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Murillo: Alta tensión

Los lugares vacíos tienen una densidad distinta, provocan imaginarlo todo y cuestionarte si no sería mejor vivir así, con apenas lo esencial, una mesa y dos sillas, una lámpara.

Estoy ahora mismo en un sitio así, he encontrado refugio para venir a escribir a un lugar fuera de mi casa, necesitaba alejarme de mi mesa de siempre, de los sonidos que ya reconozco como un estribillo diario entre los gritos de mis vecinos y el inexorable pregón que compra colchones, refrigeradores o algo de fierro viejo que vendan.

Pero hoy estoy aquí, en un lugar nuevo y semi vacío, en un segundo piso. Frente a mí un ventanal enorme deja ver un paisaje poco estimulante, un poste de luz del que penden unos sesenta cables enmarañados y desastrosos. Ah, el paisaje urbano.

Como no tengo otra cosa que ver, levanto la mirada cada tanto para relajar los ojos de la pantalla y contemplo el cablerío como escena de crimen que lleva la luz brutalmente cortada en rajas hacia todos lados. Qué espanto.

Pero pronto paso del espanto a la sorpresa, a la memoria. Me encuentro con dos colibríes parados ahí mismo como equilibristas experimentados. Son un contrapunto de la maraña de cables con sus diminutos cuerpos y su temblor incesante, con el verde de sus alas que destella a través de la ventana, “que todo el ritmo del mundo por estos cristales pasa”, recuerdo los versos de León Felipe que últimamente traigo adheridos a la sesera.

De niña aprendí a llamar chupamirto al colibrí. Lo aprendí así porque mi madre se untaba polvos de chupamirto para conseguir el amor de un fulano, los vendían en el mercado en un sobrecito que los anunciaba como polvos del amor. Chupamirto, chuparrosa, zunzuncito, tucusito. Colibrí, el ave del amor.

Siempre me intrigó que los pájaros no murieran electrocutados al posarse en los cables de alta tensión, luego supe que sólo sobrevivien los más pequeños, que su peso y tamaño no alcanzan a tocar más de un cable y por eso pueden pararse ahí.

En cambio el deseo del deseo, el amor que busca el amor aunque haya que recurrir a brujerías y conjuros, sí los mata. Los convierten en polvo o en amuletos, en destilado dulce y mortal.

Para el colibrí tiene más potencia letal la descarga de alta tensión de las pasiones humanas que la de un cable que abastece de luz a una ciudad.

Vuelvo al teclado, tenía que escribir un texto furibundo y bestial, pero no pude. Ahora sólo atisbo a pensar que entre la miel del escorpión y el veneno del colibrí está el amor, ese que no entendemos pero cómo lo deseamos, qué pequeñas bestias somos los humanos.

Pero hoy tengo el vacío, y el cristal de una ventana que le basta para sentir todo el ritmo de la vida a mi alma.

 

 

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