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Ricardo Villasmil B. : La Estrategia del Conflicto

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Entender el conflicto como una negociación hace que la estrategia no consista en la aplicación eficiente de la fuerza (como sucedería en una guerra de exterminio), sino en la explotación de la fuerza potencial, e implica que existe un menú de acciones potencialmente más importantes e interesantes que el conflicto mismo, como disuadir, fragmentar el conflicto para labrar una reputación, fingir demencia, eliminar opciones de salida y establecer las reglas del juego de un eventual enfrentamiento, entre otras.

Decisiones como la de Hernán Cortés de quemar sus propias naves luego de atracar en Veracruz o la de John F. Kennedy de hacer públicas sus advertencias a Kruschev durante el bloqueo a Cuba dejan de ser paradójicas y autodestructivas, en virtud de su efecto disuasivo sobre las partes en conflicto. La misma lógica aplica a doctrinas aparentemente contradictorias, como aquella de George Washington según la cual prepararse para la guerra es la mejor forma de preservar la paz o la de Hugo Chávez, cuando definía a la Revolución Bolivariana como “pacífica pero armada”.

Existen dos categorías contrapuestas que agrupan las distintas visiones en torno al conflicto en las relaciones humanas. Hay una que entiende el conflicto como si se tratara de una enfermedad que debe y puede ser erradicada a través de una adecuada socialización, inculcando valores y hábitos que establezcan confianza, buena fe y respeto mutuo por distintas vías como la formación religiosa, la educación y el ejemplo. Y hay otra categoría que asume el conflicto como algo inherente a la condición humana y a la vida misma, para luego resaltar la imperiosa necesidad de estudiarlo y entender las circunstancias e incentivos de las partes en conflicto con el objeto de influir sobre sus conductas y obtener el mejor resultado posible. Es esa segunda visión la que define el campo de estudio de la Estrategia del Conflicto.

La teoría detrás de la Estrategia del Conflicto propuesta, entre otros, por Thomas Schelling [1] y estimulada por la interesante pero aterradora dinámica de la Guerra Fría, comienza por suponer que las partes en conflicto se comportan de manera racional. Es decir: que las partes en conflicto son movidas en todo momento por un cálculo de beneficios basado en un sistema de valores explícito e internamente consistente. Supone, en otras palabras, que los jugadores no son unos locos y que optarán siempre por el mejor resultado a su alcance, siempre en virtud de sus preferencias.

No impone, sin embargo, ningún requisito sobre la calidad ética o moral de las preferencias.

Schelling acota que los conflictos con intereses completamente contrarios (como las guerras de exterminio) representan casos resaltantes pero extremos y excepcionales. En la práctica, la inmensa mayoría son mutuamente dependientes y contrarios a la vez, como ocurre cuando en una pareja él prefiere ir al cine y ella al teatro. Esta acotación es crucial, ya que convierte a los conflictos en negociaciones, en juegos de suma variable donde ganar no está definido por lo que nuestro adversario pierde, sino por nuestro sistema de valores.

Entonces la disuasión se entiende como la capacidad que tiene una de las partes en conflicto de influir sobre las acciones de la otra, moldeando sus expectativas en torno a nuestra propia actuación. Nuestra capacidad para disuadir depende de nuestra credibilidad, la cual determina la enorme diferencia que en el léxico de la Estrategia del Conflicto existe entre dos aparentes sinónimos: amenaza (no es creíble) y advertencia (es creíble). Por ejemplo: que una madre le diga a su hijo que si resulta aplazado en sus estudios lo va a botar de la casa es, en principio una amenaza, pero que se transforma en advertencia si resulta que ya la cumplió con sus hermanos mayores.

El efecto disuasivo implícito en la advertencia y ausente en la amenaza explica la importancia crucial que se le da en muchos grupos (el ejército, la policía, las bandas criminales y hasta en los equipos deportivos) a un conjunto de reglas tácitas de conducta y a establecer (y hacer pública y notoria) una reputación por cumplirlas de manera implacable dentro y fuera de la organización.

En efecto, Dixit y Nalebuff [2]colocan a la reputación de primera en su lista de ocho principios para lograr compromisos creíbles:

1. Establezca y haga uso de su reputación.
2. Escriba contratos.
3. Rompa la comunicación.
4. Queme puentes detrás de usted.
5. Deje el resultado al azar.
6. Fragmente el conflicto y muévase en pasos pequeños.
7. Desarrolle credibilidad a través del trabajo en equipo.
8. Utilice agentes de negociación con mandato claro.

