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Sorman: El angelismo del sanchismo

Un millón de árabes viven en Israel como ciudadanos israelíes, con los mismos derechos que los judíos

CARBAJO Y ROJO

El Gobierno de Pedro Sánchez está a favor de la paz en Gaza, pero ¿quién no está a favor de la paz? Entre los combatientes enfrentados, el único que sabemos que quiere una guerra interminable es Hamás. Recordemos que este movimiento no es de liberación de Palestina, sino una yihad islamista cuya ambición es volver a la época del Califato y a los tiempos del profeta Mahoma. Hamás no acepta la existencia de Israel y aboga por la eliminación de todos los judíos. Por tanto, el Gobierno español es, de hecho, más allá de su angelismo y pacifismo declarados, el aliado objetivo del movimiento islamista. Acabamos de tener una prueba de ello cuando el Gobierno de Madrid negó el derecho a atracar a un barco cargado de armas procedente de India y destinadas a Israel. El ministro de Asuntos Exteriores sanchista ha anunciado que, a partir de ahora, este derecho se negará a cualquier forma de ayuda militar a Israel. El único beneficiado por esta postura aparentemente pacifista será Hamás.

No sentimos especial simpatía por el Gobierno de Netanyahu, ya que no propone nada que, a la larga, pueda pacificar las relaciones entre judíos y árabes. Por tanto, estamos a favor de una solución de dos Estados, como todo el mundo, a falta de algo mejor y sin mucha fe en ello. De todas formas, imaginemos que se pudiera crear un Estado palestino en los territorios actuales de Cisjordania y Gaza. Uno se pregunta cómo sería ese Estado palestino con el que toda la comunidad internacional estaría de acuerdo. Podemos responder a esta pregunta porque, en cierto modo, ya existen, no uno, sino dos cuasi-Estados palestinos, uno cuya capital es Ramala y otro, en Gaza. El Gobierno español va a reconocer el Estado palestino, pero ¿cuál? ¿Gaza o Cisjordania? Ambos pueden considerarse como representaciones anticipadas de lo que sería un Estado reconocido internacionalmente.

Empecemos por Cisjordania. Cuando uno va a Ramala o Jericó, le sorprende la relativa prosperidad que reina allí: villas enormes, piscinas, residencias lujosas. ¿Cuál es el origen de esta prosperidad, teniendo en cuenta que Cisjordania no tiene prácticamente ninguna actividad económica aparte del intercambio de trabajadores con el Estado de Israel? En realidad, todo el dinero procede de donaciones de Naciones Unidas y de la Unión Europea. Hay pruebas de la malversación de estos fondos por parte de los dirigentes bajo la gestión despótica de Mahmud Abbas; Cisjordania es el buque insignia de la corrupción internacional. A pesar de ello, es un esbozo de Estado palestino con sus leyes, un cuerpo de Policía y un sistema judicial. Al igual que la Autoridad Palestina de Ramala, rechaza todas las elecciones una y otra vez, y nos da una idea bastante exacta de cómo sería un Estado genuino, reconocido internacionalmente, bajo su tutela.

Gaza es el otro esbozo de Estado palestino, bajo la autoridad de Hamás, como sabemos. Allí la gente no vota más que en Ramala, la corrupción es igual de intensa, y está alimentada por las mismas fuentes de financiación internacional. Pero a diferencia de la autoridad de Ramala, que es relativamente laica, la de Gaza es el fundamentalismo islámico. En Gaza, por ejemplo, no se puede ir al cine, ya que Hamás lo prohíbe; su régimen es policial, inspirado en sus modelos, que son la antigua Alemania del Este y la Corea del Norte actual. Ni que decir tiene que las mujeres no tienen derechos y que la homosexualidad se castiga con la muerte. Si imaginamos la creación de un Estado palestino unificado, no está claro en la actualidad quién lo dirigiría, pero una síntesis de los dos microestados existentes no es una perspectiva alentadora para la población.

La paradoja de la región es que existe un tercer Estado palestino, que es Israel. Un millón de árabes viven en Israel como ciudadanos israelíes, con los mismos derechos que los judíos. Tienen su propio partido político, eligen a los miembros del Parlamento, tienen una prensa libre y están sujetos a las mismas leyes que cualquier otro ciudadano israelí. Sin duda es frustrante para un árabe israelí encontrarse en minoría en un Estado judío. Que conste que, fuera de Israel, desde hace 2.000 años, los judíos siempre han vivido como minoría en Estados que rara vez respetaban sus derechos. Si observamos el mundo árabe-musulmán en su conjunto y nos preguntamos en qué lugar gozan los árabes-musulmanes de relativa libertad para tener una prensa libre, partidos políticos independientes, derecho al voto, libertad de expresión e igualdad entre hombres y mujeres, curiosamente es solo en Israel donde tienen estos derechos.

Los palestinos, numerosos en Jordania, que también puede considerarse un Estado palestino en ciernes, no disfrutan de las libertades concedidas a los palestinos en Israel. De esta afirmación objetiva no podemos extraer la conclusión de que exista una solución obvia al conflicto entre judíos y árabes. Pero, al menos, los occidentales, llenos de buenos sentimientos, deberían observar más de cerca la situación sobre el terreno. También deberían admitir que el conflicto actual no es una agresión «genocida» del Ejército israelí contra los niños de Gaza, sino una verdadera guerra entre dos Ejércitos, el de Israel y el de Hamás. También deberían tener en cuenta que Israel corre hoy un gran peligro, no solo por el conflicto en Gaza, sino también porque el país está siendo atacado desde el norte por la guerrilla de Hezbolá, apoyada por Irán. Este otro frente, del que se habla poco, ha obligado a desplazarse a 60.000 israelíes. Evacuados de sus ciudades y pueblos en la frontera libanesa, también ellos son refugiados, aunque no sufran tanto como los desplazados de Gaza. Hay que reconocer que todos estos factores rara vez se tienen en cuenta en los angelicales discursos de la llamada comunidad internacional.

La región vive una tragedia, y en toda tragedia todo el mundo tiene razón y se equivoca al mismo tiempo, lo que deja poco margen para un final feliz. La suspensión del conflicto, el esbozo de un auténtico Estado palestino futuro, no vendrá de un improbable acuerdo entre los combatientes, sino de la intervención de un tercero. Este solo puede ser Arabia Saudí y Estados Unidos juntos. Solo una coalición entre estos dos países tendría autoridad suficiente para obligar a palestinos e israelíes a convivir. El angelismo del sanchismo no sirve para nada, salvo para prolongar el conflicto, para mirarse al espejo y verse guapos.

 

 

 

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