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Mundos íntimos. Memorias de un psicoanalista: los secretos de los pacientes suelen ser hechos que no le importan a nadie

¿Escuchar o compartir? Son profesionales de la interpretación. ¿Pero ellos deben mantenerse siempre a distancia o pueden filtrar experiencias de su vida? El autor ofrece su mirada y brinda ejemplos.

Desde hace unos años atiendo a una mujer que antes de acomodarse en el diván se saca las pulseras. Un paciente varón se quita los zapatos antes de recostarse y abraza un almohadón. Otro deja su reloj sobre el escritorio. La semana pasada un hombre quiso llamar a su esposa y marcó mi número “por error”. En el ascensor ciertos pacientes aprietan el botón de su piso. Otro, una vez se llevó un juego de llaves de mi consultorio pensando que eran las de su casa. Quizá tuviera razón, a veces los pacientes se sienten como en su casa en el diván. ¿Cuál es la intimidad que se despliega en un espacio de análisis? ¿Cuál es la intimidad del analista?

Empecé a practicar el psicoanálisis en un departamento de 20 metros cuadrados en el centro de la ciudad. Ahí vivía y atendía. Si durante el día abría las ventanas, entraba el ruido de las bocinas de los autos y colectivos.Si lo hacía por la noche, entraban los murciélagos.

De chico. Con una mirada y una actitud que ya parecen buscar asociaciones libres.

De chico. Con una mirada y una actitud que ya parecen buscar asociaciones libres.

Esta noche escribo desde mi consultorio. Hoy en día si eventualmente atiendo en mi casa es más por elección, aunque también el consultorio es un poco mi casa. Una mujer me dijo una vez que puedo transformar cualquier lugar en un consultorio. Sólo con los años y la llegada de un hijo pude tener un hogar. En aquel entonces no tenía otra opción. El departamento de 20 metros cuadrados tenía un balcón en el que colgaba la ropa después de lavarla. Recuerdo la tarde en que otra mujer, esta vez una paciente, me preguntó si acaso los calzoncillos en el tender eran míos. “¿Te hacen a acordar a algo?”, dije solamente para salir de la incomodidad de que conociera mi ropa interior.

Por cierto, ¿los analistas no se caracterizan por ser personas de las que nada se sabe ni debe saberse? Esta prueba de fuego, por el contrario, hizo que nunca me sintiese cómodo con esa imagen de analista enigmático y opaco. En particular, con el paso de los años, puedo decir incluso que me gusta que mis pacientes me conozcan, ya no creo que tenga que aparentar un profesionalismo impostado, porque siempre habrá alguna situación en la que quede expuesto. Con el tiempo aprendí que una mujer puede ver mis calzoncillos colgados en un tender y nada de eso tiene que ver con mi intimidad. En todo caso, tuve que preguntarme por qué me daba tanto miedo quedar expuesto. A continuación les contaré la historia de mi relación con la vergüenza.

“Sí, son parecidos a los que usa mi papá”, dijo la mujer recostada en el diván. Mis calzoncillos se parecían a los de su padre. Mi vergüenza pasó entonces a un segundo plano y llegaron las asociaciones. No fue fácil, con el tiempo, librarme de esa sensación y poder practicar el psicoanálisis. Un analista vergonzoso parece una contradicción. En ese entonces, además, yo tenía apenas unos pocos años más que ella, quizás pensé que descubría algo de mí como hombre –¿qué es la vergüenza sino la sensación de sentirse descubierto?–. Afortunadamente nada de eso fue un obstáculo para encarnar una figura paterna para ella, pero mi vergüenza estaba ahí.

Ese día pensé también que ella me había perdido el respeto. Luego entendí que así es como se conocen las personas. No hay otro modo de llegar a una relación profunda con alguien si no se alcanza cierto nivel de intimidad y, por cierto, en un análisis esa intimidad se consigue cuando el síntoma del paciente converge con el síntoma del analista. Es cierto que esta idea de un analista que no está libre de síntomas es contraria a la visión tradicional que esperaría que sea una especie de superhéroe, sin conflictos, que pueda guiar y decir qué hacer. Sin embargo, la práctica del psicoanálisis obliga a dejar de lado ese ideal de pureza.

Esto me recuerda otra situación. La de una mujer que empecé a atender con mucho temor porque era una persona que se presentaba como frágil y abatida por distintas desventuras en la vida. Yo buscaba tratarla con el máximo de los cuidados porque además en las sesiones acostumbraba a llorar profusamente. Casi no podía hablar sin recurrir al llanto. Lo que recuerdo es que una vez habíamos quedado en vernos al mediodía y yo estaba llegando demorado. Iba en auto, apurado por estacionar, cuando al doblar en la esquina del consultorio, una mujer cruza sin semáforo y, dado que tenía la ventana abierta, le grité: “Cruzá bien, despabilate dormida”.

