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Rod Carew llegó en tren

“Tenía siete posturas distintas  en el home”. Así comenzó Rod Carew su explicación. Rubén Mijares le había pedido una demostración de su mecánica de bateo. El panameño estaba en el entrenamiento de primavera de 1999, en Arizona, como coach invitado de los Angelinos. Cuando vio a Rubén se acercó, eran viejos amigos, de los días en los que Carew jugó con los Tigres de Aragua. Dio una clínica magistral y amena, combinando la explicación de cada postura con una anécdota de algún imparable.

La manera de pararse en el plato tenía una función psicológica. Explicaba que cada posición buscaba provocar un pitcheo. Era un estudioso de todo el contexto. En esa entrevista recordaron un episodio que describe la habilidad de Carew para dirigir la pelota. El catcher le anunció un pitcheo: “recta de 97 millas por hora”, y él le respondió “línea por encima de segunda”, justo antes de despachar un imparable hacia el jardín derecho.

Rod Carew forma parte de la lista de los bateadores más brillantes de la toda historia del béisbol. Desde su primer año en las Grandes Ligas en 1967, exhibió sus dotes con el madero, sus habilidades para ajustarse en fracciones de segundo y dar un buen batazo. Fue elegido Novato del Año en la Liga Americana con diecinueve de veinte votos al primer lugar.

La historia de Rod Carew es extraordinaria desde el día de su nacimiento, el primero de octubre de 1945.

Vino al mundo a bordo de un tren, el “Span”, de la “Panamá Railroad Company”, que iba de Colón a Ciudad de Panamá. A Olga, su mamá, no le dio tiempo de llegar al Hospital Gorgas y el parto ocurrió en el tren, en un lugar llamado Caimito. Por fortuna para ella y el bebé, pudo ser asistida por una enfermera llamada Margaret Ann y el doctor Rodney Cline. Ambos serían determinantes en su vida. Olga eligió a Margaret como madrina del pequeño, a quien decidió bautizar con el mismo nombre del médico: Rodney Cline Carew.

Creció frente al Canal de Panamá, contando los barcos con sus amigos, para luego irse a una partida o a batear pelotas de tenis con un palo de escoba. La pelota callejera de Gatún fue su gran academia. Se dedicó al béisbol, le gustaba tanto que ni la fiebre reumática que lo aquejó por un tiempo hizo que se alejara del juego. No fue fácil su niñez, hijo de un padre severo, en los tiempos en los que se creía que para educar había que azotar a los muchachos. Los detalles de su infancia me los contó Rubén más tarde. La de Rod Carew es una historia de superación y tenacidad.

A los quince años, su mamá, Olga, se lo llevó a Nueva York. Allí vivieron en la casa de su madrina, la enfermera Margaret Ann, quien le insistió que debía terminar el bachillerato. Se graduó en la secundaria George Washington, y al poco tiempo firmó con los Mellizos de Minnesota, en 1964.

Carew ganó tantos títulos de bateo como tuvo maneras de pararse en el plato, siete coronas en diecinueve temporadas en las que dejó promedio vitalicio de .328, además de otras hazañas: robó el home diecisiete veces, fue invitado a dieciocho juegos de estrellas, y pertenece al club de los tres mil, con tres mil cincuenta y tres hits exactamente. Además ganó el premio al Jugador Más Valioso en 1977 cuando bateó un astronómico .388. Completa su vitrina un trofeo “Roberto Clemente”, por su trabajo benéfico.

Rod Carew es el único bateador de los veinticinco que tuvieron al menos setenta y cinco turnos contra Nolan Ryan, que le bateó .300. El único. Eso nos da una idea de la clase de bateador a la que pertenecía.

Según Carlton Fisk,  “Carew no tenía ninguna debilidad como bateador, lo que le lanzaran podía manejarlo”. Jugaba béisbol caribe, le gustaba tocar la bola para embasarse. El 18 de mayo de 1969, Rod Carew y César Tovar se robaron el home para anotar las únicas carreras de los Mellizos en una derrota 8×2 ante los Tigres de Detroit. El panameño estafó tres almohadillas ese día.

Su número «29» está retirado por los Mellizos y por los Angelinos. Desde 1991 está en el Salón de la Fama de Cooperstown, la leyenda de su placa en la galería de los inmortales dice: «Héroe de Panamá».

En Venezuela jugó con los Tigres de Aragua, en la inolvidable temporada en la que terminaron campeones, con Rod Carew en el rol de manager y jugador. Aquellos Tigres de David Concepción, Teolindo Acosta, César Gutiérrez, Roberto Muñoz, Carew fue líder bate con average de .355. Fue el equipo campeón de la campaña 1971-1972.  Regresó en la temporada 1972-1973 y dejó promedio de .315, había sido líder bate de la Liga Americana con .318. Jugó en Venezuela siendo una estrella, eran los días en los que las estrellas de las Mayores jugaban pelota en el Caribe, donde ganaban buenos salarios.

Semanas atrás, antes de que se suspendieran los entrenamientos de primavera, estaba en el campo de los Mellizos, enseñando a los nuevos talentos. Disfruta estar en el terreno, uniformado y activo.

En 2017, Carew protagonizó una historia que nos reafirma lo importante de convertirse en donante de órganos. A los setenta y un años de edad, luego de dos años muy difíciles para él, por problemas cardíacos, salió airoso de una operación de trasplante. En su pecho late el corazón del jugador de la NFL, Konrad Reuland, quien murió por la ruptura de una aneurisma cerebral, unos meses después de haberse registrado como donante de sus órganos. También recibió uno de sus riñones.

Para Rod Carew ese trasplante significa la vida y más, fue la primera vez que se dio un trasplante entre dos deportistas y un detalle que destacó la primera vez que conversó sobre el tema, acompañado de los padres de Reuland: »Soy un hombre negro, con el corazón de una persona de la raza blanca, al final, ante los ojos de Dios, todos somos iguales».

Rod Carew, el inmortal que nació en un tren.

 

 

 

 

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