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Sin miedo y sin reproche: la reforma del sector de hidrocarburos

El apego a los dogmas sobre la riqueza inagotable de Venezuela bloquean los cambios esenciales para el rescate de la industria. Es momento de cambiar

La fuerza de los planes existentes es siempre mayor que el impulso a cambiarlos

Barbara TuchmanLos cañones de agosto

En un libro ganador del Pulitzer de 1962, Los cañones de agosto, sobre cómo los primeros 30 días de batalla determinaron el curso de la Primera Guerra Mundial, la historiadora Barbara Tuchman cuenta una anécdota que podría pasar desapercibida en esas 477 páginas, pero que sirve para mostrar las consecuencias de aferrarse a dogmas sin que importen las consecuencias.

Justo antes del comienzo del conflicto, el general Adolphe Messimy golpeaba con furia su escritorio de ministro de la Guerra de Francia en su histórica sede en el Hôtel de Brienne, en el séptimo arrondissement de París. Messimy había sido derrotado, pero no en el campo de batalla. En 1912, los soldados franceses todavía usaban la casaca azul, el kepis y el pantalón rojo reglamentarios desde 1829, cuando los colores de los bandos debían ser muy visibles para que los identificaran fácilmente sus frères d’armes en las cargas cuerpo a cuerpo en medio de la humareda de pólvora negra. Pero cuando se acercaba la Primera Guerra Mundial, que estallaría en 1914, la tecnología bélica había cambiado: la nueva pólvora blanca ya no producía humo y las tácticas del siglo XIX habían perdido sentido ante el alcance de la artillería pesada, la precisión de los nuevos rifles y la transición de la caballería de sangre a los vehículos motorizados.

No convenía ya que los uniformes fueran coloridos, sino al contrario, y los demás países a punto de enfrentarse en las trincheras lo entendieron. Los británicos adoptaron el kaki después de la Guerra de los Boers y los alemanes reemplazaron el azul prusiano por el gris. Messimy propuso entonces cambiar el uniforme francés a gris-azul o verde-gris, pero cuando el asunto se discutió en la Asamblea Nacional un ex ministro de Guerra protestó:

—¿Eliminar el pantalón rojo? —gritó— ¡Nunca! ¡El pantalón rojo es Francia!

Frustrado, Messimy escribiría luego:

—Esa ciega e imbécil preferencia por el más visible de todos los colores tendrá crueles consecuencias.

El ministro de Guerra entendía que hay ciertas ideas que deben descartarse, por mucha tradición que tengan. Los hechos le darían la razón. 

Más allá de las fijaciones

Después del cambio político como condición necesaria y del cese de este error histórico que lleva dos décadas, el futuro inmediato de Venezuela como país va a depender de un largo proceso de reformas substanciales.

Estas reformas requieren un vasto rediseño en el marco legal e institucional del Estado, que también necesitarán implementarse rápido y con eficacia. Nuestro margen para el error será mínimo.

Para que este proceso sea posible los partidos políticos y la sociedad civil deben llegar a un consenso, entre ambos y dentro de ellos mismos. Pero la parte más difícil de este proceso será el cambio de mentalidad en cuanto a cómo nuestra sociedad se concibe a sí misma y a su relación con el Estado.

El gran punto aquí es que, en Venezuela, la concepción de lo que deben ser la sociedad y el Estado es, por decirlo de algún modo, muy dogmática. Se ha construido mediante relatos de hechos históricos seleccionados y manipulados por políticas populistas cortoplacistas y es el centro de un imaginario social, alimentado por líderes políticos que refieren los hechos históricos como hazañas sobrenaturales.

 

Esos relatos, al cabo de un tiempo, se han consolidado como creencias inamovibles que nos suponen un país rico, bendecido por los recursos naturales y una gran potencia, por mencionar solo algunos.

Es muy difícil cuestionar estos supuestos dado que la sociedad los ha absorbido y hecho parte de su identidad. Quien lo intenta puede perder su capital político, lo cual haría inviable su gestión. Por eso los líderes suelen optar por el camino más fácil: alimentarlos con medidas populistas que fortalecen su carisma y les facilitan apoyos.

Pero en Venezuela eso solo ha sido posible en periodos sostenidos de altos precios petroleros. Pues esas creencias atávicas asumen que las rentas son infinitas e inagotables cuando en realidad ocultan la más básica característica inherente a los mercados petroleros: la volatilidad, que hace que todo auge tenga su caída.

