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Normandía – DÍA D: El sacrificio como única identidad

Una armada de 15 países aparcó sus diferencias para acometer la mayor operación anfibia de la historia. Miles de personas, ataviadas con sus uniformes, los recuerdan en la playa de Omaha

Playas de Omaha, Utah, Arromanches y Pointe du Hoc (Normandía)

Lord Lovat era un hombre temeroso de Dios. Al alba del 6 de junio de 1944, a bordo de su lancha de desembarco, lleva consigo tres cosas imprescindibles: una cruz colgada de su cuello, un cuchillo de comandos para tajar gargantas y a su gaitero personal, Bill Millin, de los Cameron Highlanders, vestido con su falda escocesa.

A su orden, los acordes de ‘The road to the isles’ se elevan por encima del estruendo del cañoneo del ‘HMS Belfast’ y otros barcos de guerra. Todos cantan al unísono. Junto a ellos pasan dos destructores franceses, cuyas tripulaciones responden a gritos con ‘La Marsellesa’. Dos barcos ingleses acometen ‘A-hunting We Will Go’. Los polacos, los canadienses y los noruegos hacen lo mismo con sus himnos locales.

Una de las fotos más famosas del Desembarco de Normandía, tomada por Robert Capa en la playa de Omaha. Foto: ©Robert Capa / Magnum Photos

En minutos, la armada entera se desgañita en su travesía hacia sus objetivos. 6.939 embarcaciones y 156.000 personas se abren en abanico hacia cinco playas normandas. Lores escoceses, refugiados polacos, obreros de Birmingham, mineros de Gales, estudiantes de Harvard y mecánicos franceses comparten sacrificio sin importar origen, religión o color de piel. Sólo les une una palabra: «Europa«. Les esperan 40.000 alemanes.

Esta operación multinacional moviliza gentes de todos los continentes. Hasta 15 países participan. Además del enorme número de estadounidenses y británicos, se unen los franceses de De Gaulle, belgas, noruegos, checos, polacos, neozelandeses, australianos, rodesianos, sudafricanos, senegaleses, canadienses, un puñado de suizos, chilenos, brasileños e incluso el gallego Manuel Otero, que viaja en el ‘USS Samuel Chase’ junto al estudiante Hu Riley, de Mercer Island.

Un veterano del Día D prepara la comida junto a su familia, todos con el uniforme de la Segunda Guerra Mundial, en la playa de Omaha. / ALBERTO ROJAS

Memorizan la contraseña para no matarse entre ellos en el paisaje normando. Son dos palabras que un alemán es casi incapaz de decir sin acento: «Flash» y «Thunder». Trueno y relámpago. El cielo se vuelve color plomo por el humo. En la playa de Utah la precisión de los disparos es alta y destruyen las defensas. En Omaha, en cambio, las bombas de gran calibre pasan de largo y lo único que logran es despertar a toda la guarnición alemana.

En la playa de Omaha debes caminar unos 200 pasos con la marea baja para llegar desde el agua hasta el rompeolas, la primera protección contra las balas. El tiempo que un adulto cargado con 30 kilos de equipo y toda la ropa mojada no baja de los 50 segundos desplazándose en zig zag para sortear los obstáculos anticarro. La playa hace un arco casi perfecto, lo que facilita la defensa desde unos acantilados elevados. Además, tiene sólo tres escapatorias muy bien defendidas. Hoy Omaha transmite serenidad. Varios niños hacen volar una cometa mientras un grupo de reconstrucción histórica bebe cerveza disfrazado como los soldados de 1944 junto a sus jeeps de época.

Fortificaciones alemanas en la playa de Utah, que formaban parte del llamado Muro del Atlántico. / ALBERTO ROJAS

Aquella mañana del 6 de junio de 1944, los protagonistas sufren los problemas esperados en cuatro playas, pero todo comienza a fallar cuando las primeras lanchas llegan a Omaha. Allí todos los defensores están en sus puestos, los búnkeres siguen en pie y las olas desplazan las lanchas hacia algunas algunas zonas que aparecen atestadas de soldados, mientras que otras permanecen vacías.

Los blindados Sherman preparados como vehículos anfibios se van al fondo. De 29 se hunden 27. Sin cobertura, los alemanes sólo tienen que practicar tiro al blanco con sus ametralladoras desde los acantilados. Como relata Antony Beevor en ‘El Día D’, el pánico se apodera de los recién desembarcados. Veteranos del norte de África e Italia quedan paralizados.

