la competencia privada, y la educación debía estar desprovista de su contenido ideológico.

¿Cómo clasificaría el momento actual que vive Cuba?

La Revolución cubana dependió fuertemente de la ayuda generosa y un comercio beneficioso con la URSS y luego con Venezuela. Entre 1960 y 2017, la Isla recibió unos 100 billones de dólares en ayuda (dos billones de dólares al año) pero no ha sido capaz de transformar la estructura económica del país para generar suficientes exportaciones a fin de financiar sus importaciones y producir un crecimiento económico adecuado y sostenido. El último ha sido errático y, en parte, el resultado de la ayuda exterior; el avance temporal de las metas sociales fue facilitado por dicho apoyo externo y sufrió cuando terminó.

Hoy Cuba sufre la peor crisis desde el período 1990-1994. No hay posibilidades reales de cumplimiento de las metas originales, salvo que se haga una reforma estructural real de la economía”.

Para Rafael Rojas:

‘Cuba vive un período de reformas postergadas’

¿Se puede hablar aún de Revolución en Cuba?

Toda revolución es un proceso en dos tiempos: destrucción y construcción de un orden social y un régimen político. Eso fue lo que sucedió en Cuba entre los años 50 y 70 del pasado siglo.

Una vez constituido el nuevo Estado, la revolución se vuelve una metáfora del lenguaje del poder que permite mantener viva la ficción de la unidad entre gobierno y pueblo.

¿Qué habría que salvar del período revolucionario?

Todas las revoluciones han sido liberadoras y opresivas a la vez. La cubana alentó las esperanzas de millones, que se involucraron en las políticas sociales, educativas y culturales del nuevo Estado. Aquella fe en el cambio, que se expresó de múltiples formas, sobre todo en los años 60, me sigue pareciendo lo más rescatable la experiencia cubana.

¿Cómo clasificarías el momento actual de Cuba?

Desde los años 90, tras la desintegración del campo socialista, Cuba pudo transitar a un nuevo régimen político por la vía reformista. El cambio social que tenía lugar en la ciudadanía de la Isla y la diáspora así lo demandaba. Aquella negativa a emprender una reforma integral del Estado post-revolucionario sigue pesando hoy, como puede constatarse en la nueva Constitución, y es la causa principal de los problemas del país. Desde entonces, Cuba vive un período de reformas postergadas.

Para Tania Bruguera:

‘La Revolución cubana ha muerto cada vez que no ha pedido perdón’

¿Se puede hablar aún de Revolución en Cuba?

La Revolución, aunque se planteó en sus principios como un proceso social, muy pronto se convirtió en un asunto personal. Es por lo que la Revolución ha dejado de existir cada vez que una persona se ha desengañado de ese proceso, de sus promesas; cada vez que uno se da cuenta de la disparidad entre lo que se dice que es y lo que uno vive; ha dejado de existir cada vez que uno ha tenido que mentir para defender a la Revolución. (…)

Es muy difícil después de que se ha usado a los médicos como objetos de ingreso económico para el país (aunque el dinero recolectado no se sabe en qué se invierte); cuando se les pide a todos sacrificio, pero el hijo de Fidel celebra su cumpleaños como si se creyera un jeque árabe.

La Revolución ha dejado de existir cada vez que una madre empieza a ver en el cuerpo de su hija un medio de sustento para la casa. El día que la presidenta de mi CDR, siguiendo los lineamientos del Gobierno, impidió que una persona con excelentes notas fuera a la universidad porque creía en Dios dentro de su casa y con miedo. Después, esa misma cederista destacada fue eufóricamente a recibir como si nada a cada uno de los tres papas que visitaron la Isla.

Ha sido difícil creer que la Revolución existe cada vez que han botado del Partido Comunista o de su trabajo a alguien porque había contestado a una llamada de una hermana o de su propia madre que se había ido de Cuba. (…)

La Revolución ha dejado de existir cada vez que a un disidente lo han metido preso o lo han golpeado, o cuando has descubierto cómo ocurrió realmente un hecho histórico y te has dado cuenta de que no fue como te lo han hecho creer toda tu vida. Cuando te das cuenta de que la Revolución ha sido extremadamente incoherente y en lo único en lo que ha sido consistente es en su propia sobrevivencia.

Para mí, la Revolución ha muerto cada vez que no ha pedido perdón.

