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María José Solano: Watson en Escalona

El castillo soportó mil años de clima, pero no soportó un año de turismo

La torre derrumbada del castillo de Escalona (Toledo)

                            La torre derrumbada del castillo de Escalona (Toledo). (EFE)

 

El viejo castillo de Escalona lo estaba gritando. La torre que se derrumbó el sábado 14 de marzo a eso de las diez y media de la mañana había estado de pie, vigilante, ocho o nueve siglos. Pero hagamos números. Redondos, que soy de letras. Supongamos –con prudencia– unos cuarenta días de lluvia al año en esa tierra manchega. Multipliquemos por mil años. Cuarenta mil jornadas de lluvia golpeando la piedra. Añadamos heladas, inundaciones, guerras, abandono, saqueos, siglos de descuido y polvo bajo sus correspondientes cuarenta mil días de lluvia. Y la torre siguió en pie. Resistió a reyes, guerras, generaciones enteras que nacieron y murieron bajo su sombra. Resistió incluso al olvido, más letal que la pólvora.

Pero entonces llegó el progreso. En 2024 el ayuntamiento compró el castillo. En 2025 lo abrió al turismo. Y en marzo de 2026, apenas un año después, la torre decidió que ya estaba bien. Los informes dirán (con su infalible lenguaje de despacho) que fueron filtraciones de agua. Que las lluvias recientes empaparon la parte superior del muro. Que la bóveda cedió. Que el peso hizo el resto. Pero las piedras saben cosas que no caben en los informes. Elemental, querido Watson. El castillo soportó mil años de clima, pero no soportó un año de turismo.

No soportó el peso de las masas, el trajín de visitas apresuradas, las puertas abiertas demasiadas horas, el entusiasmo municipal sin la inversión previa que las piedras viejas exigen. No soportó esa mezcla tan contemporánea de ignorancia, prisa y buena conciencia administrativa.

Aquel sábado por la mañana la torre se desplomó antes de que entraran los visitantes. Milagro, dicen algunos. Quizás. O quizá fue simple cortesía medieval: incluso al derrumbarse, el castillo conservó mejores modales que quienes lo gestionan. Ahora el recinto está acordonado. Técnicos de patrimonio estudian grietas. El ayuntamiento pedirá ayudas para restaurar el monumento.

Pero hay algo profundamente simbólico en esta historia. Conviene, como diría Holmes, mirar con atención a nuestro alrededor. Ojos y cerebro, Watson. Ojos y cerebro.

 

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