Democracia y Política

Pero… ¿dónde está el centro en España?

Soberbia empanada la que tenemos en España con el centro político.

Para el votante socialista, el centro es el PSOE, defienda lo que defienda el PSOE. De acuerdo a ese votante, el centro es como su ombligo: un compañero fiel que le acompaña allá donde él va y que no se mueve del sitio aunque su portador sí lo haga. Si el centro era ayer el insomnio causado por Podemos, hoy lo es el pacto de sangre con Podemos.

Sinónimos de «centro» para el votante socialista son PSOE, socialismo, socialdemocracia, izquierda, diálogo, consenso, solidaridad, igualdad y feminismo.

Para el votante de derechas, el centro son dos cosas diferentes. Desde el punto de vista del votante de Vox, el centro es la posición del que no tiene posición. Un agujero negro del pasteleo por el que vagabundean esas almas en pena que no tienen opinión sobre nada y cuya más alta aspiración en la vida es joder la marrana con pactos de los que no dejan satisfecho a nadie y cabrean a todos. La UE, por ejemplo.

Sinónimos de «centro» para el votante de Vox son globalización, liberalios, maricomplejines, consenso progre, derechita cobarde, veletas, naranjitos, toniroldanes.

Desde el punto de vista del votante del PP, el centro es lo que sea que exista en la frontera que separa al PP del PSOE, es decir el punto medio entre su programa y el de los socialistas, que es el que suele aplicar el partido cuando gana las elecciones. Centro será, entonces, todo aquel capaz de pactar tanto con PP como con PSOE sin acabar atado a una pira funeraria por sus votantes. En esa frontera vive ahora Ciudadanos.

Sinónimos de «centro» para el votante del PP son centro, centroizquierda, centroderecha, espacio de centro, constitucionalismo, Inés Arrimadas, bisagra.

Observen las diferencias, casi existenciales, entre las tres posturas.

La primera es la postura narcisista. El centro soy yo y mis dogmas ideológicos. Dicho de otra manera: el PSOE es la medida universal de todas las cosas. Más allá del PSOE está el Mordor del populismo o, peor aún, de la extrema derecha. Salvo, eso sí, que Mordor le entregue sus votos al PSOE. Momento en el cual los orcos pasan a convertirse, siempre temporalmente y mientras dure su apoyo al PSOE, en aliados elfos.

La segunda postura es la espiritual. Los espirituales creen que existen tres tipos de personas: quienes creen en el Dios verdadero, los que creen en falsos dioses y los que creen que no creen en nada, pero que en realidad se lo creen todo. Al igual que un islamista siempre verá con mejores ojos a un cristiano que a un ateo, el espiritual siempre respetará más a un votante de Podemos que a uno de Ciudadanos, porque al menos el primero cree en algo. La cuestión, en fin, es creer.

La tercera postura es la pragmática o geográfica. ¿Por qué pragmática? Porque no define el centro tanto en función de sus ideas como por su capacidad para pactar tanto con los unos como con los otros. En este sentido, centro sería tanto Ciudadanos como el PNV. ¿Y por qué geográfica? Porque se define también en función de su equidistancia respecto a dos puntos políticos concretos, que son el PP y el PSOE.

En realidad, el centro no es nada de todo eso, sino el punto donde se reúne el mayor número de ciudadanos de una sociedad cualquiera. Es decir, el consenso ideológico mayoritario. En la Alemania nazi, el centro eran los campos de exterminio. En la Venezuela socialista, el centro es el robo de la propiedad ajena. En los EE. UU. de la censura, el puritanismo y la religión woke, el centro son el New York Times y el Washington Post.

¿Cuáles han sido en España los grandes consensos políticos de los últimos cuarenta años? El referendo de la OTAN se ganó con el 56,85% de los votos. El referendo para la aprobación de la Constitución europea, con el 76,73%, aunque con una participación muy baja.

En las elecciones generales de 1979, la UCD ganó con el 34,84% de los votos.

En 1982, 1986, 1989 y 1993 ganó el PSOE con un 48,11%, 44,06%, 39,60% y 38,78%.

En 1996 y 2000 ganó el PP con un 38,79% y un 44,52%.

En 2004 y 2008 ganó el PSOE con un 42,59% y un 43,64%.

En 2011 ganó el PP con un 44,63%.

A partir de ese año, todo cambia con la llegada de Podemos y Ciudadanos al Congreso de los Diputados.

El PP gana en 2015 con sólo el 28,71% de los votos.

En 2016, con el 33,01%.

En 2019 gana el PSOE dos veces. La primera, con el 28,67% de los votos. La segunda, con el 28%.

El cambio es muy reciente y nos falta perspectiva para verlo con claridad, pero ha sacudido los cimientos de la democracia. Hace apenas una década, el partido que ganaba las elecciones en España representaba a aproximadamente el 40-45% de la población española, es decir a casi uno de cada dos ciudadanos. El que gana hoy apenas representa al 30% de los españoles, menos de uno de cada tres.

El incentivo para los partidos de la vieja política era apelar al mayor número posible de españoles defendiendo las opciones ideológicas mayoritarias. El incentivo para los partidos de la nueva política es el de apelar sólo a los más convencidos de los suyos a la vista de que un 30%, quizá incluso sólo un 25% de los votos, basta para ganar unas elecciones generales.

Dicho de otra manera. La actual fragmentación del escenario político incentiva la radicalización de los partidos y su alejamiento del centro en beneficio de posturas extremas que apelan únicamente a la minoría mayoritaria entre otras minorías irrelevantes por sí solas.

Y de ahí, por ejemplo, que un partido de gobierno como el PSOE pueda negarse sin problemas a resolver el problema de la okupación a pesar de que es relativamente fácil suponer que el consenso ampliamente mayoritario de la sociedad española es favorable al desalojo y la encarcelación inmediata de este tipo de delincuentes.

Cuando decimos que «el votante del PSOE se lo perdona todo» estamos hablando de su actual 28%. El 48% que le votó en 1982 no se lo perdonaría «todo». Pero es que al PSOE actual, ese 20% que ha perdido por el camino le importa electoralmente un rábano. Y de ahí su actual radicalismo. No es Pedro Sánchez: es la fragmentación y sus incentivos perversos.

A día de hoy, los mayores consensos ciudadanos jamás conseguidos en democracia siguen siendo los del referendo sobre el proyecto de ley para la reforma política de 1976, que fue aprobado con el 94,17% de los votos, y el del referendo de la Constitución española de 1978, que fue aprobado con el 88,54%% de los votos.

Y de ahí una conclusión obvia. El centro en España, salvo nuevas noticias, sigue siendo hoy la Constitución española. Ni uno solo de los partidos que reclaman su derogación o su reforma, y hay que incluir ahí al PSOE, se acerca ni por asomo a los porcentajes de voto necesarios para tocar una sola coma de ella.

Está además por ver cuántos de sus votantes seguirían al partido por ese camino, y con qué esperanzas en concreto.

Así que, ¿qué partidos españoles defienden hoy la Constitución española y ese muy mayoritario pacto entre diferentes que fue la Transición española? ¿Qué partidos lo defienden en todo el territorio español y no sólo en algunas comunidades y en función de los intereses electorales del momento? ¿Qué partidos defienden su espíritu y no sólo su interpretación particular, sectaria, de ella?

Les doy dos pistas.

 

 

 

 

 

 

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