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Panegírico de G.K. Chesterton

«Dichosos los que te vieron y se durmieron en tu amor, porque también nosotros viviremos» (Eclo, 48:11).

El escritor Gilberth Keith Chesterton en 1931

                                         El escritor Gilberth Keith Chesterton en 1931

 

El hombre que enterramos el otro día en el cementerio de Beaconsfield fue uno de los más grandes de su tiempo. Si la posteridad le ignora, no le estará juzgando a él, sino a sí misma. Es casi seguro que será recordado como una gran y solitaria figura de la literatura, un artista de las palabras y las ideas con una asombrosa fecundidad de su imaginación. Es casi seguro que se le recordará como un profeta en una época de falsos profetas. Nos advirtió en tiempos de tolerancia de que las libertades humanas estaban amenazadas, y hoy las libertades humanas están sujetas a discusión. Nos advirtió en tiempos de prosperidad contra los peligros del industrialismo, y el industrialismo se está quedando sin aliento. Nos advirtió, cuando el imperialismo era una moda, de que el nacionalismo era una fuerza nada fácil de destruir; hoy el nacionalismo es la sombra que se cierne sobre los corazones de los hombres.

Si fue un gran escritor o si fue un verdadero profeta, eso ya no le concierne ahora; yace sordo a las alabanzas del mundo y a salvo de sus catástrofes; y tampoco nos concierne a nosotros. Nos hemos reunido, como cristianos, para despedirnos a nuestra manera de un hermano cristiano que nos se nos ha adelantado en la carrera hacia la eternidad. Lo más importante de Chesterton, y él habría sido el primero en decirlo, la cualidad más distintiva de Chesterton era una cualidad que compartía con unos trescientos millones de sus semejantes. Era católico. El público lo descubrió en los primeros años del siglo. No fue hasta veinte años más tarde cuando él se descubrió a sí mismo. Se cuenta una leyenda acerca de su proverbial despiste sobre que una vez telegrafió a casa: «Estoy en Liverpool; ¿dónde se supone que debería estar?». Le llevó catorce años tras la publicación de su libro Ortodoxia descubrir que debía estar en Roma.

Espero no traicionarle al predicar su panegírico limitándome a considerar la posición que le corresponde como fuerza religiosa; lo que el catolicismo significó para él y lo que él significó para el catolicismo. En el caso de un hombre más mezquino nos contentaríamos con celebrar sus virtudes domésticas o sus discretos actos de caridad. Pero Chesterton se movía, aunque con la simplicidad de un niño, en un mundo de imágenes apocalípticas; veía su religión en todas partes y ésta le importaba intensamente. Lo que hizo está ahora en manos de Dios; lo que fue es una cuestión de grato recuerdo para sus amigos; es el efecto que causó en el mundo lo que reclama la atención del mundo y su gratitud.

Hablaré en primer lugar de la influencia que ejercieron las primeras obras de Chesterton sobre la mayoría los jóvenes y sobre los protestantes. Y puedo hablar al respecto, en lugar de otros amigos más antiguos y cercanos, porque en la época en que se publicaron sus primeras obras, yo mismo era joven y protestante. Creo que se puede decir que la generación que creció entre el cambio de siglo y la Gran Guerra tendía siempre a reaccionar en favor de la ortodoxia religiosa. El triunfo del materialismo evolucionista parecía completo; la fe de los ingleses estaba siendo enterrada y los cínicos, los pesimistas y los positivistas se dedicaban a poner los últimos clavos en su ataúd. Pero hubo una reacción de la que habríamos oído hablar más si los acontecimientos que se iniciaron en 1914 no la hubiera diezmado. No quiero subestimar la influencia de otros personajes religiosos, anglicanos como Scott Holland o católicos como Hugh Benson. Pero la punta de lanza de esa reacción fue un hombre tan claramente del lado de los ángeles que uno no se preguntaba si era anglicano o católico, era G. K. Chesterton. La brillantez de su obra y la amplitud de su atractivo pusieron de moda una actitud religiosa que la moda de la época previa había ridiculizado. Él mismo era consciente del cambio de ambiente cuando escribió la introducción a su libro El hombre que fue jueves. Es éste un libro extraordinario, escrito como si el editor le hubiera encargado escribir algo parecido al Progreso del Peregrino al estilo de los Papeles del Club Pickwick. Y el poema que lo introduce no es un cántico de triunfo, sino de liberación de la tensión en medio de un conflicto.

Pero éramos jóvenes;
vivíamos para ver cómo Dios
rompía sus amargos hechizos,
cómo Dios y la buena República
regresaban cabalgando armados:
hemos visto la Ciudad de Mansoul
cuando estaba estremecida, pero ya liberada.
Bienaventurados los que no vieron, pero,
siendo ciegos, creyeron.

