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Psicoanálisis tras la pandemia

Hasta nuevo aviso, la pandemia del coronavirus habrá transformado radicalmente la forma en la que nos relacionamos. Para los psicoanalistas, esta pérdida del contacto físico, y un futuro de rostros con cubre bocas y reuniones al aire libre, han suscitado una serie de preguntas sobre la angustia, la escucha y el espacio clínico.

En estos tiempos, los psicoanalistas nos hemos visto obligados a recluirnos y digitalizar nuestros trabajos, un hecho muy comentado en distintos espacios. Si bien el regreso al consultorio se empieza a acercar, queda mucho por reflexionar sobre lo que vivimos en estos meses, y las transformaciones que seguirán. Los cambios en estas dinámicas nos llevan a preguntar por los territorios por los que transita nuestro quehacer. Leonardo Leibson, profesor de la Universidad de Buenos Aires, compartió esta reflexión en un espacio digital: “La pregunta acerca de si es posible el psicoanálisis online es una extraña pregunta. En los hechos, hay prácticas online desde hace muchos años”. Para él,  más allá de si esto es correcto o incorrecto “Tal vez la pregunta sea, a partir de la experiencia que estamos teniendo, qué pasa y qué no pasa con este modo de nuestra práctica. Sigo creyendo que el analista es el dispositivo y eso se lleva a donde haya analista en funciones. Al estar relajando los prejuicios puede surgir el interés por descubrir cuánto de la presencia de los cuerpos se da por la exclusiva presencia física y cuánto a través de otras cosas. El cuerpo no es solamente la carne vibrante, pero también lo es”.

El cuestionamiento sobre las transformaciones que sufre el dispositivo analítico cuando la presencia física del cuerpo no es posible, es relevante, aunque no se puedan adelantar respuestas sobre cómo se modificarán las relaciones en los consultorios cuando acabe la pandemia.

 

Ilustración: Ricardo Figueroa

 

Siguiendo a Leibson, cuyo comentario está en sintonía con su trabajo de investigación sobre el cuerpo y sus resonancias clínicas, la definición del cuerpo en psicoanálisis se aleja del saber médico: el cuerpo no es un proceso mecánico funcional sino una cartografía fragmentada en zonas en pugna, es decir, un territorio que expresa un conflicto subjetivo por medio de síntomas.1 Por eso, Leibson propone pensar el proceso analítico como una danza entre cuerpos que se conmueven y resuenan por la musicalidad de las palabras y que se abren camino hacia el sinsentido de lo inconsciente para desanudar los síntomas que acongojan al analizante.

Esta propuesta indica que para bailar es necesaria la presencia física de los cuerpos, pues de lo contrario no se tiene el despliegue de toda su vibración. Sin embargo, en su comentario, el psicoanalista argentino parece decir que hay cierta posibilidad de que la presencia del cuerpo pueda vibrar más allá de su presencia física. Probablemente trate de establecer un contrapunto y ampliar la discusión de acuerdo al contexto que vivimos, pero lo que es claro que es su planteamiento está inserto en una larga discusión sobre la concepción del espacio y la función cuerpo en el psicoanálisis.

Es bien conocida la crítica que hace Lacan sobre el tiempo que debe durar una sesión durante el proceso analítico.2 Fue formulada en un contexto en el que la práctica clínica se había reglamentado bajo estándares rígidos que estipulaban que las sesiones debían durar una hora, no más, no menos. Por su parte, Lacan argumentó que el tiempo de una sesión no es cronológico, sino que pasa por momentos lógicos cuyos cortes responden a las puntuaciones subjetivas que tiene el discurso emitido. En ese sentido, el tiempo que acontece en una sesión no tiene que ver con el tiempo que miden nuestros relojes, sino que se establece de acuerdo a la importancia de las palabras o silencios para la persona que está hablando.

Si a partir de la crítica de Lacan nos hemos permitido variar la dimensión del tiempo durante las sesiones, ¿no es igualmente legítimo variar la espacialidad de una sesión?

A propósito de esto, el periódico argentino Página 12 recientemente realizó tres entrevistas a destacados analistas: Gabriel Lombardi, Osvaldo Delgado y Silvia Ons. Como si fuera una confesión, los entrevistados explican que desde antes de la pandemia ya usaban herramientas digitales para mantener los proceso analíticos. Todos coinciden en que éstas sirven como soporte para mantener la escucha latente y detonar la asociación libre. Parecería que parte del sentido de la nota es indicar que no hay mucha diferencia entre un cuerpo virtual y uno presencial. Lombardi incluso dice que el diván puede sustituirse fácilmente si se apaga la cámara durante la videollamada. Sin embargo, Ons es categórica: dice que la virtualidad nunca podrá sustituir la presencia del cuerpo del analista y las resonancias de su voz.

Es verdad que las sesiones digitales no son iguales a las presenciales. Una de las finalidades del análisis indicado desde Freud implica aceptar el desencuentro irremediable entre los cuerpos y construir formas de hacer con la hiancia imposible de resarcir –aquello que señala que algo no termina de encajar en las relaciones humanas, que despierta una insatisfacción a la cual no vemos arrojados a resolver de forma singular–.3 Pero ahora que la separación es obligatoria, volvemos a una vieja pregunta sobre el manejo de la transferencia: ¿qué tanto es preciso acompañar y qué tanto se debe responder con distancia y silencio?

Una respuesta rápida se basa en el principio de singularidad del psicoanálisis, que dice que el manejo depende de cada persona. Sin embargo, también es evidente que, por más útil que parezca, la tecnología no puede hacer lo que el cuerpo puede. El no poder estar de forma presencial en esta situación puede ser muy angustiante. En las comunicaciones virtuales con las que hemos sustituido la clínica puede haber interferencias que no nos permitan percibir la polifonía y vibración que se produce con la presencia física de ambos cuerpos. Algo del detalle se pierde y eso es lo que suele ser lo más importante, porque los equívocos minúsculos pueden decir mucho.

