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Ricardo Bada: La batalla de Salamina

Un narrador bien informado relata a continuación los detalles de lo sucedido el 28 de septiembre del año 480 a. C., día de la colosal batalla de Salamina.

 


Ustedes no estuvieron allá, hace 2500 años: yo sí. Por eso les cuento.

Hay batallas que se han engrandecido más de lo que fueron, gracias a circunstancias tangenciales. La de Maratón, sin ir más lejos, es harto más famosa por una disciplina olímpica que lleva su nombre, que por ella misma. Y la de las Termópilas devino inmortal por la lacónica y lapidaria respuesta de Leónidas a la medrosa observación de uno de sus soldados lacedemonios, de que las flechas de los persas (o medos, como se llamaban entonces) eran tantas que oscurecían el sol: “Mejor —le replicó Leónidas—, así combatiremos a la sombra”. Pero a todas ellas les gana la batalla de Salamina, por las consecuencias que tuvo, y que fueron duraderas.

Y tan duraderas: habrían de pasar 1191 años antes de que en la primavera del 711 se produjese la invasión de Europa al otro extremo del Mare Nostrum, saltando los árabes del norte de África de la una a la otra columna de Hércules hasta caer en la península ibérica, y dando lugar a algo que a lo largo de ocho siglos terminó siendo una guerra civil entre españoles cristianos y españoles musulmanes. La guerra civil es una tradición española que alcanzó hasta mediados el siglo XX de vuestra era.

Y habrían de pasar nada menos que 1933 años antes de que la Sublime Puerta, el Imperio otomano, se apoderase el 29.6.1453 de Constantinopla y pusiera fin al Imperio bizantino, mientras los notables de la ciudad sofisticaban en serio acerca del sexo de los ángeles. Un escriba de allende los mares, Álvaro Mutis de nombre, solía decir que la caída de Bizancio era el acontecimiento histórico que más lo había conmovido. Y otro de aquende los mares, un polígrafo judío nacido en Austria, Stefan Zweig, le dedicó hermosas páginas a esa caída en un libro fascinante titulado Horas [que no Momentosestelares de la Humanidad.

Tampoco le faltaron panegiristas a Salamina en tiempos a ella casi contemporáneos. El viejo Heródoto, muy en su estilo, describió la batalla con pelos y señales, con cifras al parecer verificables, muy en el estilo con que relataría siglos más adelante el español Galdós otra batalla naval decisiva, en su episodio nacional Trafalgar.

Ilustración: Estelí Meza

 

[A título personal deseo añadir que entre los historiadores helénicos más que a don Heródoto prefiero a don Tucídides, en cuya Guerra del Peloponeso el capítulo del Libro II que se ocupa de la peste en Atenas puede leerse mismamente como si hubiese sido escrito a la vista de la pandemia que padecemos desde diciembre del pasado año. Pero no me embarcaré en una polémica sobre el tema].

Uno de los grandes militares del siglo XX, el Mariscal Montgomery, vizconde de El Alamein, en su monumental y documentadísima A History of Warfare [Historia del arte de la guerra], nos cuenta cómo los persas atravesaron el Helesponto, que hoy se conoce como estrecho de los Dardanelos, por un puente de pontones construido por el ingeniero ateniense Harpalos, al servicio de la corte meda. El emperador de los medos, Jerjes, sucesor de Darío y a quien la Biblia menciona como Asuero, pudo pasar así a las tierras de la Tracia en la primavera del 480 a. C., yendo al frente de un ejército de 160 000 soldados, 1700 buques de guerra y 3000 barcos de carga. Tras atravesar la Tracia, avasallaron la Macedonia, y al llegar a la Tesalia se les abrió el camino al Ática.

En una asamblea panhelénica, bajo la dirección de Esparta, se decidió plantar batalla a la supremacía persa en el paso de las Termópilas, donde 7000 hombres al mando de Leónidas opusieron una resistencia heroica, que se quebró al tercer día a causa de la traición de un desertor. No puedo evitar un guiño cómplice al leer que Montgomery, uno de cuyos apodos era “el general espartano”, cuenta con emoción contenida que en 1933 visitó aquel campo de batalla y leyó esa escueta estela donde se ruega: «Caminante, si vas a Esparta, di a los espartanos que aquí yacemos por obedecer la ley». «La ley de Esparta —comenta Montgomery— era ‘Victoria o muerte’».

