Maxim Ross: El problema de Venezuela
Entristece observar cómo el destino de nuestro país, Venezuela, ha quedado atrapado por decisiones externas, sean estas para apoyar al Gobierno o a la oposición que lo enfrenta. Como venezolano duele sentir cómo hemos logrado entregar tan fácilmente nuestro destino como sociedad y como país a lo que se decida fuera de nuestras fronteras. Duele saber que hay una Venezuela que no tiene voz propia, o reducida a la opinión de uno que otro dirigente político. Una gran mayoría de venezolanos debe compartir esta opinión ahora que el juego político internacional se ha intensificado y Venezuela está en el medio de la trifulca.
El día a día de la dependencia
Duele observar como tenemos la vista puesta en que Argentina, Paraguay, Canadá y unos cuantos más estén de un lado, mientras Cuba, Rusia o Nicaragua estén del otro. Estamos a la espera de que el gobierno de los Estados Unidos decida si concede o elimina el derecho de protección otorgado a los venezolanos que emigraron a ese país o pasa a intercambiar “repatriados” por alguna concesión del gobierno, o si deciden si la Chevron se queda o se va, si se mantienen o eliminan las sanciones, o si Petro, Lula, o Milei opinan.
Ni hablar de los intereses del gobierno chino aquí, o del ruso o el iraní, o el de los europeos con, por supuesto, intereses propios que rebasan los nuestros. Quizás nuestros lectores estimen que estamos exagerando, pero la evidencia indica lo contrario. Con esto no se quiere decir que existe un juego geopolítico internacional del cual no estamos, ni podemos estar separados, ni vinculados, pero una cosa es esa, y otra que el porvenir de esta sociedad esté bajo el socorro de gobiernos extranjeros.
Otros parecen compartir esta inquietud: “Pero mientras tanto, no podemos quedarnos en la espera pasiva de una solución externa. La lucha por la democracia y el cambio político debe continuar con o sin el respaldo inmediato de Washington.” (Editorial Analítica, marzo de 2025)
La causa… siempre está fuera de nosotros
Una buena parte de los venezolanos, esa que llamamos Diáspora, se fue y quedó a la merced de la buena o mala voluntad de otros países, pero la Venezuela que sigue aquí no dice nada. Esa percepción que tenemos, de una extrema dependencia de lo que sucede afuera, coincide y califica con la inveterada conducta venezolana de poner la causa en el “locus externo”. Y, por consecuencia, es muy fácil y cómodo atribuirles la causa a los demás, y esperar que la solución venga de afuera. Este es un tema del que no se habla en la opinión pública, ni en el Gobierno, ni en los partidos políticos, ni en el resto de la sociedad, ni en la militar, ni en la civil. Perder la capacidad, la autonomía, para que los venezolanos puedan decidir su propio destino o, al menos tener voz propia, es un daño irreparable que nos venimos haciendo, sin darnos cuenta y preguntarnos por qué.
De cómo se pierde autonomía
Aportamos unas cuantas razones para ilustrar cómo se va perdiendo autonomía. Comenzando con un poco de historia, si antes nos declaramos “único y suplidor garantizado de petróleo”, luego terminamos denunciando las “voracidades del imperio”, en paralelo bordeando la escasa y poca diversificación del país no petrolero. Primera razón, entonces, un país que solo depende de un recurso, como es nuestro caso, queda a la deriva si ese recurso es insuficiente o se torna fallido. Segunda razón, si decidimos darle su patrimonio a un propietario único, al Estado venezolano quedamos a él subordinados. El país entero.
Tercera razón, cuando decidimos que ningún venezolano podía aspirar a ser propietario del recurso petrolera y le delegamos su regencia a nuestros representantes políticos, los partidos, entregamos la soberanía de la sociedad en sus manos. Algunas veces, reconozcamos lo hicieron bien, pero el resultado neto muestra lo contrario y allí, de nuevo: a precisar de auxilio extranjero. Regla “de oro pues”: vivir solo del petróleo punto de partida para perder autonomía, en el doble sentido de vivir, repetimos, del “socorro” extranjero o de las buenas o malas decisiones de nuestros dirigentes políticos. Quizás para sintetizar: ¡Demasiado petróleo, demasiada política!
Las fortalezas que tenemos y no explotamos
Asombraría a cualquiera realizar un inventario de las capacidades que tenemos para perseguir una solución, o las soluciones que requiere el país sin tener que depender de decisiones externas. Si medimos nuestra capacidad productiva sin contar el petróleo, las tierras fértiles de Portuguesa, Barinas, el Táchira, el Guárico o del Sur del Lago dan cuenta de ello. Es un país que se puede auto abastecer de arroz, maíz, sorgo, carne vacuna y porcina pero, claro hay que liberar a los que lo saben para que lo hagan más y mejor. De otro lado y, a pesar de la destrucción industrial que se produjo, en especial en el sector privado, todavía quedan capacidades muy poco aprovechadas en ese sector económico. El acero y el aluminio aún tienen potencial de desarrollo. Una poderosa agro-industria y de la alimentación, creemos, respalda estas palabras. Ni hablar del potencial turístico que tiene Venezuela, dueña de una frontera inmensa de las playas más atractivas del Caribe, sin el temor de huracanes y tempestades que alejan embarcaciones. Un potencial pesquero inexplotado en Paria, Araya y Paraguaná.
Utilizar apropiadamente el destruido escenario petrolero aprovechando la capacidad de maniobra que ese activo nos puede producir y extraerlo del manejo del Estado venezolano multiplica su capacidad en números inimaginables. Por ultimo, nos queda el activo de capital humano que resulta ahora que no solo sigue allí en nuestras escuelas, liceos y universidades, sino que ahora se expresa en la comparación que ha logrado efectuar la Diáspora venezolana en otros países revelando capacidades que resultaban desconocidas. Luego, ¿Se nos escapa algún otro factor que podamos poner en la mesa para hacernos más autónomos?
¿Qué haría falta?
Lo primero es decidirse a hablar, a expresar el punto de vista de esa Venezuela que permanece callada. Desde luego, hay una Venezuela que sí ha sido capaz de organizarse y de expresarse. Organizaciones de derechos humanos, gremios profesionales, empresarios, sindicatos han creado instituciones que defienden sus intereses específicos y legítimos, pero hasta ahí llegan. No parecieran tener claro que tienen intereses generales que compartir, por ejemplo sobre la subordinación a las leyes, en especial a la Constitución, o sobre la prosperidad global de nuestro país y el bienestar de esa población herida en la precariedad de depender del petróleo, del Estado y del partido político.
Intereses que están a la vista, pero que difícilmente se perciben como el peligro de seguir dependiendo de lo de afuera. De no percibir que el destino no nos pertenece. Quizás, para enfatizar más en este llamado de atención, diría que se trata de la defensa de la Republica, como bien lo expresa Elías Pino Iturrieta, citando al filósofo argentino Andrés Rosler: (La Gran Aldea, febrero de 2025):
«Si usted está en contra de la dominación, no tolera la corrupción, desconfía de la unanimidad y de la apatía cívicas, piensa que la ley está por encima de los líderes más encumbrados, se preocupa por su país, mas no soporta el chauvinismo, entonces usted es republicano aunque usted no lo sepa».