Paciano Padrón: Arístides Calvani, maestro y amigo

A no dudarlo, el Doctor Arístides Calvani es una de las figuras morales e intelectuales más luminosas de la Venezuela contemporánea. Su legado no se limita al Derecho, a la política, la diplomacia o la docencia universitaria, se extiende, sobre todo, a la formación humana de generaciones enteras. Calvani fue, en el sentido más profundo de la palabra, un maestro, en el aula, en la vida pública, en la calle y, quizás lo más importante, maestro con el ejemplo de su propia existencia. Por eso, más que un simple profesor, fue un verdadero maestro y amigo para quienes tuvimos la dicha de conocerlo y aprender de él.
Un maestro en el aula no se define sólo por la transmisión de conocimientos, sino por la capacidad de despertar conciencias, formar criterio y cultivar el amor por la verdad. En este sentido, Calvani encarnó el ideal del gran profesor universitario; su enseñanza no se reducía a conceptos teóricos y datos académicos, invitaba a pensar, cuestionar, reflexionar con responsabilidad y profundidad. Su cátedra era un espacio donde se unían el rigor intelectual y la sensibilidad humana, donde el estudiante no sólo aprendía una materia, sino que se formaba como ciudadano y persona.
Al maestro Calvani se le consigue más allá del aula, en la vida cotidiana, en la conversación cercana y el consejo oportuno. No enseñaba únicamente desde la tarima, sino también desde el trato humano, la escucha atenta y la palabra serena.
Su pedagogía no se limitaba a los libros, estaba presente en su manera de actuar, de resolver conflictos, de dialogar con respeto y de defender principios sin caer en la descalificación ni el rencor. En él encontramos no sólo un orientador, sino también un amigo.
La faceta humana del Doctor Calvani como amigo, es un rasgo que me marcó tanto como su obra intelectual.
Recuerdo que yo le había comentado al Doctor Calvani mi decisión, una vez que concluyera mis estudios de Derecho en la UCV, de hacer posgrado en Derecho Laboral en Roma; él me alentó a seguir el camino del Derecho Social y la protección al socialmente débil. Cuando inicié el quinto y último año de mi carrera, cambié de opinión y decidí hacer mi postgrado en Derecho Cooperativo y Cooperativismo, en la Universidad de La Sorbona en París. Al comunicárselo al Doctor Calvani, él mirándome fijamente a los ojos preguntó, ¿tú tienes dinero? Yo me sonrojé, metí la mano en el bolsillo y le extendí lo que disponía, aquí tengo 20 bolívares, dije. Por supuesto Calvani sonrió y me dijo, la pregunta es si tu familia tiene dinero; usted sabe que mi papá es chófer de camión y mi mamá obrera en el Congreso de la República, le respondí; lo sé, me dijo, en Venezuela ejerciendo Derecho Laboral puedes mantener holgadamente tu familia, mientras que el Derecho que rige las cooperativas es hermoso, también Derecho Social, pero te quedará cuesta arriba el sostenimiento de la casa. Por supuesto que Calvani escuchó con detenimiento mis argumentos, comprendió mis puntos de vista y, de inmediato, comenzó a orientarme para la mejor manera de lograr mis objetivos en La Sorbona. Era maestro y amigo.
El Doctor Calvani cultivaba la amistad desde la cercanía humana. La amistad para él era extensión de la educación: escuchar, orientar, sostener, compartir y sobre todo acompañar. Esa cercanía no era casual; era coherente con su visión cristiana del servicio y con la convicción de que nadie, por sí solo, construye nada verdaderamente importante.
El maestro Calvani, a propósito de mi vocación por el cooperativismo y el Derecho Cooperativo, me dijo que sería bueno que antes de irme a París hiciera en Loyola
University, en New Orleans, un estupendo curso de planificación y desarrollo que allí, periódicamente, se dictaba para lideres sociales y políticos de América Latina. Por supuesto que mostré interés en el asunto, y también mi inquietud sobre cómo pagar un curso de esa naturaleza. La respuesta del maestro no tardó, la invitación que te hago es completa, buscaré para ti el financiamiento del curso y los gastos de viaje y estadía. Así fue. Calvani era amigo, no sólo maestro.
La dimensión afectiva del Doctor Calvani permitió que su obra no quedara encerrada en libros o discursos, sino en la memoria viva de quienes estuvimos cerca de él, trabajamos con él o simplemente compartimos el camino. Ese legado intangible es quizás el más duradero, porque se multiplica en quienes lo recibieron y lo replicaron a su manera.
Promovió la democracia cristiana, defendió la participación ciudadana, impulsó la organización social y acompañó procesos de formación política que serían claves para el fortalecimiento institucional del país. Su figura contribuyó a tender puentes entre la reflexión teórica y la acción transformadora, entre la ética y la política, entre la cultura democrática y su ejercicio cotidiano. Apostó por la pedagogía del encuentro: el diálogo, el contraste de ideas, el debate respetuoso y la convicción de que las sociedades se fortalecen cuando la palabra sustituye a la violencia.
Uno de los rasgos más admirables de Calvani fue su condición de maestro de valores y principios, sobre todo en tiempos en que las certezas tambalean y los jóvenes buscan referentes sólidos; su figura resalta como un faro moral. Enseñó que la libertad va de la mano de la responsabilidad, que la política debe estar al servicio del bien común y que la dignidad humana es el eje central de toda acción pública. Sus principios rectores -la honestidad, la justicia, la solidaridad y el respeto por la persona- no eran simples discursos, sino convicciones vividas.
Para los jóvenes, Calvani representó una guía ética en la construcción de su camino. Supo transmitir que el éxito no se mide sólo por logros profesionales o reconocimiento público, sino por la coherencia entre lo que se cree y lo que se hace. Su mensaje invitaba a formar carácter, a asumir compromisos y a actuar con conciencia social. En un mundo donde tantas veces se premia lo superficial, su ejemplo recordaba la importancia de la profundidad moral y la responsabilidad
histórica.
Sin embargo, quizás la lección más poderosa de Calvani fue que enseñó con el ejemplo. Su vida misma se convirtió en una cátedra permanente. No predicaba valores que no practicara, ni exigía conductas que él mismo no estuviera dispuesto a asumir. Su integridad personal, su sobriedad, su vocación de servicio y su entrega al país fueron testimonios vivos de los ideales que defendía. En él, la palabra y la acción caminaban juntas, y esa coherencia es una de las formas más altas de enseñanza.
Como Abogado, diplomático e intelectual, Calvani mostró que se puede ejercer el poder con ética, que se puede participar en la vida pública sin renunciar a los principios, y que se puede servir sin buscar privilegios. Su ejemplo enseña que la verdadera autoridad no proviene del cargo, sino de la calidad moral de la persona. Hoy, al revisar la trayectoria del maestro Calvani, resulta evidente que él pertenece a esa clase de venezolanos que entienden la vida pública como vocación de servicio. Su figura invita a repensar la importancia de la educación en la construcción de la democracia, la función social del Derecho y la necesidad de cultivar amistades basadas en el respeto y la búsqueda del bien. Su legado no se reduce al inventario de cargos, discursos y obras escritas, sino que se refleja en el modo en que tocó vidas, formó ciudadanos y acompañó procesos personales y colectivos.
En un tiempo donde la sociedad demanda referentes éticos, su vida continúa siendo una invitación a la coherencia, al servicio y a la esperanza. Su legado, más que un capítulo de historia, es una tarea vigente.
Honor a Calvani, maestro y amigo.
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