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Petro in da House

Ya se veía a sí mismo atrincherado en el palacio de Nariño, al estilo de Allende, pero no con una metralleta sino con la espada de Bolívar

 

El pragmatismo de Petro y Trump | Opinión | EL PAÍS

 

Después de haber hecho todo lo posible por deteriorar las relaciones entre Colombia y Estados Unidos, el presidente Gustavo Petro viajó a la Casa Blanca a zanjar las diferencias, aclarar los malentendidos y a sacar al país del siniestro radar de animadversiones de Donald Trump. Colombia siempre había tenido una relación estrecha con Estados Unidos, hasta que Petro empezó a lanzar diatribas desquiciados en X desafiando a Trump a que le diera un golpe de Estado. Luego no tuvo mejor idea que salir a las calles de Nueva York, megáfono en mano, como si fuera Greta Thumberg, a pedir al Ejército estadounidense que se negara a obedecer las órdenes de su presidente. Confundió la responsabilidad de un jefe de Estado con la temeridad del activista, y de pronto Colombia se veía asediada con la amenaza de aranceles y sanciones, y hasta planeó sobre el país la brutal ocurrencia –«suena bien»– de una intervención militar contra el narcotráfico.

Todo esto era un despropósito. Petro había pasado por encima de los cauces diplomáticos para expresar sus diferencias y molestias con las políticas de Trump, muchas de ellas justificadas, obrando como un caudillo ebrio de sí mismo a quien le importa más pasar a la historia o erigirse en redentor antiyanqui que gobernar con sensatez y evitar la debacle de su gente. Es cierto que al otro lado también tenía un caudillo sajón, un Calibán en toda regla que desprecia a los latinos y aspira, al igual que Petro, a cambiar la historia de su país e incluso de la humanidad entera. Trump dijo cosas absurdas sobre Petro. Lo acusó de ser un líder del narcotráfico y lo incluyó, sin un motivo real, como si fuera un vulgar mafioso, en la lista Clinton. Ahora Petro no puede abrir cuentas corrientes, solicitar préstamos o renovar su licencia de Microsoft.

Nunca se habían tratado las relaciones entre los dos países con tanto primitivismo y testosterona. El 7 de enero, minutos antes de que hablaran por teléfono y acordaran verse en febrero, Petro iba a dar un discurso incendiario en el que llamaba a la movilización popular, y ya se veía a sí mismo atrincherado en el palacio de Nariño, al estilo de Allende, pero no con una metralleta sino con la espada de Bolívar. La locura estaba llegando a niveles intolerables. Se necesitaba una inyección de racionalidad, que afortunadamente llegó a tiempo. Funcionarios colombianos en Washington que gozan de prestigio e influencia lograron desactivar esa bomba narcisista y preparar un encuentro bien estructurado, sin cámaras ni periodistas que atizaran la tentación trumpista de humillar al invitado ni el delirio petrista de creerse un Aureliano o un Bolívar. Había mucho en juego. Petro quería salir de la lista Clinton y Trump, un aliado contra el narcotráfico y a favor de la estabilización de Venezuela. El segundo estuvo a la altura de su cargo; el primero demostró, ya demasiado tarde, que pudo haber sido ese líder serio y responsable y no el loco del megáfono en una manifestación perpetua.

 

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