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Más allá de Trump: El acuerdo que reconfigura el margen de maniobra latinoamericano

La geopolítica refundacional de Donald Trump

 

Hay momentos en la historia mundial en los que los acuerdos importan menos por lo que establecen que por el mundo en el que nacen. El entendimiento entre el Mercosur y la Unión Europea pertenece a esa categoría. 

No surge de un contexto de estabilidad, sino de uno marcado por la erosión acelerada de las reglas que durante décadas ordenaron la convivencia entre Estados. 

El multilateralismo, que alguna vez ofreció previsibilidad y contención, ha cedido ante un escenario más áspero, donde el poder se ejerce de forma directa y la dependencia se convierte en instrumento de gobierno.

En ese marco, la figura de Donald Trump no es una anomalía, sino la expresión concentrada de una transformación más profunda. Su proyecto internacional no busca liderar un orden, sino administrar jerarquías. 

La bilateralización extrema, la amenaza constante de sanciones, el uso del mercado como arma y la presión directa sustituyen a las reglas compartidas. América Latina, bajo esa visión, deja de ser un conjunto de países con soberanía efectiva para convertirse en un espacio funcional: proveedor de recursos, zona de seguridad, territorio de contención. 

La retórica del narcotráfico, la migración o la estabilidad democrática actúa como velo moral de una práctica orientada a reducir el margen de decisión del continente sin necesidad de ocupación ni confrontación abierta.

Es en este escenario donde el acuerdo adquiere su densidad política real. No confronta a Estados Unidos ni desafía abiertamente su poder, pero altera silenciosamente la estructura de opciones. 

En un mundo donde el poder se ejerce cerrando caminos, abrirlos es un acto político. 

Durante décadas, el Mercosur estuvo atrapado en una geografía económica estrecha, dependiente de pocos mercados y expuesto a relaciones asimétricas que convertían al comercio en una forma de subordinación estructural. Vender mucho no implicaba decidir más; implicaba, con frecuencia, quedar a merced de quienes controlaban el acceso.

La ampliación del mercado que introduce este acuerdo representa un desplazamiento cualitativo. Acceder de manera estructural a uno de los mayores mercados del planeta, con reglas relativamente estables, instituciones previsibles y una demanda diversificada. Ello, no significa solo exportar más, sino reducir vulnerabilidad. 

El Mercosur deja de moverse en un corredor estrecho y empieza a operar en un espacio más amplio, donde las decisiones económicas ya no están condicionadas por la urgencia ni por la dependencia exclusiva. La diversificación deja de ser un objetivo técnico para convertirse en una estrategia política.

Pero el impacto va más allá del volumen comercial. El mercado europeo introduce una lógica distinta de inserción: exige estándares, regula procesos, demanda calidad, y en esa exigencia abre un campo de posibilidad para reconstruir capacidades productivas erosionadas por décadas de un modelo económico reducido a la extracción. 

No garantiza transformación, pero la vuelve posible. Permite pensar en valor agregado, en inversión menos extractiva, en la reinserción del conocimiento y en la reconstrucción de eslabones industriales que habían sido abandonados como costos inevitables de una inserción subordinada.

El efecto más profundo, sin embargo, es político. Un bloque que puede vender, comprar y financiarse en múltiples espacios es más difícil de disciplinar. Las sanciones pierden eficacia cuando existen rutas alternativas; las amenazas se encarecen cuando el acceso al mercado deja de ser monopolio de una sola potencia. El comercio, que durante años funcionó como mecanismo de control, comienza a operar como amortiguador. 

No elimina las asimetrías, pero las redistribuye. 

Y en un mundo donde las cadenas de suministro se han convertido en instrumentos geopolíticos, esa redistribución equivale a recuperar margen de autonomía.

Este es el punto donde el acuerdo resulta particularmente incómodo para la lógica trumpista. La verdadera amenaza no es la confrontación, sino la pérdida de eficacia de la coerción. Cuando los actores dejan de depender de una sola puerta de acceso, el poder de cerrarla se debilita. El acuerdo Mercosur–Unión Europea no desafía el centro, pero deja de girar exclusivamente alrededor de él. Y en ese desplazamiento silencioso, aparentemente técnico, pero profundamente político, se reconfigura la relación entre poder y dependencia en América Latina.

Nada de esto garantiza desarrollo automático ni resuelve las asimetrías internas del Mercosur. Los riesgos de reproducir viejas dependencias siguen presentes. Pero hay una diferencia fundamental: el horizonte deja de estar cerrado. En un mundo donde las reglas ya no protegen y el poder se ha vuelto más explícito, ampliar el mercado es ampliar el espacio de decisión.

En ese sentido, el acuerdo Mercosur–Unión Europea no es el anuncio de una nueva era de prosperidad, sino el recordatorio de que la política todavía existe incluso en un mundo que pretende reducirlo todo a fuerza y obediencia. 

Cuando las potencias vuelven a hablar el lenguaje de la imposición, ampliar el margen de maniobra se convierte en una forma de dignidad estratégica. América Latina no se emancipa con este acuerdo, pero deja de estar inmóvil. 

Y en un sistema internacional que se reordena desde el conflicto, moverse, sin permiso, sin estridencias, sin ruptura, es ya una decisión profundamente política.

 

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