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Ricardo Bada: Hace diez años

El jueves de la semana en curso, así pues el 25, se cumplirán 10 años de que publicase en estas mismas páginas una columna titulada “Los cronopios existieron”. La desempolvo porque un accidente inesperado me tiene fuera de combate y sin fuerzas para escribir algo nuevo. De todos modos, como parto de la base que los lectores de mi columna y los de este blog son dos públicos distintos, para ustedes sí será algo nuevo. Sólo añadir que, lamentablemente, Aurora murió un par de años después, el 8.11.2014, en París. El 10.6.2012 la visitamos en su piso que era como un santuario cortazariano, y almorzamos luego juntos en un restaurante chiquito de su barrio, del que era clienta asidua. Sin saberlo, esa fue nuestra despedida. De una gran mujer inolvidable, una cronopia nata.

Y este es el texto de mi columna del 25.11.2011, con dedicatoria actual:

Los cronopios existieron

A Carles Álvarez Garriga

 

Hace poco la revista Nature dio cuenta del descubrimiento en Argentina del fósil de un mamífero tipo ardilla, con dientes como sables, al que su descubridor, Guillermo W. Rougier, bautizó Cronopio dentiacutus. ¡Lo feliz que estaría Julio Cortázar con esa taxonomía suya en el mundo de la Ciencia!

Son pocos los escritores que han dejado su huella en el mundo de los descubrimientos científicos. Uno de ellos, Goethe. Los mineralogistas bautizaron con el nombre de goethita un óxido de hierro que al soplete se funde sólo en los bordes. Es casi una metáfora de la obra del genio de Weimarpor mucho fuego crítico que se aplique a su superficie, el centro es refractario al incendio exterior, y es porque se alimenta –o se consume– como el sol, de su propia combustión.

Hay además una cumbre montañosa Guimarães Rosa, en la frontera Brasil/Venezuela, y creo que hay algo más, no recuerdo qué, pero en cualquier caso son nombres de autores, no de sus criaturas. La Pimpinela Escarlata se llamó así por la flor, que existía antes que el personaje. De tal modo que el cronopio sería, casi con toda certeza, el primer ser literario que sirve de padrino a un logro de la Ciencia.

Sea como fuere, Aurora Bernárdez, viuda de Cortázar, celebró la ocurrencia del profesor Rougier y su equipo en la Universidad de Louisville/Kentucky, y le escribió esto que me autorizó expresamente a copiar para los lectores de mi columna: «Querido Guillermo: Leo en Página 12 que han encontrado en Río Negro el fósil ¡de 95 millones de años! de un simpático mamífero al que han bautizado, por iniciativa suya, Cronopio dentiacutus. Julio, que amaba las ardillas, estaría muy contento con la noticia. Yo, tan contenta como Julio, lamento no haber estado presente en la ceremonia del bautismo para distribuir bolsitas de piñones, que tanto les gustan a las ardillas de hoy. Aurora Bernárdez».

Y el profesor Rougier contestó con otro email que asimismo me fue autorizado reproducir literalmente aquí: «Estimada Aurora: Su mensaje nos llena de alegría, muchas gracias por ello. Saber que Julio se hubiese puesto contento por lo que hemos hecho es una recompensa que no esperábamos. Darle una alegría a él, o a su memoria, es la única forma que tenemos de demostrar nuestra gratitud hacia quien ha contribuido con sus palabras en forma tan desproporcionada a la belleza de este mundo».

Qué quieren que les diga. Más allá de la anécdota, a mí me conmueve de profundis el saber que hay científicos que leen literatura y tienen sus amores bien definidos. Estoy realmente anheloso de que un paleontólogo colombiano descubra el fósil de algún diplodoco de la era jurásica y lo bautice como Aracatacaurio macondensis.

 

 

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