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Qué gran año

Celebrando un año del triunfo electoral que dio pie a la renovación moral de la república.

Un año después de aquel domingo redentor, podemos celebrar con júbilo la prometida renovación moral de nuestra república. Sospecho que ni los más fervientes apologistas de López Obrador creyeron que México regresaría a su original Edén en apenas doce meses –y es un decir, pues la pureza del corazón colectivo comenzó a reavivarse apenas obtenida la victoria.

Como crítico, me equivoqué: no por dudar de la probidad moral del presidente –quien, aunque ávido de poder, no roba– sino de la bondad y sabiduría del pueblo bueno y sabio, tildado injustamente de bárbaro y salvaje solo porque había muchos descabezados y colgados y desaparecidos. Sería mezquino no reconocer la gran capacidad para la autorreflexión que el grueso social ha mostrado, da igual si se le atribuye al ejemplo de un solo hombre, como es el caso, o a los formidables depósitos de moralidad que simplemente yacían latentes y han despertado, como también lo es.

De ahí que naturalmente se hayan acabado el hurto y la corrupción. Qué va: eso fue rápido. Tomó más tiempo convencer a los criminales de no extorsionar, no violar, no traficar, no secuestrar y no matar. Pero se logró. Era cosa de pedírselos por las buenas. Los más asombrados han sido sin duda los filósofos de los países avanzados –México ahora incluido–, pues finalmente se concedió a Rousseau la razón: el hombre es bueno por naturaleza, solo requiere un buen jefe de tribu que lo encauce. Al diablo las instituciones.

En ello, la moderación de la clase política es peculiar. No es que ya no robe (eso a nadie le consta), es que dice que ya no roba. Y como hemos alcanzado ese idílico estado kantiano en que la mentira es innecesaria, también es innecesario verificarla. Se podría definir como la era de la postmentira.

Ha de sentir especial satisfacción esa clase política, pero solo es una conjetura: cómo saberlo ante semejante humildad y sencillez –semblante ya de todo el gabinete, lo mismo en turismo y cultura que en función pública y desarrollo social (nombre de cuyo secretario no recuerdo, merced a tan impecable antiprotagonismo). Y lo que más admiro es la modestia de los propagandistas del régimen, ahora mejor llamados profetas.

Así, no es fortuito que seamos pioneros de un nuevo modelo global: el republicanismo amoroso. En ese sentido, acaso el mayor logro –agradecido por todo el mundo– fue amansar, apaciguar y hasta dulcificar al otrora masiosare extraño enemigo Donald Trump, quien se volvió muy buena onda tan pronto leyó el libro Oye, Trump de nuestro presidente.

Tampoco sorprende el avanzado estado de nuestra democracia. Contra todo pronóstico, el mundo aplaude nuestros procedimientos, la forma más plebiscitaria y directa posible: el voto a mano alzada. Cómo este modelo ha sido legal y organizacionalmente posible sin destruir el pluralismo –al contrario, mejorándolo sustancialmente– desafía todas las nociones básicas de la historia y la ciencia política.

En fin, qué gran año. Jamás pensé que el nuevo régimen desmintiera con tal contundencia las advertencias, y mucho menos tan rápido. Cuántas han quedado –una a una– desbaratadas, igualito que los ánimos veleidosos de sus cínicos y exagerados publicistas, como yo. Fui incrédulo y pesimista, sí, pero no me siento culpable: escuchar los precedentes de la demagogia y el populismo es lo que hubiera hecho cualquier votante racional, sobre todo desde que López Obrador se disfrazó de “presidente legítimo” en 2006 en un espectacular y delirante acto de megalomanía. Pero me da gusto haberme equivocado. Por México, claro: lo personal es vanidad.

Pablo Majluf: es periodista, profesor en el ITESM y autor del libro ¡Cállate, chachalaca! Los enemigos del debate en México (Colofón, 2017)

 

 

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