El efecto directo de esa reacción para frenar la marea del liberalismo religioso ha sido en gran parte borrado por la guerra. Su efecto indirecto, al producir conversiones a la fe católica, se hizo sentir sólo durante la guerra, cuando la cifra anual de conversiones subió de ocho a diez mil y de diez a doce mil, donde se ha mantenido desde entonces. Mientras tanto, el profeta, que nos había servido de poste indicador, permaneció fuera de la Iglesia, contento de librar una batalla solitaria por la filosofía que veía que era la correcta, pero que no podía ver que era la nuestra. ¿Qué le hizo cambiar cuatro años después del armisticio? ¿Cuál fue el nuevo impulso que dio ímpetu a su pensamiento, de modo que ya no creía, permaneciendo ciego, sino que veía? Nunca he conocido a un converso que pudiera dar una respuesta precisa a esa pregunta. Para dar una respuesta precisa tendríamos que comprender, como nunca podremos comprender aquí, la economía de la gracia de Dios. Sólo podemos decir que si fuera posible merecer la gracia de la conversión, Chesterton la mereció durante muchos años como ningún otro hombre; y si tuvo que esperar tanto tiempo para ello, hay esperanza para muchas almas en espera, quizás para alguna alma presente aquí que todavía no puede ver el final de su desesperanza.

Mientras tanto, lo que había sucedido era, para el propio Chesterton, admirablemente claro. Tenía la mirada del artista, capaz de ver de repente en algún objeto familiar un nuevo valor; tenía la intuición del poeta, capaz de detectar de repente, en la más insignificante de las frases, una riqueza de nuevos significados y posibilidades. Creo que la cualidad más destacada de su escritura es el don de iluminar lo ordinario, de encontrar en algo trivial un tipo de lo eterno. En el primero de sus libros que realmente le dio a conocer, El Napoleón de Notting Hill, la historia comienza en el momento en que un funcionario del gobierno, caminando detrás de dos amigos ataviados con abrigos, de repente ve los botones de esos abrigos como dos ojos, la hendidura debajo de ellos como la línea de la nariz; y así tiene una visión de sus dos amigos como dos dragones que caminan hacia atrás alejándose de él. Hay una ley (dice al respecto) escrita en el más oscuro de los libros de la vida, y es ésta: si miras una cosa novecientas noventa y nueve veces, estás perfectamente a salvo; pero si la miras por milésima vez, corres un peligro espantoso de verla por primera vez. Eso fue lo que ocurrió cuando Chesterton se convirtió. Miró por milésima vez la fe católica y por primera vez la vio. Nada en la Iglesia era nuevo para él, y sin embargo todo era nuevo para él; era como el hombre de su propia historia que había vagado por el mundo para ver, con ojos nuevos, su propio hogar. Ni sus amigos ni sus enemigos habían dudado de que ése era su hogar; los hombres ni siquiera se atrevían a susurrarle la vieja y patética mentira de que los conversos son infelices. Si sus obras como católico han sido tan influyentes como las que escribió cuando sólo era un defensor de los católicos es una cuestión difícil de resolver. Ya no estaba a la última moda; había alcanzado la edad en la que la mayoría de los hombres ya lo han dicho todo; su salud había empezado a declinar y estaba sobrecargado de trabajo, en parte por culpa nuestra. Además, creo que el mundo nunca escuchará con justicia a alguien que se ha etiquetado a sí mismo como católico. Pero diré que, aunque desaparecieran de la circulación todas y cada una de las líneas que escribió, la posteridad católica seguiría teniendo con él una deuda imperecedera de gratitud mientras un ejemplar de El hombre eterno enriquezca sus bibliotecas. Y añadiré que cada vez que le pregunto a un curioso si ha leído algún libro católico su respuesta suele comenzar así: «Por supuesto, he leído algo de Chesterton».

Pocos hombres de nuestro tiempo podrán negar este epitafio a Gilbert Chesterton: «dichosos los que le vieron y fueron honrados con su amistad»; encontraron en él un ejemplo vivo de caridad, de caballerosidad, de increíble humildad que permanecerá con ellos, quizás, como un documento más efectivo de la verdad católica que cualquier otra palabra que él mismo escribiera. Pero ya no oiremos aquella voz familiar, con su risa jovial; él, cuya creencia en la inmortalidad tuvo tanto eco público, no puede lanzarnos ningún susurro de consuelo, ahora que ya tiene la plena certeza. Lo que sí sabemos es lo que diría si oyera la insinuación de que no queda de él nada más que lo que fue enterrado en Beaconsfield:

Los sabios tienen cien mapas que ofrecer,
señal que su cosmos arrastra como un árbol,
y nublan tanto su razón, igual que un tamiz
que conserva la arena y permite que el oro, libre, huya:
y todas estas cosas son para mí menos que el polvo
pues mi nombre es Lázaro y estoy vivo*.

Del poema «El converso», publicado en la antología de 1927, The Collected Poems of G.K. Chesterton.

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