Siempre se nos acusó a los ciudadanos de traicionar a la Revolución, pero ha sido la Revolución quien nos ha traicionado, quien nos ha hecho dejar de existir. La pregunta debería ser, más bien, ¿en qué momento la Revolución te hizo dejar de existir? (…)

¿Qué habría que salvar del período revolucionario?

Para hacer una nueva Cuba, primero tenemos que quitarnos —todos— el pequeño dictador que nos han metido dentro. Después deberíamos hacer un difícil y honesto proceso de sanación en el cual se restituyan sus derechos a quienes se les han quitado, y en el que estén representados políticamente todos, incluso los que no viven en la Isla. (…)

Quizás, esa nueva etapa podría construirse sobre los cimientos de las luchas por la justicia social, del humanismo, de la solidaridad, de la igualdad de razas, géneros, orientación sexual y opinión política. Pero estos conceptos deberían dejar de ser abstractos y ajenos para ser como nos comportamos en nuestra vida diaria.

Que la educación sea gratuita y obligatoria. Que los médicos de la familia funcionen y que la salud sea gratis, pero de calidad. Que el Gobierno no se meta a vender pan con croquetas ni a vigilar a sus ciudadanos por acumular riquezas conseguidas en un puesto de fiambres, sino que se dedique a mantener la equidad entre sus ciudadanos y que vele por que los derechos de estos sean respetados. (…)

Me gustaría que la gente riera en Cuba, no porque le van a sacar una foto, sino porque están orgullosos de quienes son. No me interesa que la nueva Cuba compita con Cancún, sino con Suecia o Islandia.

Pero nada de eso existirá si no hay democracia y transparencia institucional.

Por último, Sergio Ramírez, en el New York Times, analiza la revolución desde el desarrollo histórico de América Latina, de la exportación revolucionaria hacia la región, y en particular de las luchas de su país, Nicaragua, por la democracia, hoy traicionada por el sandinismo:

“El sentimiento antimperialista era parte esencial del imaginario político latinoamericano, en cuyo revés se leía soberanía, independencia, autodeterminación. La Revolución cubana interpretó con creces ese sentimiento, bajo la consigna de Fidel Castro de que había que convertir la cordillera de los Andes en la Sierra Maestra de América Latina; y, así, en aquel mismo año de 1959 se dio una inmediata oleada de desembarcos guerrilleros, apoyados por Cuba, en Nicaragua, Panamá, Haití, República Dominicana y Venezuela. (…)

“Ser de izquierda era ser antimperialista y cuando se decía “intelectual comprometido”, implicaba un compromiso con la izquierda y con la Revolución cubana misma. (…)

El triunfo de la Revolución sandinista en Nicaragua en 1979, revivió el fervor de la izquierda y atrajo el apoyo de intelectuales y escritores que se habían decepcionado de la Revolución cubana. (…)

El socialismo del siglo XXI, símbolo de la tercera revolución socialista en América Latina, nunca llegó a ser un paradigma ni el fallecido presidente venezolano Hugo Chávez, un héroe universal del antimperialismo, salvo para los partidos y movimientos de la izquierda tradicional agrupados en el Foro de São Paulo, con una línea oficial bien demarcada.

Cuba, Nicaragua y Venezuela, representan modelos obsoletos, cuestionados precisamente por encarnar dictaduras militares que violentan los derechos humanos y han fracasado en crear bienestar eliminando la pobreza, como se supone era el propósito de las revoluciones.

La escogencia hoy no es entre revolución o imperialismo, sino entre autoritarismo y democracia. Y surge para mí otra elección insoslayable, entre izquierda democrática e izquierda autoritaria”.

Quiero finalizar esta bitácora invitando a marchar por el NO este próximo 26 de enero, en cada uno de nuestros países de residencia, según se ha publicitado en los diversos medios de comunicación y en las redes sociales. Es importante seguir insistiendo en la necesidad de aprovechar la posibilidad brindada por el referendo constitucional para votar NO.

Asimismo, deseo enviar un mensaje solidario a los hermanos venezolanos, que hoy, 23 de enero, día significativo en las luchas de ese país por la libertad, manifestaron en las calles, por millones, su deseo de superar la tragedia chavista. Tienen presidente interino, el presidente de la Asamblea Nacional, Juan Guaidó, que está comenzando a recibir el reconocimiento de las democracias del mundo.

 Finalmente, la Bitácora de febrero la publicaremos el 25 en lugar de el 23 como todos los meses a fin de ver que sucede el 24 en el referéndum y de ser posible comentarlo.

Marcelino Miyares, Miami, 23 de enero de 2019.  

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