Democracia y Política

Thierry Ways: Indicadores vs. narrativas

Al Presidente no le está yendo tan mal en lo que le importa: la implantación de un nuevo modelo de país.

Decía la semana pasada que, aunque los indicadores de ejecución del Gobierno sufren de enanismo, al Presidente no le está yendo tan mal en lo que le importa: la implantación de un nuevo modelo de país, un Estado hipertrofiado por los esteroides anabólicos de sus reformas.

Esa reflexión me llevó a ver con más claridad el divorcio que existe entre la manera como la oposición y la crítica juzgan al Gobierno y la manera como este se mide a sí mismo. No se pueden compatibilizar esos dos discursos, pues son prácticamente idiomas distintos. Eso explica, en buena medida, la dificultad para hacer acuerdos, e incluso para que una parte del país entienda a la otra.

La oposición y la prensa juzgan al Gobierno por medio de parámetros convencionales. Se enfocan en variables como el (bajo) crecimiento del PIB, la (creciente) tasa de desempleo, el (elevado) indicador de ‘riesgo país’, las (catastróficas) tasas de inversión en la economía, etc. Se centran también en aspectos como las repercusiones comerciales de la ruptura de relaciones con Israel o el impacto en la industria nacional del agotamiento de las reservas de gas por las políticas del Gobierno.

Todas estas cuestiones son significativas; diría uno incluso que cruciales. Pero al Gobierno le resbalan las críticas basadas en esos argumentos. De vez en cuando, si alguno de esos indicadores le favorece, saca pecho y se atribuye el logro, por supuesto. Pero cuando no es así, que hasta ahora ha sido casi siempre, los ignora olímpicamente, cual si tuviera cosas más importantes en qué pensar.

Y las tiene. Pues Petro no se ve a sí mismo como el Primer Ejecutor de la Nación, es decir, como el administrador de una pesada pero poderosa burocracia estatal, cuyo desempeño se evalúa por medio de indicadores cuantitativos como los que se estilan en cualquier organización. No, eso de dirigir el cuarto de máquinas de la nave del Estado es algo muy escaso de épica. Lo de Petro, como hemos visto y, sobre todo, oído, es la transformación de la sociedad, del país, del globo y, si la astronáutica se lo permite, del vecindario extrasolar. Frente a tamañas ambiciones, una evolución mediocre del producto interno bruto o de la tasa de ocupación es un bache insignificante, que no se puede permitir que entorpezca el avance del país por la gloriosa autopista del cambio. Qué importa si, en el aquí y el ahora, esos baches representan, para miles de personas, la diferencia entre pobreza y bienestar.

Las pretensiones del Presidente son literalmente históricas: así bautizó su movimiento. Al lado de esas pretensiones, todo le debe parecer una minucia: incluso la verdad fáctica. Por eso, con tal de defender sus posturas, al mandatario cada vez le inquieta menos difundir información errónea, compartir mensajes de cuentas falsas o ilustrar sus trinos con imágenes mentirosas. La verdad y la evidencia son solo estorbos, que se deben hacer a un lado mientras se consuma la revolución. Luego habrá tiempo de ocuparse de ellas.

Esa circunstancia explica, por cierto, el enigmático pero polifacético rol en la Administración de la directora del Dapre, Laura Sarabia. Pues aunque votamos por uno, en el país hay dos gobiernos. El primero tiene la ingrata tarea de manejar la República. Eso le aburre a Petro, así que le corresponde a Sarabia. El otro, no siempre en comunicación con el primero, se encarga de la epopeya de la refundación de la patria. Eso solo lo puede hacer Petro himself.

La lección para la oposición es que pierde el tiempo si cree que señalando cifras e indicadores logrará que el Gobierno cambie de rumbo. O que pierda el respaldo del 30 % del país que lo apoya incondicionalmente. Lo único que le gana a una narrativa heroica es otra narrativa mejor.

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