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Para hablar de los cobardes

Es muy injusto aquello de que «de los cobardes no se ha escrito nada». Además de inexacto es injusto, sobre todo cuando ser valiente puede resultar excesivamente caro.

Muchas veces en los comentarios de numerosos textos que se publican en la prensa independiente aparecen quienes califican de «serviles eunucos, carneros obedientes, cómplices de la dictadura» a todos aquellos que no se atreven a manifestarse públicamente ante los abusos y las arbitrariedades del Gobierno. Hay que señalar que se está hablando de la mayoría, de millones de personas, padres de familia que cada día tienen el deber de llevar el pan a sus hijos.

La magnitud de la cobardía en Cuba no es una señal de la falta de calidad humana de sus habitantes, sino un índice de los grados a que ha llegado la represión

Se debe descontar de esa lista a los realmente convencidos, que tienen la insensatez, la necedad, y por qué no, el valor de seguir defendiendo el actual estado de cosas en el país. No vale la pena aventurar números en ambos platos de la balanza para determinar si aquellos que no protestan de una u otra forma se ubican en el bando de los que creen o en el grupo que simula.

La magnitud de la cobardía en Cuba no es una señal de la falta de calidad humana de sus habitantes, sino un índice de los grados a que ha llegado la represión.

Se aprecia en los trabajadores del sector estatal que laboran bajo difíciles condiciones sin chistar; en los que aceptan el despojo de su salario en las empresas mixtas, donde el empleador estatal se queda con la mayor parte de lo que el inversionista extranjero paga por ese concepto; en los miles que salen a cumplir las misiones internacionales, a veces con riesgo para su vida, y aceptan mansamente que el Estado se quede con el 70% de lo que vale su trabajo.

Aparece la cobardía entre los trabajadores del sector no estatal que siguen sufriendo la ausencia de un mercado mayorista, la jauría de inspectores que los acosan, los impuestos que los vampirizan, el abuso de los precios topados, la permanente descalificación de los medios oficiales que los demonizan, la hipócrita postura de los funcionarios que un día los califican de indispensables y otro los reducen a parte complementaria.

Se siente la cobardía en esa falsa unanimidad de los parlamentarios, en las masivas marchas por el Primero de Mayo, en la simulada combatividad de los que participan en un mitin de repudio o en el silencio de quienes lo presencian. En los que delatan a sus amigos o parientes.

Lo que más dolor ocasiona es ver cómo se quiebran los valientes. A veces basta con que «les muestren los instrumentos»

Brilla la cobardía en el periodista que no se atreve a jugarse su puesto haciéndole a un funcionario la pregunta incómoda que todos están esperando, en el artista plástico que retira un cuadro de su exposición, el dramaturgo o el cineasta que suprime una escena, el escritor que arranca una página de su obra original para que llegue a la imprenta, el cantautor que elimina sus canciones conflictivas para que le permitan el concierto, el humorista que se atraganta con su mejor chiste porque quiere seguir escuchando los aplausos…

Lo que más dolor ocasiona es ver cómo se quiebran los valientes.

A veces basta con que «les muestren los instrumentos». Nadie puede certificar la certeza de la leyenda de un Galileo murmurando «y sin embargo se mueve», lo que sí está históricamente confirmado es que Giordano Bruno ardió en la hoguera inquisitorial por no renunciar a sus «herejías».

¿Pero quién va a pedirle a un profesor universitario que se atreva a decirles a sus alumnos algo que contradiga el dogma, o a un estudiante de último año que renuncie al dorado sueño de su carrera defendiendo a ese compañero de aula que van a expulsar por no ser revolucionario?

Duele mucho ver cómo se quiebran los valientes.

Nadie debería condenar por cobardía a estos muchachos, ninguno de ellos tiene por qué sentirse cobarde. El dedo acusador debe dirigirse a otra parte

Todos los ejemplos antes mencionados son del común conocimiento de cualquiera que viva en Cuba. No son exageraciones; ni siquiera se mencionan las herramientas más crueles.

Este sábado, frente al Ministerio de Comunicaciones lo más probable es que se suspenda la protesta, digamos la presencia, de los jóvenes que se habían convocado para manifestar su disgusto, digamos su desacuerdo, con la eliminación de la red SNet. Irán muy pocos y a los que lo intenten no les dejarán llegar.

A lo largo de esta semana un grupo de oficiales de la Seguridad del Estado entrenados en las sofisticadas técnicas de amedrentar a las personas decentes se han encargado de disuadir a los líderes y amenazar a los entusiastas. Han apelado a todo.

Nadie debería condenar por cobardía a estos muchachos, ninguno de ellos tiene por qué sentirse cobarde. El dedo acusador debe dirigirse a otra parte.

 

 

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