Soledad Morillo Belloso: La absurda muerte de un experto en el absurdo

Escribí un artículo sobre Camus y no habían pasado suficientes minutos para que se desatara un ataque feroz, como si yo hubiera cometido la osadía de indultarlo. Esa reacción inmediata, casi reflejo, me hizo sonreír con cierta tristeza. Nada más lejano a la verdad. Camus no necesita que nadie lo indulte, y tanto menos yo; él mismo cargó con sus dudas, sus contradicciones, sus silencios y sus heridas. Si algo no fue, nunca, fue un santo laico. Y si algo no necesita, ni cuando estaba vivo ni ahora, es un abogado defensor. Muy por el contrario, Albert Camus es uno de mis pensadores favoritos, quizá porque yo también he transitado muchas veces por esas sendas del absurdo que él conocía como un experto.
Hay quienes se asustan ante el vacío; él lo miraba de frente, con esa mezcla de obstinación y pudor que lo hacía tan distinto de los iluminados y profetas de su época. Y yo, que he sentido más de una vez ese mismo desajuste entre el mundo y mí propio ser, no puedo sino reconocerlo como a un viejo cómplice de tribulaciones.
Camus sentía que la vida no viene con manual de instrucciones, que el mundo no está obligado a tener sentido, que la lucidez es un arma de doble filo. Sabía que el absurdo no es una teoría sino una presencia, una sombra que se instala en los rincones más cotidianos. Por eso me irrita cuando lo reducen a caricatura: el moralista, el tibio, el que no se comprometió lo suficiente. Camus no era tibio: era decente. Y en tiempos de fanatismos, la decencia suele parecer tibieza a quienes necesitan absolutos para no caerse.
El absurdo, ese animalito indomable, lo acompañó hasta su último respiro, como un compañero fiel que no se resigna a quedarse atrás. Camus pasó la vida entera desmenuzando esa grieta entre la lucidez y el sinsentido, y al final fue como si el absurdo hubiera decidido cerrar el círculo con una ironía brutal.
El 4 de enero de 1960 viajaba en un carro elegante, conducido por su amigo Michel Gallimard. La carretera estaba fría, traicionera, y el automóvil patinó y terminó estampado contra un árbol en medio de la nada. Camus murió allí mismo, sin ceremonia, sin aviso, como si alguien hubiera cerrado un libro a mitad de frase. En el bolsillo llevaba el billete de tren que pensaba usar: un gesto mínimo que terminó siendo la grieta por donde se coló la muerte. Ah, si hubiera tomado aquel tren…
Ese final seco, casi sarcástico, parece escrito por él pero sin su permiso. Camus había dicho que no hay nada más absurdo que morir en un accidente de automóvil, y sin embargo así murió: de golpe, sin épica, sin tiempo para ordenar papeles ni despedirse. Tenía apenas 46 años y en el maletín llevaba el manuscrito inacabado de “El primer hombre”, su libro más íntimo, el que habría de reconciliarlo con su origen. Su muerte dejó la sensación de una frase interrumpida, de un pensamiento que no llegó a completarse. Fue un final injusto, irónico: un hombre que dedicó su vida a pensar la fragilidad humana terminó siendo víctima de esa misma fragilidad, en una carretera cualquiera, bajo un cielo de invierno que no estaba para metáforas.
Y sin embargo, incluso en ese final absurdo, hay algo profundamente coherente con su obra. Camus nunca prometió salvación ni consuelo. Lo que ofreció fue una ética de la medida, una dignidad sin estridencias, una rebelión que no necesitaba matar para afirmarse. Quizá por eso incomoda tanto. Cada vez que uno escribe sobre él aparece alguien dispuesto a lanzar la primera piedra, como si Camus fuera un territorio que hay que vigilar, un cuerpo que hay que disciplinar, un pensamiento que hay que corregir. Pero Camus no pertenece a nadie. Camus es de quienes han sentido alguna vez que el mundo no encaja del todo, que la vida es hermosa y cruel a la vez, que la lucidez duele pero también ilumina.
Hay calles y plazas que llevan su nombre, desperdigadas por el mapa de muchas ciudades de Francia y el mundo, como pequeñas señales de que su pensamiento sigue caminando aunque él ya no esté. No son homenajes grandilocuentes; más bien son rincones tranquilos donde la vida cotidiana transcurre sin saber que lleva encima el apellido de un hombre que escribió sobre el absurdo con una claridad que todavía incomoda.
Y siempre pienso que a Camus, que desconfiaba de los homenajes, probablemente le habría dado pena ver su nombre convertido en señal de tránsito. Él, que nunca quiso ser profeta de nada, termina siendo esquina, referencia urbana, punto de encuentro. Pero hay algo hermoso en eso: que su nombre esté en lugares donde la vida sucede sin pedir permiso, donde la gente vive, se cansa, se enamora, se pelea, se reconcilia. Que Camus esté ahí, en la vida diaria, no en un pedestal. Que su nombre acompañe el paso de quienes no lo han leído y de quienes lo llevan como un secreto en el bolsillo.
Por eso lo leo. Por eso lo defiendo. Por eso, cuando escribo sobre él —y lo seguiré haciendo aunque me lluevan comentarios radiactivos— sé que no hablo sólo de Camus: hablo también de esa parte de mí que ha aprendido a caminar con el absurdo sin dejar de amar la vida.
Por cierto, Sartre no fue al funeral de Camus. Lejos de ser un gesto de frialdad, fue más bien un acto de respeto. Sartre supo que asistir habría convertido ese momento íntimo en una escena para que otros siguieran alimentando la disputa que ya no tenía sentido. Prefirió quedarse al margen. A veces el silencio es la única forma decente de estar.
Lo que sí hizo fue escribir un texto hermoso, sorprendentemente tierno, donde habló de Camus como de alguien indispensable, alguien cuya lucidez seguía acompañándolo incluso en la ausencia. Ese homenaje, escrito apenas días después de la muerte, dice más que cualquier corona de flores o cualquier aparición pública. Era su manera de despedirse sin invadir, sin apropiarse del duelo ajeno, sin convertir la muerte de Camus en un capítulo más de una polémica que ya había hecho suficiente daño.
Sartre no estuvo en el funeral, pero estuvo en la palabra, el territorio de ambos. Y a veces, cuando la muerte se lleva a alguien que nos marcó, la palabra es lo único que queda para no traicionar lo que fue verdadero.
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