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Poderosa Afrodita

Así se llama una película genial de Woody Allen (Mighty Aphrodite, 1995) que cuenta la historia de Lenny y Amanda. Lenny es cronista de deportes y Amanda merchante de arte. Ambos han adoptado a un niño que comienza a dar precoces muestras de una gran inteligencia, por lo que Lenny decide buscar a su verdadera madre. Está seguro de que encontrará a una mujer culta y brillante, pero en su lugar lo que encuentra es a una prostituta bastante tonta y maleducada llamada Linda, con la que inevitablemente se enreda dando pie a una serie de situaciones cómicas muy al estilo de Woody Allen. Lo más genial de la comedia es que la historia está dividida en episodios, separados por las intervenciones de un coro trágico que, parodiando a los antiguos, va comentando las desventuras de los personajes y su truculento destino.

Como toda buena comedia, Poderosa Afrodita da pie para reflexiones bastante más profundas. Como su título indica, habla del inmenso poder del amor y de cómo este poder va tejiendo con hilos invisibles nuestro destino sin apenas percatarnos. No el amor romántico, que quede claro, sino el amor erótico, carnal, ése que hace que aún estemos sobre el planeta. El amor romántico, el amor idealista, el amor “cortés”, nos recuerda Octavio Paz en La llama doble, es una invención tardía de la Francia medieval, cuando los caballeros y los trovadores se enfrentaban a infieles y dragones, y arriesgaban sus vidas por el amor de una princesa. En la antigua Grecia la atracción amorosa que surgía entre dos se llamaba simplemente eros, deseo, y si surgía otro tipo de afecto, éste tomaba el nombre de philía.

Afrodita es, pues, la diosa del instinto sexual, del deseo erótico y su carnada por excelencia, la belleza. En la Teogonía (155 ss.), Hesíodo cuenta que Urano, el Cielo, no permitía que Gea, la Tierra, pariera los hijos que con ella había engendrado. Gea, claro, no aguantaba más el dolor. Entonces Crono, el Tiempo, queriendo vengar a su madre, esperó a que en medio de la noche Urano se acercara para unirse a ella. Entonces, blandiendo una afilada hoz, cercenó el miembro de su padre y lo lanzó al mar. Durante un tiempo el miembro fue llevado por las corrientes hasta que, llegado a las playas de Chipre, brotó de él Afrodita rodeada de espumas, aphrós, de donde su nombre. También los poetas la llaman “Cipris” por haber nacido en Chipre. El Himno homérico VI cuenta que de inmediato fue conducida por los Céfiros, los vientos, a donde las Gracias y las Estaciones (Horai), quienes la acogieron y la ataviaron apropiadamente, y la condujeron a su vez a la morada de los dioses. Afrodita surgiendo de las espumas del mar, Anadiómena, fue representada por el célebre Apeles en una pintura que se perdió, pero que describe muy bien Plinio el Viejo en su Naturalis Historia, cuya lectura tuvo que inspirar a Botticelli para su famoso cuadro.

 

«La Nascita di Venere», de Sandro Botticelli

 

Afrodita, pues, es incluso una generación mayor que Zeus. Dice también Hesíodo que desde el primer momento la acompañó Eros, y que recibió como atributos “las intimidades con doncellas, las sonrisas, los engaños, el dulce placer, el amor y la dulzura” (203-206). Los mitógrafos coinciden en que siempre fue adulta. Su figura está relacionada con infinidad de leyendas, por supuesto todas de carácter erótico. Zeus, temiendo que su belleza fuera a motivar una trifulca entre los dioses, la casó con el más feo de todos, Hefesto, el viejo y cojo dios de la fragua y el trabajo. Sin embargo Afrodita amaba a Ares, el dios de la guerra. Cuenta Homero en la Odisea (VIII 266 ss.) que una vez que Hefesto viajó a la isla de Lemnos, fue Ares a encontrarse con Afrodita. Los vio el sol, que todo lo ve, y fue a contárselo a Hefesto. Éste, irritado, volvió y tuvo tiempo de tramar la venganza: tejió una red indestructible e invisible y la tendió sobre el lecho. La próxima vez que los amantes se encontraran en pleno abrazo la activaría, de modo que quedaran así un buen rato atrapados. Pasó, y Hefesto llamó a los demás dioses para que fueran testigos del agravio. Éstos echaban a reír al ver a los dioses de la belleza y la guerra tan expuestos, y hacían comentarios jocosos, como éste de Apolo a Hermes:

“Dime, dios Hermes que repartes bienes, mensajero, ¿no quisieras tú también yacer, aun cogido de lazos tan recios, en sus lechos junto a Afrodita dorada?”

Claro que no fue Ares, ni pudo haber sido el único amante que tuvo la diosa “risueña” de ojos oscuros. Solamente en el Himno homérico V se cuenta la historia de Anquises, con quien tuvo a Eneas, y de Titono; y Ovidio, en el libro X de las Metamorfosis, habla del “bellísimo” Adonis. Por lo demás, no olvidemos que Afrodita fue, en cierto modo, la instigadora de la guerra de Troya, pues, cuentan Ovidio (Her. XIV) y Luciano (Diálogo de los dioses, 20), prometió a Paris que si la elegía como la diosa más bella le daría el amor de la más hermosa de las mortales, Helena.

Los filósofos también quedaron seducidos por el poder de su imagen sugestiva. Platón, en el Simposio, imagina la existencia de dos Afroditas, la Afrodita Urania, diosa de un amor puro y celestial que nos impulsa a elevarnos hacia el conocimiento, y Afrodita Pandemos, la que conoce “todo el pueblo” (de donde su nombre) y encarna al amor vulgar (ya lo sabemos, creo que Platón nunca cambiará). En Roma, Lucrecio invocará a Venus genetrix al comienzo de su poema, metáfora de esa fuerza desconocida, esa potencia cósmica que hace que los seres se generen y la vida se perpetúe.

Por lo demás, no debe extrañarnos el que casi todas las mitologías del mundo consagren una divinidad al deseo y la pulsión erótica, casi siempre diosas, una potencia femenina. Así Inanna en la mitología sumeria, Astarté en la fenicia, Turan en la etrusca, Xochiquétzal en la azteca y Aizen en la japonesa. Entre los nuestros recordamos a Yara, de los caquetíos de Yaracuy, que después se convertirá en María Lionza, y que entre cuyos atributos se tiene el de socorrer en las tribulaciones amorosas de sus creyentes. Todas ellas son prueba del insuperable poder que tuvieron y tienen sobre nosotros el amor, el sexo y el deseo.

 

Mariano José Nava Contreras es un escritor, investigador y traductor venezolano especializado en estudios clásicos. Doctor en Filología Clásica por la Universidad de Granada y profesor de la Facultad de Humanidades y Educación en la Universidad de Los Andes desde 1991.

 

 

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