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Rumbo al 2021

Aunque faltan varios meses para las elecciones intermedias en las que se renovará la Cámara de Diputados, la situación actual permite vislumbrar que los resultados serán similares a los de 2018.

Críticos, disidentes y opositores resaltan el hecho de que en los últimos meses la mayoría de las encuestas registran una baja en la popularidad y el respaldo ciudadano a López Obrador, lo cual tiene más que ver con el incremento en la inseguridad que con cualquier otro tema. Pero dicho bloque disidente (no digo opositor, para no limitarlo a los partidos formales) también sabe que la baja en el respaldo presidencial no implica que disponga de menos poder (a menos que dicho descenso fuera dramático, que no es el caso).

Lo que importa entonces, es si esa baja se verá reflejada en los resultados de las elecciones de 2021. Si bien en ese año se disputarán catorce gubernaturas (muchas de las cuales podría ganar Morena), la joya de la corona será la Cámara de Diputados.  La pregunta clave es si Morena perderá la mayoría que obtuvo en 2018 o la mantendrá esencialmente. La apuesta disidente es que la pierda, y con ello se restablezca un fuerte contrapeso al poder presidencial. ¿Qué probabilidades hay de que eso ocurra? Muy pocas, me parece (esperaría equivocarme). Y eso por las siguientes razones.

  1. Los seguidores duros de AMLO tienden a ver las cosas como se las presenta él, sin mayor crítica, duda o verificación. Se acabó la corrupción, tenemos verdadera democracia, vamos bien económicamente, hubo un punto de inflexión en materia de seguridad, se acabó el huachicol y la corrupción, hay mejor distribución del ingreso. Ese voto duro (que muchos encuestadores calculan en 40%) y que constituye un piso sólido, no modificaría su voto ni bajo amenaza de muerte.
  2. El votante moderado, que sí cuestiona y revisa datos, es el que tiende a abandonarlo ante los fracasos del gobierno. Pero aún en ese segmento, que creyó y apostó por una deseable redención de México, cuesta trabajo abandonar la esperanza y admitir que de nuevo se fueron con una finta discursiva. Por ello, la tendencia será ampliar el tiempo de gracia del nuevo gobierno, preservar el beneficio de la duda y esperar a que las cosas mejoren. Es probable que esa reticencia a declararse derrotados y engañados permita que el periodo de ampliación de la esperanza se extienda hasta 2021, cuando se volverá a votar por Morena. Quizá solo un desastre en los resultados de gobierno permitiría que esto suceda de otra forma.
  3. Quienes sí se hayan decepcionado y abandonado la esperanza para entonces no necesariamente votarán por la oposición. Si se llegó a votar por AMLO en 2018 fue por la decepción y el hartazgo (más que justificados) con el PRI y el PAN. Que no se quiera refrendar el voto para Morena no implica que se devuelva el voto al odiado PRIAN. La abstención podría ser una opción para varios de estos ciudadanos. La mayor abstención que prevalece en comicios intermedios probablemente se nutra principalmente de obradoristas decepcionados. Esto no afectaría a Morena.
  4. Y en ello ayuda el gran desprestigio, división, confrontación interna y externa de los partidos de oposición, que por lo visto tardarán en lograr acciones concertadas y unificadas para enfrentar al tsunami obradorista. Además, no destaca ninguna figura opositora con fuerza y credibilidad que logre aglutinar y organizar un movimiento de esa naturaleza. Al menos, no para 2021. Y veremos si para 2024.
  5. Los programas sociales tienen características clientelares, tal y como lo explicó el propio López Obrador cuando era opositor y criticaba tales programas del PRI. Ahora le toca que ese esquema lo beneficie a él y a su partido, lo que puede aportar un buen número de votantes, que podrán compensar de sobra los que pierda por ciudadanos decepcionados. Se calcula que 22 millones de ciudadanos serán beneficiados por tales programas.
  6. Finalmente, pero por encima quizá de todo lo anterior, la legislación electoral permite una sobrerrepresentación de hasta 8% por partido, lo que beneficia a los partidos mayores. En 2018, un 56% de electores votó para que AMLO no tuviera mayoría parlamentaria, frente al 44% que sí lo deseaba. ¿Por qué se impuso la voluntad de la minoría, cuando en democracia se supone que prevalece la de la mayoría? Por la sobrerrepresentación, que le dio a la coalición Juntos Haremos Historia un 18% de más, entre los tres partidos coaligados. Dicha cláusula, que fue criticada por el obradorismo desde la oposición, no será retirada ahora que le favorece. Y la oposición no hace mucho por retirarla, siendo que eso le favorecería. Además, en 2021 la coalición obradorista podría ampliarse, al contar, además del Verde, con alguno de los nuevos partidos de Elba Esther Gordillo. La sobrerrepresentación que de ello surja permitiría de nuevo obtener una mayoría absoluta o calificada pese a que la mayoría de electores vuelva a negarle dicha mayoría en las urnas, como ocurrió en 2018. Si la oposición lograra remover dicha cláusula, las probabilidades de un gobierno dividido y limitado crecerían exponencialmente. Pero se ve difícil que eso ocurra.

Todo lo anterior permite vislumbrar que en 2021 se repita el resultado de 2018 a favor del obradorismo. Si para entonces en el Senado se ha logrado cooptar o doblegar suficientes legisladores de oposición para lograr una mayoría calificada también ahí, este resultado le permitirá a AMLO hacer y deshacer todo lo que desee en la segunda mitad de su sexenio, incluyendo una nueva Constitución a modo, como lo ha sugerido de vez en vez. Reitero: espero equivocarme rotundamente en este ejercicio prospectivo.

 

 

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