Entonces noté que era esta mujer. Ella también notó que quien le había gritado era yo. Me sentí muy avergonzado, otra vez la vergüenza. Luego de dejar el auto en un garaje, mientras caminaba hacia la puerta del edificio, pensé que el tratamiento estaría terminado, incluso que quizá ella no estaría. No sólo la había traumado definitivamente, la había lastimado en lo más bajo de su autoestima, a ella, que justamente sufría tanto por el modo en que los otros, siempre malos, la trataban. Nadie podría haber imaginado mi cara cuando no sólo la vi en el hall que daba a la calle, sino también de lo más sonriente. A partir de ese día, su análisis cobró un giro íntimo: me contó un sueño. Ese día aprendí algo más, una lección muy valiosa: sólo las relaciones que se ponen a prueba son capaces de producir algo diferente.

Mientras escribo estas líneas, pienso en algo que me decía una mujer hace un rato: “Yo parezco muy resuelta, pero soy bastante tímida”. “Parecés tan resuelta que parecés tímida también”, le respondí en chiste y me quedé pensando: ¿hay algo que no sea apariencia? No porque haya una verdad detrás de lo que aparece, sino porque sólo hay aparecer. Ese es el mayor misterio. Yo podría parecer psicoanalista, pero tarde o temprano aparece la hilacha (ya no del calzoncillo). Por suerte. Porque creo que cuando más parezco psicoanalista es que menos puedo actuar como analista. El psicoanálisis es una práctica de actos íntimos e inaparentes.

La intimidad no tiene una definición inequívoca. Ni siquiera podría decirse que se opone a lo público. En todo caso, muchas veces, son ciertas barreras psíquicas las que delimitan su experiencia; fundamentalmente, la vergüenza (y el pudor).

Quien siente vergüenza inmediatamente se siente mirado; por cierto, cuando nos sentimos mirados, enseguida llevamos la mirada a nuestro propio cuerpo y, por ejemplo, preguntamos: “¿Qué pasa? ¿Qué tengo?”. Sin embargo, la vergüenza no se relaciona solamente con el cuerpo, sino también con la palabra. Decir ciertas cosas produce ese afecto un tanto particular. En el análisis eso es muy corriente, como cuando alguien dice “Hay algo que no te conté” y quizá viene a sesiones hace muchos. El problema de la vergüenza, entonces, es que puede ser un freno a la intimidad, pero también es el mejor indicador de su inminencia. Porque cuando se cuentan cosas sin ningún tipo de reparo, más bien consideramos que se trata de una situación obscena. Por lo tanto, el pasaje por la vergüenza es un pasaje necesario. La cuestión es cómo hacer para que sea un pasaje y no un punto de detención.

Un modo habitual de lidiar con la vergüenza es contar un secreto. “Esto que te voy a decir, te lo digo a vos, pero por favor no se lo cuentes a nadie”. Para quien escucha un secreto, muchas veces se trata de algo tan trivial que quizá puede ser que preguntemos a quién podría interesarle eso que se cuenta. Esta es una situación corriente en los análisis, en los que muchas veces se habla de hechos tan insignificantes como cruciales para la vida de una persona. Este es uno de los descubrimientos más lindos del psicoanálisis, que las escenas fundamentales de la historia de alguien no suelen ser grandes eventos traumáticos, sino pequeñas anécdotas que a veces nadie recuerda… salvo el paciente que quedó fijado en ellas.

Un secreto, por lo tanto, no dice nada grandes cosas. El secreto, más bien, es un modo de hablar. Es una manera de poder decir algo y sortear la vergüenza que implica decirlo. En este sentido es que entiendo la idea de “secreto profesional” y no como esconder algo. En el secreto, entonces, se produce la intimidad del encuentroentre el analista y su paciente.

El psicoanálisis es una de las pocas prácticas de la intimidad que quedan. Freud decía que lo propio del análisis radica en establecer un tipo de conversación diferente a la de todos los días. A diferencia de la comunicación cotidiana en la que sobre todo que se intercambia información o, por lo general, se establecen conversaciones triviales (“¿Qué tal?”, “¿Todo bien?”, “Qué loco está el clima”), en un análisis se habla de otra forma: quien cuenta su vida aprende a escuchar, no importa tanto lo que dice sino que pueda escucharse y, eventualmente, sorprenderse de lo que puede llegar a decir, de lo que puede saber de sí incluso sin saber que lo sabía. Sin intimidad este modo de hablar no sería posible.