Ahora bien, ante la pandemia no sólo hemos perdido el contacto de cuerpo a cuerpo, sino también la privacidad de los consultorios. No todos los espacios permiten realizar una sesión a distancia, lo cual nos lleva a preguntarnos por qué es un consultorio. ¿Cuáles son los elementos básicos en términos espaciales para que se despliegue la asociación libre?

Jacques Rancière dice que el espacio se construye afectivamente, es decir que los lugares se recuerdan porque están cargados de afecto. Se marcan por medio de las situaciones que vivimos en ellos, tal como una casa es habitada en cuanto se colocan adornos y muebles.4 El espacio no está dado, sino que se produce, va tomando lugar en tanto se libidiniza, en tanto se inviste emocionalmente. Esto no está muy lejos del concepto de transferencia acuñado por Freud, en el que el lazo que se construye por medio del psicoanálisis detona afectos teñidos de amor y odio, formas anteriores de relacionarse que se repiten en acto por medio del analista.5 Según observó Freud, los síntomas de los analizantes desaparecen en la medida en que se produce la transferencia, un efecto que le hizo pensar que la cura no implicaba la eliminación de los síntomas, sino la función del lazo transferencial como una patología artificial, una neurosis de transferencia.6 Las frustraciones que detonan los síntomas se repiten en el espacio analítico como si fuera un escena novelada. Nos apoyamos de la transferencia para recrear estos escenarios e intervenir sobre ellos. El supuesto es que en la medida en la que uno se hace consciente de la trama que repite, no es necesario volverla a vivir, e incluso se pueden inventar nuevas. En este sentido, el consultorio es una maqueta que se transforma de acuerdo a la trama transferencial, es una zona que se sintomatiza al igual que el cuerpo.

Discutiendo esto, unos colegas me han comentado que el consultorio es una especie de corte de lo cotidiano, un territorio en donde se permite extremar la manera que el paciente tiene de concebir al mundo y transformarlo desde este delirio. Si el consultorio sólo es un territorio que sirve para montar un nuevo espacio por medio de la transferencia, ¿la digitalidad no es igualmente funcional para estos fines? Probablemente lo sería, de asegurar la privacidad que esto requiere en nuestros hogares.

Falta tiempo para ver los efectos que esta forma de llevar a cabo las sesiones tendrán en cada analizante. Sin embargo, de lo que no cabe duda es que es preciso mantener el lazo transferencial con las herramientas que se tengan. Ahora que poco a poco habremos de regresar a los consultorios he pensado que será importante realmente ver a las personas que se analizan conmigo sin llegar rápidamente al diván. Ver cuánto ha crecido el cabello; observar esos pequeños detalles que la digitalidad no tiene. Creo que será importante volver a preguntar por lo que ha pasado, porque la pandemia ha detonado mucha angustia. Lo innombrable de la muerte se impone, no podemos eludirlo. No sólo por lo que pueda representar el virus, sino porque el aislamiento puede ser un momento para encontrarse consigo mismo, lo que puede generar reflexiones profundas que lleven a transformaciones contundentes.

Es preciso escuchar las formas en que cada analizante le da cuerpo a este evento, de qué manera los conmueve, qué preguntas les genera. El psicoanálisis no puede evitar que se desaten locuras o decisiones impulsivas, pero sí acompañarlas mediante las palabras. Y nombrar a esto tan real y pulsional que estamos viviendo es imperativo. Por lo tanto, sin aras de heroísmo o de salvación, invito a quienes se dedican a la salud mental a que mantengan sus consultorios abiertos, ahora y después de la pandemia, a pesar de las dificultades que depare lo digital. Tal como es una responsabilidad quedarse en casa en la medida de lo posible, también lo es acompañarse. En fin, la primera actividad esencial es la salud, también debería ser la salud mental.

 

 

Diego Safa Valenzuela
Practicante del psicoanálisis. Maestrando por el Colegio de Saberes y por la Universidad de Buenos Aires. Docente en Dimensión Psicoanalítica.


1 Leonard Leibson, La máquina imperfecta: Ensayos del cuerpo en psicoanálisis Buenos Aires, Letra Viva, 2018.

2 Jacques Lacan, El tiempo lógico y el aserto de certidumbre anticipada. Un nuevo sofisma. En Escritos. México, Siglo XXI, 2009.

3 Se puede profundizar sobre este tema en los textos de Porvenir de una ilusión  y El malestar en la cultura de Freud, o bien, mediante el concepto no-hay-relación-sexual que Lacan empieza a trabajar desde el seminario de 1967 titulado La lógica del fantasma, y que continuará presente a lo largo de su enseñanza.

4 Jacques Ranciere, El inconsciente estético, Buenos Aires, Del Estante, 2006.

5 Sigmund Freud, “Recordar, repetir y reelaborar (Nuevos consejos sobre la técnica del psicoanálisis, II)”, Obras completas, Buenos Aires, Amorrortu, 2005.

6 Sigmund Freud, “Cinco conferencias sobre psicoanálisis”, Obras completas, Buenos Aires, Amorrortu, 2003.

7 Aunque es preciso pensar con detenimiento las maneras singulares de las personas que han vivido el aislamiento de forma acompañadas, ya sea por amistades, sus parejas o con sus familiares. Detenerse también a reflexionar fenómenos como la violencia doméstica u otros fenómenos que son sumamente importantes durante este tiempo.

 

 

 

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