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Nuestro hemisferio: la nueva afirmación estratégica de EEUU en América Latina

EU revive la Doctrina Monroe: Trump presenta su nueva Estrategia de  Seguridad Nacional con foco en América Latina - IMER Noticias

 

El reciente discurso del Estado de la Unión del presidente Donald Trump ha reavivado un debate que atraviesa casi dos siglos de historia hemisférica. Cuando afirmó que Estados Unidos está “restableciendo el dominio y la seguridad en el hemisferio occidental” y que actuará para garantizar sus intereses nacionales frente a la violencia, las drogas, el terrorismo y la injerencia extranjera, no solo estaba formulando una prioridad coyuntural, también expresaba una afirmación estratégica: la idea de que el hemisferio occidental constituye un espacio de relevancia central para la política estadounidense.

La utilización explícita del término “dominio” y la expresión “nuestro hemisferio” me trae a la memoria la tradición histórica que se remonta a 1823, cuando el presidente James Monroe proclamó la Doctrina Monroe. 

En su formulación original, aquella doctrina advertía a las potencias europeas que cualquier intento de recolonización o intervención en las nuevas repúblicas americanas sería considerado una agresión contra Estados Unidos. Era una declaración de exclusividad hemisférica en un contexto en el que Washington aún carecía de poder material para imponerla plenamente. 

Más que una política de intervención parecía una afirmación de principio.

Con el tiempo, la doctrina evolucionó. En 1904, el presidente Theodore Roosevelt añadió su célebre corolario, que legitimaba la intervención directa en América Latina cuando la inestabilidad interna de un país pudiera abrir la puerta a la influencia de potencias externas. La doctrina dejó de ser meramente defensiva y se convirtió en instrumento activo de proyección de poder. 

Desde entonces, la historia hemisférica ha alternado entre momentos de cooperación, intervencionismo y contención ideológica, especialmente durante la Guerra Fría.

La afirmación estratégica actual puede evocar esa doctrina, aunque conviene distinguir entre resonancias históricas y doctrina formal. La competencia ya no se dirige principalmente contra Europa, sino contra la creciente presencia de China en infraestructura, energía y minería estratégica, así como la influencia rusa en ámbitos militares y tecnológicos. Al mismo tiempo, amenazas transnacionales como el narcotráfico o la migración irregular son reinterpretadas desde Washington como factores que afectan a la seguridad nacional. 

En este sentido, la frontera estratégica estadounidense se proyecta hacia el sur, más allá de los límites territoriales.

Problemas estructurales de los países latinoamericanos, como el tráfico de fentanilo desde México, la inestabilidad en ciertos países centroamericanos o la gestión de rutas marítimas en el Caribe, se presentan bajo esta lógica no solo como asuntos locales, sino como factores que afectan indirectamente a la seguridad estadounidense. 

Con la afirmación: “nuestro hemisferio” , interpreto que implica que desafíos internos regionales tienen relevancia estratégica para Washington.

Estas dinámicas afectan a toda América Latina y el Caribe. En la región andina, los recursos estratégicos como el litio y el cobre colocan a países como Perú, Chile y Bolivia en un espacio relevante para la competencia global, en el Cono Sur, la inserción comercial con Asia, particularmente con China, introduce variables estructurales que condicionan la influencia estadounidense, en Centroamérica y el Caribe, la seguridad, la migración y la infraestructura portuaria se convierten en piezas clave de esta perspectiva estratégica.

Brasil es un caso particular; como principal potencia sudamericana, mantiene relaciones profundas con China, su principal socio comercial, y al mismo tiempo vínculos estratégicos con Estados Unidos. Cualquier intento de consolidar un dominio hemisférico que ignore la autonomía brasileña enfrentaría un límite natural, reflejando que la región no puede concebirse como homogénea o subordinada a una sola potencia.

Hablar de una “Doctrina Monroe 2.0” puede resultar útil, pero conviene entenderla como un instrumento conceptual y no como un decreto formal. Más que una repetición del pasado parece emerger una combinación de continuidad histórica y adaptación estratégica a un mundo multipolar. Si en el siglo XIX el objetivo era frenar la recolonización europea y en el XX contener la expansión soviética, en el siglo XXI el eje se centra en la competencia con potencias extracontinentales y la gestión de amenazas transnacionales, todo dentro de un marco de primacía hemisférica que aún está en construcción.

El alcance real de esta afirmación hemisférica no dependerá únicamente de la voluntad de Estados Unidos, sino también de la capacidad de los países latinoamericanos de negociar, equilibrar alianzas o consolidar autonomía estratégica. Entre la retórica histórica y la práctica política existe un margen que solo el tiempo permitirá medir con precisión, y la manera en que la región responda definirá hasta qué punto esta afirmación estratégica se materializa y hasta dónde se mantiene como un discurso simbólico.

 

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