Hablar del propio análisis de un analista es algo aburrido, por eso seré breve. Conocí el psicoanálisis como niño, cuando a los 5 años mis padres me llevaron a una consulta. Era un niño vergonzoso y retraído. Sólo quisiera contar este detalle de esa experiencia. Que 30 años después me invitaron a dar una conferencia en una institución y, al concluir, cuando me despedía de diferentes personas, una mujer se acercó a saludarme y no pude evitar abrazarla. Le pedí disculpas por mi atropello y ella me preguntó si sabía quién era. No lo sabía y, entonces, ella se presentó. Le pedí disculpas nuevamente, esta vez por no reconocerla, pero es que habían pasado 30 años desde la última vez que nos habíamos visto. La intimidad se hizo presente.

Un tiempo después la encontré en una Feria de editores independientes. Ella había comprado varios libros de autores jóvenes. Me sentí orgulloso de mi primera analista, una mujer de 80 años interesada en la juventud, pero ya no era la mujer que abracé.Parafraseando un breve cuento de Julio Cortázar, habíamos vuelto a ser quienes no somos. La intimidad se había esfumado.

Luego volví al análisis en la juventud. Diferentes síntomas e inhibiciones me tenían algo paralizado. Podría resumir varios años de ese tratamiento con una serie que me llevó de ser un lector voraz a devenir alguien capaz de escribir, luego empecé a editar y así fue que, por primera vez, pude prescindir de los libros. Los pierdo, los regalo, ya no representan para mí un depósito de saber. Son simplemente objetos, cosidos o pegados, encuadernados, papel impreso, materia sometida al desgaste.

En la biblioteca de mi abuelo descubrí los libros y el amor al saber. Fui un lector compulsivo y, en aquellos años en que empezaba a practicar el psicoanálisis –y, además, era paciente en otro análisis–, ese síntoma me trajo muchos problemas. Mi interés por el saber era una forma de querer “mirarlo” todo. No obstante, a la hora de escuchar a ciertas mujeres, a ese tipo de mujeres que se quejan mucho, que no quieren saber demasiado, a las que la teoría llama “histéricas”, ocurría que no las soportaba, me producían fastidio.

Ese fue mi primer síntoma como analista, el fastidio que me producía la histeria, cuya otra cara era la vergüenza de la que hablé al principio: por eso me interesaba tanto el saber (hice dos carreras universitarias, una carrera de especialización, una maestría, dos doctorados), para no sentir vergüenza, para tener algo firme detrás de qué esconderme. No era bueno para escuchar a esas mujeres, podía incluso ser un poco severo y hasta cruel: yo buscaba el saber de la teoría en ellas, ellas hablaban de sus motivos particulares (por lo general, de aquello de lo que no hay ninguna teoría verdadera: el amor).

Todavía recuerdo como un descubrimiento conmovedor de ese análisis un sueño que aquí no contaré, pero que después de algunas asociaciones llevó a un juego de palabras con mi apellido, que proviene de una rama francesa del pastor protestante (Lutero), pero que a partir de ese sueño sirvió para recordar la etimología de la palabra histeria (que viene de “útero”). A partir de entonces protesté un poco menos y aprendí a escuchar un poco mejor a esas mujeres. Si bien hace algunos años que había empezado a atender, fue gracias a esa interpretación que el psicoanálisis se convirtió en otra cosa para mí.

A mi experiencia como paciente le debo haber podido dejar esa mirada voraz de lector, el afán erudito de saber para esconderme de la vergüenza; y no es que hoy no sienta vergüenza sino que es un afecto que ya no me inhibe, incluso permite reconocer cuándo el encuentro con otro es valioso y ser más sensible a su vergüenza también, para que ambos podamos hacerle lugar a esa experiencia de intimidad en la que las palabras son tan importantes como los silencios.
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Luciano Lutereau, psicólogo, dedica varias horas del día a la práctica profesional, coordina la Licenciatura en Filosofía en la UCES y da clases en la UBA. Ha escrito libros, el más reciente es “Más crianza, menos terapia. Ser padres en el siglo XXI” (Paidós) en el que figuran varias anécdotas con su hijo Joaquín. Cuando es su cumpleaños, hace tiempo que pide siempre los mismos tres deseos. A la vez, nunca se olvida de cuánto le debe a sus hermanos (que también le tienen mucha paciencia). Sus creencias básicas son: que el psicoanálisis cura, que su padre le enseñó dos o tres cosas sobre el amor, que el lujo es vulgaridad.

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