Cubierta y cañones del H. M. S. Belfast, uno de los cruceros de guerra que formó parte del ataque a las playas, amarrado en el Thamesis junto al Tower Brigde y la torre de Londres. / ALBERTO ROJAS

Las radios han dejado de funcionar por el agua salada. Nadie puede informar de la situación a los barcos para que dejen de enviar gente a la carnicería. Manuel Otero muere en esa primera oleada. Hu Riley recibe dos balazos y se queda varado en la orilla como un pez muerto. Contará muchos años después que un tipo con una cámara lo sacó del agua y lo subió a una lancha médica. Es Robert Capa, el reportero húngaro de ‘LIFE’, único fotógrafo que desembarcará durante la primera oleada del Día D para conseguir 11 fotos.

En pocos minutos los comandantes comprenden que toda la misión puede irse al fondo del mar. La playa que se encuentra en el eje central de la invasión se ha convertido en una matanza. Si fracasa, los alemanes empujarán a los aliados hasta el agua. Los doctores no dan abasto y a ellos les disparan también. El padre Silva da extremaunciones a toda velocidad de un sitio a otro, en mitad de la tormenta de plomo, porque se le acumula el trabajo.

Dos horas después, cuando la tragedia es tangible y van más de 2.500 muertos, los destructores de escolta se acercan más a la playa, poniéndose en riesgo ante las baterías alemanas, y abren fuego contra las defensas de hormigón a poca distancia. Por primera vez, los soldados aliados tienen un respiro y consiguen organizarse y escalar los terraplenes hacia las escapatorias de Omaha. Al caer la tarde, ya han consolidado la posición, igual que en el resto de playas, pero a un coste difícil de asumir.

Tropas de EEUU apróximándose a una de las playas durante el Día-D. U.S. / Foto: U.S. National Archives | REUTERS

En 24 horas, esa armada multinacional desembarca a decenas de miles de personas, monta puertos flotantes, mueve miles de vehículos, toneladas de pertrechos y contacta con los paracaidistas lanzados la noche anterior. El nacionalismo y el racismo, dos pilares sobre los que arde la Segunda Guerra Mundial, se ponen en suspenso para acabar con el nazismo, la expresión extrema de esas dos lacras.

Un miembro de un grupo de reconstrucción histórica, en la playa de Utah junto a un tanque Sherman de la Segunda Guerra Mundial. / ALBERTO ROJAS

Hoy, en la playa de Omaha, como en el resto de playas del Día D, uno encuentra un museo, tanques expuestos, restos de baterías enemigas, búnkeres de hormigón con agujeros de cañón, memoriales y turistas jubilados. Un grupo de reconstrucción histórica de California llega hasta con tres blindados traídos por mar desde EEUU, perfectamente uniformados como la 1ª división de infantería y se ponen a beber en un chiringuito al aire libre. Comprobamos si están alerta o llevan ya demasiadas cervezas.

– Thunder.

– ¡Flash!

Así fue, paso a paso, el desembarco en Omaha Beach

Gracia Pablos

El desembarco en la playa Omaha, realizado por el ejército estadounidense, fue el más complicado y sangriento de todos.
BOMBARDEO NAVAL:
A las 5.50 AM del día D, 40 minutos antes de que comience el desembarco, se produce el mayor bombardeo naval visto hasta la fecha. Acorazados, destructores y cruceros de guerra lanzan proyectiles contra las defensas alemanas en la costa.
Los barcos siguieron bombardeando objetivos durante el desembarco y pasarían a ser fuerzas de soporte de artillería una vez estuviese controlada la playa.
El viento y las fuertes corrientes movían las lanchas de desembarco de lado a lado.
Cerca de la orilla, hileras de minas y defensas checas dificultan la llegada a la arena.
Los artilleros alemanes disparan a los soldados que comienzan a desembarcar. Cuerpos inertes y vehículos destrozados se amontonan en la orilla.
Desde la orilla, los soldados se enfrentan a entre 260 y 370 metros de playa descubierta… y plagada de trampas
Las defensas alemanas situaron varias líneas defensivas en la arena, convirtiendo las playas en auténticas fortalezas.
Al caer la noche del día D, los hombres consiguen llegar al pie del acantilado, de unos 30 metros de altura…
Al mediodía, las tropas habían conseguido avanzar tierra adentro y se atrincheraban para defender el terreno ganado.
Las trincheras servían de soporte a las posiciones defensivas.
Al acabar el día D los aliados aún estaban lejos de los objetivos iniciales y además contaban con 3.000 bajas solo en Omaha.
Sin embargo, las playas ya estaban bajo su poder y el verdadero éxito (o fracaso) se decidiría en una batalla que apenas había empezado.
Fuente: The US National D-Day Memorial Foundation, Enciclopedia Brittanica, elaboración propia.

 

 

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