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‘The White Lotus’: ser raro es más fácil si tienes dinero

Una escena de la segunda temporada de la serie ‘The White Lotus’ de HBO, estrenada el 30 de octubre de 2022. (HBO)

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Fernando Bustos Gorozpe es doctorante en Filosofía. Colabora en el despacho de arquitectura spAce. Es coautor del libro ‘Office as a tribe’.

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En la más reciente ceremonia de los premios Emmy, la primera temporada de The White Lotus consiguió cinco premios merecidos [de un total de diez trofeos obtenidos]: mejor miniserie, dirección, guion, mejor actor y actriz de reparto. El domingo 30 de octubre se estrenó la segunda temporada en HBO, también con seis episodios, cuya premisa —igual que en la primera— es sencilla: en un lujoso complejo hotelero llamado The White Lotus, que tiene diferentes resorts por el mundo, alguien murió. Esto sucede en el primer episodio y después, como si se tratara de un juego de mesa detectivesco, la historia regresa a una semana antes para descubrir el drama que precede a la muerte.

La primera temporada sirvió para que Mike White, creador de la serie, sentara las bases: es una sátira de la gente rica, blanca y privilegiada a la que vemos vacacionar aburridamente en lugares paradisíacos. Todos los huéspedes que nos muestran son raros, incorrectos y siempre se salen con la suya. Al igual que los personajes de otras series de ricos como Succession, o personajes de la vida real como las Kardashian, Elon Musk Kanye West, su dinero ha terminado por desconectarlos del mundo real hasta el punto de convertirlos en personas raras para el común de la gente. Entre otras cosas, el dinero permite a la gente ser rara o decir cualquier tipo de comentarios sin que se le excluya por esa razón.

La serie se ha vuelto famosa por mostrar la frivolidades y rarezas de unos huéspedes ficticios con mucho dinero, así como su incapacidad para gozar del lugar al que viajaron. En la primera temporada, que sucede en Hawái, una familia se muestra preocupada por lo que creen que significa ser una persona blanca en la actualidad: es difícil porque cada vez es más común que la gente les eche en cara sus privilegios. Lo cual, desde su perspectiva, es una injusticia.

Uno de los personajes, por ejemplo, reconoce que el imperialismo es terrible y que ha beneficiado a unos y oprimido a otros, pero también cuestiona el por qué tendría que renunciar a su dinero y a su privilegio. Es una idea equivocada pues lo que se pide a este tipo de gente no es una renuncia, sino tomar consciencia de cómo su privilegio afecta a la sociedad y, desde ahí, cobrar una responsabilidad para construir un contexto más benéfico y equitativo para la pluralidad de las personas.

En esta segunda temporada, la crítica sigue la misma línea. Un nuevo grupo de turistas ricos estadounidenses llegan a un resort de The White Lotus en Sicilia, Italia. Si en la primera temporada se exploran temas políticos como el colonialismo y la blanquitud, ahora la crítica se enfoca en el patriarcado, la masculinidad y la infidelidad normalizada y disfrazada de monogamia. Los personajes de la primera son raros como el multimillonario Elon Musk, pero los de ahora son cínicos como el expresidente estadounidense, Bill Clinton, o el ahora rey de Reino Unido, Carlos III, quienes luego de admitir públicamente haber sido infieles continuaron su vida sin ningún tipo de amonestación social.

Mike White acierta en el retrato que nos ofrece de la gente rica a través de sus personajes y en la forma en que decide abordarlos desde esos escenarios vacacionales que terminan por enfrentar a sus personajes con ellos mismos: una pesadilla en el paraíso. Y aunque podemos reírnos, burlarnos y disfrutar de la ingenuidad de los huéspedes, también podría servirnos para reflexionar sobre cómo la riqueza ha servido para excusar, tolerar y perdonar a ciertas personas. Ahí tenemos al empresario mexicano Ricardo Salinas Pliego, quien constantemente es grosero y violento en Twitter; o Kanye West, a quien había sido imposible cancelar hasta sus últimos comentarios contra la comunidad judía; o al comediante Louis C.K., quien sigue presentándose a pesar de las denuncias en su contra.

Por ejemplo, para la actriz Jada Pinkett Smith, la forma en que se le juzgó mediáticamente sobre su infidelidad no fue para nada similar a la del rey Carlos III tras la confesión de su infidelidad a la princesa Diana. O la infidelidad del actor Brad Pitt a su exesposa Jennifer Aniston con Angelina Jolie. Estos beneficios, la tolerancia que reciben, no son a razón de que sean buenas personas sino a partir de un sistema estructural del que participamos todos y que no se quiere reconocer.

Generalmente desde el cine, la televisión y la publicidad se nos vende la idea del éxito asociada con la riqueza y posesión de bienes materiales: la aspiración. Dentro de ese contexto, se agradece que en la serie nos muestren no el lado glamurizado, sino más bien la descomposición, aunque sea a manera de sátira, que habita esos círculos con los que a menudo se fantasea.

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