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Por qué Bernie Sanders, repitiendo la propaganda cubana, molesta a tantos latinos

Acompáñeme, amigo lector, en un pequeño experimento mental. Imagine que, horrorizado por el autoritarismo en la América de Donald Trump, usted decide que no puede aguantar más y se muda a Nueva Zelanda, digamos, para empezar de nuevo.

Ahora imagine que, siendo usted inmigrante en Nueva Zelandia, ve aparecer un político radical de derechas que alcanza prominencia nacional. Naturalmente, algún periodista local emprendedor le preguntaría a ese político su opinión sobre el Presidente Trump. Ahora imagínese que la respuesta sonara algo así como: «Bueno, aunque ciertamente no quisiéramos la división y el autoritarismo de Donald Trump aquí en Nueva Zelandia, es un hecho que presidió la mayor economía de la historia de los Estados Unidos y ciertamente hizo grande a América nuevamente».

Usted, ante semejante declaración, sospecho que enloquecería. Y sería así por una buena razón: no tanto porque de hecho está equivocada, sino porque es propaganda.

Como toda buena propaganda, la respuesta de nuestro político neozelandés combina una pizca de verdad (la tasa de desempleo es realmente muy baja y el mercado de valores ha funcionado muy bien) con una deliberada ignorancia de la historia (la economía iba bien mucho antes de que Trump llegara al poder) con un esfuerzo decidido por ocultar una dinámica más profunda y mucho más perniciosa (no vale la pena sacrificar los fundamentos de la democracia y la separación de poderes en aras de la salud económica).

Escuchándolo, usted inmediatamente notaría cuán vacía es la afirmación del político al afirmar que no desea una división Trumpiana en su país. ¿Cómo se puede confiar en una persona tan dispuesta a tragarse y repetir una propaganda de ese tamaño?

Si usted es capaz de imaginar su reacción a este político derechista, puede empezar a vislumbrar la enorme preocupación que sentimos los venezolanos y cubanos cuando escuchamos a Bernie Sanders elogiar el sistema educativo de Fidel Castro.

Lo primero que hay que entender es que la reputación mundial de Cuba de tener un excelente sistema educativo no es resultado de la calidad del mismo. Como los académicos saben desde hace tiempo, el rendimiento educativo general de Cuba es mediocre para la región: aproximadamente similar al de muchos otros países latinoamericanos que llevaron sus tasas de alfabetización de alrededor del 75 por ciento en la década de 1950 a un porcentaje cercano al 100 por ciento en la actualidad.

Sí, Cuba puso la educación al alcance de todos hasta la universidad, gratuitamente. Pero también lo hicieron países como Argentina, Ecuador, Uruguay y México. Nunca hubo necesidad de construir un estado policial para llevar a la gente a la escuela – una idea tan obvia, que es ridículo incluso tener que escribirla.

En realidad, la reputación de Cuba por sus proezas educativas es en su mayor parte producto de una campaña de propaganda implacable durante varias décadas. Prácticamente todos los discursos de todos los diplomáticos cubanos y los admiradores del régimen en las últimas siete décadas se han centrado en el supuesto milagro de la alfabetización en Cuba. Los cubanos que se han ido de su país conocen la propaganda demasiado bien, y entienden por qué un gobierno desesperado por establecer su legitimidad ante el empobrecimiento masivo de su población acudiría a ella una y otra vez.

A los cubanos y venezolanos, que han sido testigos de una propaganda muy parecida, hablar de la destreza educativa de los cubanos no es solo una equivocación, sino que sirve asimismo como una forma sencilla de identificar quién está listo para ser engañado por los apologistas del régimen. Sabemos que la propaganda no necesita ser totalmente falsa para ser profundamente dañina. Así que nos desesperamos cuando la oímos repetir como loros por aquellos que deberían estar bien informados.

La conclusión es que cuando te asocias con una ideología cuyo pasado contiene algunos de los peores crímenes de la historia, asumes un deber especial de denuncia. Pero cuando esas denuncias vienen cubiertas con calificativos que descansan en líneas de propaganda, suenan completamente huecas.

Los alemanes entienden esto. El partido de Angela Merkel, la conservadora Unión Demócrata Cristiana, siempre entendió que si vas a estar a media pulgada a la derecha del centro en el país que Hitler una vez dirigió, debes hacer un gran esfuerzo para distanciarte de cualquier cosa que recuerde vagamente al nazismo. Lo cual es una razón por la cual el centro-derecha en Alemania es una de las fuerzas pro-democráticas más tenaces de Europa.

Sanders necesita entender que está en una posición similar. Ha elegido usar para describirse la palabra que los líderes totalitarios han elegido para describirse a sí mismos. Por ello, debe asumir una responsabilidad especial en hacer totalmente inequívoco que conoce los juegos de propaganda que los socialistas autoritarios usan para reforzar su poder. Exigirle a Sanders ese nivel no es de ninguna manera irrazonable.

Cuando Sanders repite la propaganda de Fidel, no pasa la prueba. Y muchos latinos en los EEUU y gente de América Latina se dan cuenta. Tenemos un olfato hiperdesarrollado para la propaganda. Nos afecta, nos hace tambalear. Porque conocemos este juego muy profundamente, desde dentro.

 

Traducción: Marcos Villasmil


ENLACE A LA NOTA ORIGINAL:

Why Bernie Sanders’s repeating Cuban propaganda rankles so many Latinos

 

 

 

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