La lógica subyacente es fácil de apreciar: convertir amenazas en advertencias.

El conflicto político venezolano

El diagrama a continuación caracteriza de manera simplificada el conflicto político venezolano. Dos participantes, G (Gobierno) y O (Oposición) interactúan en un juego estratégico. G juega primero y decide entre respetar las normas democráticas (nd) o transgredirlas (t). A O le corresponde jugar después y optar entre aceptar la decisión del gobierno (a) o rebelarse (r). Los premios para cada caso están expresados entre paréntesis: el primero representa el premio para el gobierno (G) y el segundo el premio para la oposición (O). Los valores de cada premio no son relevantes en términos cardinales sino ordinales: son relevantes sólo en términos relativos a los que obtendría el jugador si opta por una movida distinta.

Resolviendo el juego en sentido inverso: G se percata de que su mejor estrategia es transgredir las normas democráticas, dado que cuando le toque jugar la mejor movida para O será a(aceptar). La estructura del juego, la matriz de premios y el supuesto de racionalidad determinan que cualquier anuncio de O de rebelarse si G opta por transgredir será inútil. Y la única salida que tiene O para salir de esta trampa es convertir su amenaza en advertencia a través de un cambio en la estructura del juego o en la matriz de pagos.

El Conflicto Político Venezolano

Premios
Gobierno (G) 1 5 3 0
Oposición (O) 5 -5 0 -3
LeyendaGobierno (G); Oposición (O); Normas democráticas (nd); Transgredirlas (t); Aceptarlas (a); Rebeldía (r)
 

Fuente:Datos del gráfico: Cálculos propios

1. La estructura del juego: G juega primero y O después. Dada la matriz de premios, a O le interesaría comprometerse con rebelarse si G transgrede, pero ambos jugadores saben que esta promesa no es creíble y que cuando le toque jugar, éste se va a retractar. La decisión de Hernán Cortés de quemar las naves fue una solución a este problema, ya que luego de hacerlo la posibilidad de retractarse deja de ser una opción.

2. La matriz de pagos: las percepciones que tienen G y O de la valoración relativa que para cada uno tienen los posibles resultados del juego. Éstas son el resultado de lo aprendido a lo largo de una historia de interacciones que los han llevado a conocerse a sí mismos y a su oponente. A lo largo del tiempo, G ha construido con acciones una reputación de ser arriesgado, implacable y poco apegado a principios morales o legales propios de la vida democrática. Ha fragmentado el juego para construir una reputación, ha roto y reanudado la comunicación con astucia y ha utilizado agentes de negociación con instrucciones claras. Ha seguido de manera consistente las recomendaciones de Dixit y Nalebuff, quizás de manera intuitiva, de la misma manera como un jugador de billar domina el juego sin saber de geometría ni de física. O tal vez los hemos subestimado al punto de no poder concebir que piensen y actúen de manera estratégica.

La Oposición, por su parte, no ha demostrado actuar movida por consideraciones estratégicas sino de manera errática, incluso algunas veces por impulsos emocionales, otras por principios morales o legales y otras más por el trauma causado en sus intentos fallidos de rebeldía. Desde hace un tiempo pareciera estar dominada por el principio errado de que valorar la paz equivale a no estar dispuestos a asumir los costos de un conflicto (se define públicamente una y otra vez como irrestrictamente pacífica, electoral, constitucional y democrática) y condena moralmente a quienes sugieren la necesidad de asumirlos. Tiene un largo historial de aceptar transgresiones impunes (vejaciones, golpizas, arrebatos de victorias electorales) para luego sacar como consuelo una suerte de superioridad moral alrededor de la idea de que los transgresores y los violentos son sus contrarios, algo como el infantil “tramposería sale”. Así las cosas, no puede sorprendernos que el gobierno opte por transgredir.

Sin embargo, el juego no ha terminado. Todavía estamos a tiempo de pensar y actuar de manera estratégica, con el objetivo de transformar nuestras amenazas en advertencias. Humillada luego de verse repetidamente burlada por Hitler, Gran Bretaña dejó atrás el “apaciguamiento” de Chamberlain por el “sangre, sudor y lágrimas” de Churchill. Y, al final, resultó victoriosa.

En Venezuela el juego no ha terminado, pero para ganarlo, lo primero que hay que hacer es jugar como se debe.

[1] Shelling, Thomas (1960).The Strategy of Conflict.Harvard University Press.
[2]Dixit, Avinash y Barry Nalebuff (1993). Thinking Strategically: The Competitive Edge In Business Politics And Everyday Life. WW Norton.
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