Teniendo vía franca en las Termópilas, la maquinaria bélica persa avanzó imparable hasta Atenas y la suerte parecía estar echada.

Así las cosas, tan sólo la flota podía salvar a Grecia. También aquí la superioridad numérica de los persas era abrumadora, pero los griegos eran mejores navegantes, amén de saber maniobrar en unas aguas que conocían al dedillo, lo que no era el caso de la flota persa, y disponían de un arma poderosa, los trirremes, que con sus espolones partían en dos las naves del enemigo. De adehala contaban además con un estratega de primer orden, el gran Temístocles, quien decidió plantear una naumaquia no como espectáculo sino real en aguas de Salamina, a la entrada del golfo de Eleusis.

Astuto como buen ateniense, Temístocles hizo llegar a Jerjes el 22 de septiembre del 480 a. C. un mensaje en donde “confesaba” que los griegos estaban tan atemorizados que sólo pensaban en huir, por lo que su derrota era segura. Y Jerjes cayó en la trampa. Durante la noche sus buques bloquearon las dos entradas al golfo y tropas persas ocuparon la isla Psittalia, en el centro del canal oriental. Temístocles envió la escuadra corintia al canal occidental para que se las midiera con la escuadra egipcia de los persas, y él alineó el resto de su Armada entre la ciudad de Salamina e Iraclio, en la península del Ática.

Los persas iniciaron la batalla queriendo penetrar por el canal oriental, cosa difícil de a deveras porque la isla Psittalia, en el centro, reducía la libertad de movimientos y la escuadra ateniense a la izquierda y la espartana en el flanco derecho atacaron con sus trirremes de manera rasante y lateral, para dejar sin remeros a los buques persas, y en estos, incapaces de maniobrar, cundió el desorden. Tras siete u ocho horas de una lucha encarnizada, quedó claro que los griegos habían vencido. El cálculo de las pérdidas por ambas partes difiere según las fuentes, pero en todo caso a Persia se le acabaron las ganas de dominar la Hélade, sobre todo menos de un año más tarde, tras la batalla campal de Platea, donde también las armas griegas se impusieron a las persas.

Por cierto que Jerjes tan convencido andaba de la victoria en Salamina que hizo construir una especie de trono en una altura desde la cual se dominaba todo el escenario bélico y desde donde asistió a la humillante derrota de su escuadra. Varios siglos después, un aristócrata británico, de nombre Lord Byron, que combatía su spleen tan inglés componiendo versos y organizando un regimiento, pagado de su bolsillo, para acudir a pelear por la independencia de Atenas contra el yugo turco, casi sólo para morir no lejos de Salamina, en Missolonghi, a los 36 años de su edad, le dedicó una breve elegía al trono de Jerjes y la derrota de Salamina en su poema narrativo Don Juan, inspirado por la figura del burlador de Sevilla:

A king sate on the rocky brow
Which looks o’er sea-born Salamis;
And ships, by thousands, lay below,
And men in nations;—all were his!
He counted them at break of day—
And when the sun set where were they?

[Un rey sentado en un acantilado rocoso
que contempla Salamina nacida del mar
y miles de barcos bajo sus pies,
gentes y ejércitos todos suyos,
así él los contaba al clarear el día,
¿y dónde quedaron ya puesto el sol?]

¡Oh Salamina egregia, madre de las batallas navales! Haciendo cuentas históricas y sin incurrir en disparatados futuribles, cabe afirmar que esa victoria salvó la cultura occidental tal y como la conocen hoy los millones de habitantes de la Europa, y no sólo ellos sino también quienes descienden de los europeos en las tierras de América y Oceanía. A 2500 años de su gesta ¡loor eterno a Temístocles y sus marinos!

Doy fe. Firmado y rubricado: Cronos, amanuense de Clío, musa de la Historia.

 

 

Ricardo Bada
Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.

 

 

 

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