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Martí ha muerto y nosotros lo hemos matado

El conocimiento que tienen las nuevas generaciones de su figura es superficial y confuso

A José Martí suele considerársele, con suficientes motivos, la encarnación de lo mejor del cubano. Su significación histórica como político, poeta y periodista es indiscutible. Su labor revolucionaria, prematura muerte, valores e ideales democráticos facilitaron su conversión en símbolo. El mito fundacional cubano se tejió, entonces, en el seno de la República, alrededor de este hombre.

Dado que fue en la emigración donde realizó su obra, en un inicio Martí era prácticamente un desconocido para los cubanos de la Isla y se manifestaba muy poco interés en el estudio de su personalidad. Acercar a Martí, o el mito del mismo, al pueblo, e inculcar el respeto a su quehacer y principios democráticos, fue un proceso que tomó años y se desarrolló de forma paulatina, dependiendo de la labor de intelectuales, artistas, activistas y políticos. Aunque su nombre fue usado como referente en algunos proyectos de carácter popular, no fue hasta la década del treinta que su figura empezó a abordarse con cierta sistematicidad. Hacia 1953, año del centenario de su natalicio, habían proliferado organizaciones, estudios, publicaciones, actividades y obras artísticas de inspiración martiana.

Por otro lado, a medida que su figura ganó el respeto del pueblo, también se la usó para legitimar procesos y doctrinas. Baste decir que en su nombre, en la misma década, se levantó el monumento de la Plaza Cívica y se atacó el Cuartel Moncada. Con la conversión de Cuba al sistema socialista, Martí fue enarbolado como emblema por comunistas y opositores, lo mismo dentro que fuera de la Isla. La exaltación del héroe, la proliferación de su efigie en áreas públicas, la saturación de mensajes publicitarios apoyados con frases suyas, la imposición de sus valores éticos e ideario por el sistema educativo y la identificación con el Estado socialista, han resultado en la indiferencia y el rechazo de su figura, hoy, entre muchos jóvenes.

El Martí mítico, místico y manido ha desplazado al Martí real, al hombre auténtico, de alta estatura moral pero no exento de defectos y cruces propias, al liberal acérrimo defensor de la democracia y las libertades

Martí, en la mentalidad popular, alterna entre el héroe inmaculado y el hombre vicioso. El conocimiento que tienen las nuevas generaciones de él es superficial y confuso. Así, no sólo no manifiestan veneración ante el mismo, sino que a veces ni siquiera el debido respeto. Quien redacta estas líneas ha comprobado el hastío de José Martí y la tergiversación de su vida y obra, que están bastante extendidos en la sociedad. Ello se evidencia en la reproducción de comentarios reduccionistas relacionados con su supuesta adicción al alcohol y las mujeres, su desventaja física ante Antonio Maceo y su incompetencia en el campo de batalla. Lo preocupante del fenómeno no es la insidia, que ha persistido por más de cien años, el verdadero problema es que en muchas ocasiones es lo primero que los jóvenes recuerdan o asocian con la figura martiana.

Parafraseando a Nietzsche: «Martí ha muerto. Martí continúa muerto. Y nosotros lo hemos matado». El Martí mítico, místico y manido ha desplazado al Martí real, al hombre auténtico, de alta estatura moral pero no exento de defectos y cruces propias, al liberal acérrimo defensor de la democracia y las libertades individuales, enemigo jurado de las dictaduras militares encubiertas con garantías constitucionales, al malogrado esposo y sufrido padre de familia, al caballero culto y honrado, al exiliado con nostalgia de cielo y palmas, al hábil conspirador contra el orden social imperante en Cuba.

Pero no todo es paja ni textos oficialistas, también se han hecho investigaciones serias dentro del marco académico. Un intelectual y un antropólogo se confabularon para fundamentar, con evidencias científicas, que María Mantilla era hija biológica de Martí, aunque sus conclusiones han tenido muy poca difusión. Han aparecido obras artísticas, de mayor alcance popular, con una propuesta diferente en la forma de abordar su personalidad. El filme José Martí: El ojo del canario muestra a un adolescente taciturno, fascinado por la ópera, que descubre el placer de la masturbación. El corto documental Héroe de culto, verifica la producción en serie de bustos plásticos como metáfora de la vaciedad de sentido de un símbolo omnipresente ignorado por todos. La pieza teatral Hierro expone al Martí ausente del hogar, dolorido, infiel, triste, fiero, dulce, traicionado.

Un par de episodios notorios, previos a la pandemia, han desempolvado el tema del culto martiano: una frase ofensiva en una película independiente y actos vandálicos hacia los bustos. Más allá de las medidas tomadas ante tales «desmanes», censura y sanciones penales respectivamente, lo más absurdo fueron los actos de desagravio espontáneamente ordenados desde instancias superiores. ¿Acaso siente Martí puesta en duda su hombría? ¿Necesita él actos de desagravio, flores y consignas? ¿Hay tanta diferencia entre la sangre porcina y el moho acumulado por años, que es lo mismo que la indiferencia y el rechazo del cubano? ¿Qué ofende más a Martí? ¿Quién ha insultado más su memoria?

 

 

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