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¿Por qué este escándalo de Facebook es más grande que cualquier otro?

Frances Haugen asegura amar Facebook. Sin embargo, con toda seguridad, Facebook no le corresponde su amor.

Este supuesto amor es clave para comprender qué es lo que hace especial a este embrollo de Facebook, más allá de la enorme cantidad de documentos lanzados al vacío. Y es que los secretos sucios de la compañía, tanto pequeños como grandes, ya se han compartido antes, y a veces incluso han logrado aparecer en las páginas de los periódicos más importantes y (como en el caso del escándalo de Cambridge Analytica) provocar audiencias en el Congreso.

Pero la denuncia de Haugen se ha escuchado en todo el mundo con más fuerza que cualquier otra, y no ha dejado de retumbar. Su historia combina los tropos del género del denunciante curtido con el espíritu más moderno de Silicon Valley (Haugen es incluso una de las primeras inversionistas en criptomonedas que se ha refugiado en el holgado régimen fiscal de Puerto Rico). Esa es nuestra heroína, tan decepcionada como nosotros de una compañía que se suponía iba a conectarnos, pero que en vez de eso ha hecho añicos a la sociedad. Haugen también está desilusionada con su propia incapacidad de mejorar las cosas desde adentro.

Haugen no buscó archivos en gabinetes polvorientos porque no estamos en el pasado, sino en 2021. Lo que hizo fue escudriñar la propia red social de la red social, donde sus colegas habían acumulado documentos y datos, como bien lo hace un gigante de la tecnología. En su último día en la compañía, sabiendo que sus actividades estaban siendo registradas, dejó en la barra de búsqueda un devastador mensaje de amor. “No odio Facebook”, escribió. “Amo Facebook. Quiero salvarlo”.

¿Por qué esto es tan cautivador? Los denunciantes a veces atraen tanto desprecio como admiración por la falta de lealtad: Las agallas que se requiere para decidir que tienes razón y que todos tus superiores y los que te rodean están equivocados, luce como individualismo para algunos y narcisismo para otros. Haugen zanja la diferencia. Ella no cree que sea mejor que Facebook. Cree que Facebook es mejor que Facebook, o al menos que puede llegar a serlo.

Hay algo más: una historia de traición siempre se beneficia de la angustia del protagonista. De lo contrario, no se sentiría suficientemente como una traición. Sin embargo, al acercarse a la compañía que critica, Haugen también se vuelve más creíble.

Todo en su relato implica que Facebook se vuelva contra sí mismo: sus valores, sus gemas de información, sus palabras. En esta oportunidad la compañía no puede afirmar que elementos externos criticones que tienen una intención clara pero no poseen la verdad están causando un daño basado en la ignorancia. Las críticas se realizaron a lo interno, con base a información interna.

La transmisión de esta información interna golpea con más fuerza cuando el mensajero también forma parte de la compañía. Es por eso que, debido a que su renuncia (más el apoyo financiero de Pierre Omidyar, el multimillonario fundador de eBay que ahora es un crítico de la tecnología) amenaza con posicionarla como una enemiga, Haugen debe situarse de forma figurativa y filosófica en medio del entorno ejecutivo de la compañía, junto a Mark Zuckerberg y los peces gordos. De repente, Haugen parece poseer toda la autoridad de su antiguo empleador sin ninguno de los aspectos turbios que el gigante caído en desgracia no ha podido quitarse de encima.

Esa autoridad le paga dividendos a Haugen, y probablemente se los arrebata a los accionistas de Facebook. Después de todo, ninguna compañía parece estar más descontrolada que cuando alguien más tiene el control. Y Haugen nunca ha perdido el control en esta narrativa, desde la publicación cuidadosamente curada de las primeras historias por Jeff Horwitz de The Wall Street Journal, que incluyó una especie de pódcast híbrido hagiográfico y de perfil (“Evalué a Jeff por un tiempo”, le dijo Haugen a Ben Smith del New York Times), un segmento en 60 Minutes de CBS, hasta el testimonio taquillero en el Capitolio.

 

Hace apenas tres años, los legisladores no podían comprender cómo Facebook ganaba dinero si era gratis, y le hacían preguntas a representantes de Google sobre algunos problemas con sus iPhones. Desde entonces han dado algunos pequeños pasos hacia la comprensión, pero ahora ha llegado una salvadora para ayudarlos a dar un gran salto hacia adelante, sin importar que muchos académicos veteranos y expertos en la gobernanza de internet consideren que muchas de sus ideas son desacertadas.

Incluso la decisión de Haugen de invitar periodistas de más de una docena de medios para estudiar con detenimiento sus miles de documentos sustraídos contribuye al efecto. Ha generado una avalancha de reportajes superpuestos y entrecruzados tan grande, que es casi imposible determinar qué es antiguo, qué es reciente y qué es más relevante. Sin embargo, este tsunami solo incrementa la importancia del rol de Haugen como una especie de filtro: guía a las personas influyentes intercontinentales hacia la orilla de su perspectiva.

Mientras tanto, Facebook parece estar ahogándose, precisamente porque su desleal amante le ha dicho al mundo entero que quiere salvarlo.

 

Molly Roberts escribe sobre tecnología y sociedad para la sección de opinión del Washington Post.

 

 

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