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Oswaldo Páez-Pumar: Dos modos de ver a José Gregorio Hernández

 

Viendo en la televisión la misa oficiada con ocasión de la beatificación de José Gregorio Hernández en la capilla del Colegio La Salle de la Colina vinieron a mi memoria los recuerdos de cosas ocurridas hace más de cincuenta años, que guardan relación con el médico de los pobres, como se ha hecho costumbre llamarlo.

Los protagonistas de estos dos modos diversos de ver a JGH fueron Jesús Rodil y Clemente Ortega a quienes les voy a presentar: Jesús Rodil fue un boxeador, campeón peso welter de Venezuela a quien conocí siendo niño, cuando cursaba mi primer año en el colegio San Ignacio año académico 1949-50, aunque él no me conoció a mí en ese entonces. Ya en ese tiempo Jesús Rodil se había retirado del boxeo y ganaba su subsistencia como masajista. Lo era del Loyola, el más glorioso de los equipos de fútbol de la historia, del Cervecería Caracas un equipo de beisbol que en ese deporte carece de las glorias del Loyola; y de la selección de fútbol a la que hoy llamamos la “vino-tinto” y que por la pléyade de jugadores del Loyola que la han integrado a través de los años, bien pudo ser llamada la “blanca y roja”.

Clemente Ortega fue un futbolista uruguayo que fue a parar a Colombia en la década de los 40, después de terminada la segunda guerra mundial, atraído por los buenos salarios que Colombia, separada de la FIFA, ofrecía sin tener que pagar a los equipos donde “habían fichado” el valor del pase internacional. Para el año 1952 cuando el campeonato del Distrito Federal se jugaba ya en el Estadio Olímpico, inaugurado en los III Juegos Bolivarianos en 1951, Clemente se iniciaba en nuestra cancha, o quizá lo fue en 1953, después del torneo internacional de 1952 que trajera al Millonarios de Colombia y con él a Alfredo Di Stefano, contra quien competía Clemente de tú a tú allá en Colombia.

Durante muchos años, para mí y para quienes jugábamos en el Loyola Clemente fue la personificación del enemigo. Yo lo sufrí no recuerdo si fue en 1958, la Copa, o ya en 1959 el campeonato, siendo aún juvenil. Había sido llamado por Triki Azpiritzaga para integrarme a la primera división a pesar de mi estatura 1,62 mts., y de mi peso 48 kg. Y allí en un corner dentro del área chica salté al lado de Clemente y caí al suelo fuera del área grande. No tuve más encuentros con Clemente, la vida universitaria me atrapó para la política y ya graduado en 1964 me reintegré de nuevo al fútbol y allí estaba Clemente pero ahora en nuestras filas, desde luego junto a Jesús Rodil, que solo la muerte lo separó del Loyola, como ocurrió también con Clemente.

Tengo la impresión de que tanto Rodil como Clemente, aunque eran casados y con numerosos hijos, bien hubieran podido integrar la compañía de Jesús, desde luego no la orden religiosa que exige el celibato, sino esa orden más amplia en la que formó parte JGH,  a pesar de que eran diferentes las miradas de Jesús Rodil y de Clemente para con el siervo de Dios, que aquí les resumo.

Integrado de nuevo yo al Loyola cumplían Rodil y Clemente sus trabajos de masajista y de entrenador. Rodil antes de iniciar el suyo, sacaba un retrato del “siervo de Dios” lo colocaba en un altar hecho por el mismo en el camerino, le rezaba unas oraciones y luego iniciaba su trabajo. Salía el equipo a la cancha y yo que estaba en la banca era el último, detrás venía Clemente que me agarró por el brazo y señalando el pequeño altar donde Rodil rezaba de nuevo al concluir su tarea, me dijo, con la entonación de quien pregunta, “Santo vestido con Flux”; y seguramente también ellos dos, porque fueron hombres de bien, comparten con JGH, el siervo de Dios.

 

 

 

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