La desafortunada coincidencia de una cantidad de factores nos llevó a la inimaginable y cruel situación que vivimos los venezolanos hoy. Para salir de ella, la sociedad tendrá que abandonar dogmas enquistados entre nosotros por mucho tiempo.

La reinvención y su base legal

Entre estas reformas, la reforma del sector de los hidrocarburos es esencial, y debe empezar por la aprobación de una enteramente nueva Ley Orgánica de Hidrocarburos, como el anteproyecto que tiene a su disposición la Comisión Permanente de Energía y Petróleo de la Asamblea Nacional. Esta ley requerirá también ser reglamentada y rehacer el marco legal que permite su implementación.

Nuestra industria de los hidrocarburos tiene que ser reinventada y rediseñada en su estructura, funcionamiento y foco, y para esto tiene que contar necesariamente con una nueva ley pensada para este propósito, que abandone los dogmas y sustente los cambios. El anteproyecto que tiene la AN es lo suficientemente flexible y adaptable para que sirva tanto en el periodo de recuperación como en los de estabilización y crecimiento.

Aunque esa primera fase, por sí sola, sería una tarea inmensa, es solo el primer paso en el largo camino de la recuperación del país. Es la implementación de la ley la segunda y más importante fase, que no solo requerirá una vasta cantidad de recursos, conocimiento y compromiso, sino también un apoyo inequívoco e irrestricto de la sociedad.

Desde el contexto actual es difícil imaginarse el éxito de este plan de dos fases. Sin embargo, es lo que tiene y debe proponerse como objetivo principal en Venezuela durante la transición a la democracia y para el futuro.

Para recuperar el país, no será suficiente, sin embargo, contar solo con un marco legal para los hidrocarburos moderno, adaptable y transparente —y con instituciones a la altura para implementarlo con eficiencia— ; también será necesario un sistema apropiado para administrar las rentas que genere.

De hecho, puede decirse con propiedad que si ese sistema de administración y recaudación de rentas petroleras es eficiente, una economía petrolera como la nuestra puede alcanzar una relativa estabilidad económica, política y social, aun cuando su marco legal de los hidrocarburos sea ineficiente. Esta estabilidad relativa no es posible invirtiendo los factores de la premisa –mucho menos cuando ambos factores son ineficientes.

Dicho esto, se puede afirmar que el éxito y durabilidad de la reforma del sector de los hidrocarburos —incluyendo su pilar fundamental: una nueva Ley Orgánica de Hidrocarburos— dependerán del sistema de administración de rentas que se elija.

En general, la recuperación y la estabilidad del país dependen de ello.

Invertir la lección de 1914

La crisis actual es un punto de inflexión para lograr que la sociedad cambie su pensamiento en cuanto a su relación con el Estado y en especial con la industria petrolera. La sociedad debe racionalizar cuestiones como quién lleva a cabo, y cómo es conducida la actividad petrolera. Debemos discutir conceptos como soberanía, estado de derecho, transición energética, transparencia, libertad y desarrollo.

La sociedad debe necesariamente conectar ese nuevo pensamiento con la realidad de los hechos, la responsabilidad que se requiere y la magnitud de los desafíos que implican tanto la generación de la renta como su administración.

La sociedad debe reflexionar, tomando en cuenta experiencias recientes (y hasta presentes), sobre si es conveniente para el país seguir dependiendo casi exclusivamente de la industria de los hidrocarburos. Debemos preguntarnos también si el petróleo ha transformado a Venezuela en ese próspero imperium sine fine prometido por todos y para todos, que no ha sido alcanzado por ninguno y para nadie.

Es el momento de reajustar estas ideas para despejar el camino de la recuperación, la estabilización y el crecimiento de la industria y del país. Tenemos que liberarnos de una vez por todas —“sin miedo y sin reproche”, citando al Chevalier de Bayard— de esas fijaciones que solo nos han traído crueles consecuencias.

Esperemos invertir la premisa de la cita que abre este ensayo, que usa Tuchman para describir la batalla de Lieja. En ese momento, los ejércitos involucrados prefirieron mantener los planes preestablecidos que adaptarse a la estrategia y la posición de sus enemigos. Eso tuvo consecuencias catastróficas. Ojalá que esta vez, en cuanto a nuestra industria petrolera y el país, el impulso de cambiar sea más fuerte que el ímpetu de los planes existentes.

Tenemos hoy el deber de construir ventanas donde una vez hubo paredes, como dijo Foucault, para las generaciones que tendrán que reinventar el país.

 

A La Curiara.

 

 

 

 
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