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Trump es el presidente que merece el castrismo

Los gobernantes cubanos no valoraron los esfuerzos del exmandatario Barack Obama por eliminar las tensiones entre ambos países.

Durante su discurso en el debate general del 75 período ordinario de sesiones de la Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas (ONU), el presidente Miguel Díaz-Canel, como ha sido habitual en el lenguaje de los gobernantes cubanos a partir de 1959, la emprendió contra el Gobierno de EEUU,  a cuyo tema dedicó una parte importante de su intervención.

El jefe de Estado llegó a afirmar que «El Gobierno de EEUU no oculta su intención de aplicar nuevas y más duras medidas agresivas contra Cuba en los próximos meses. Declaramos una vez más, ante la comunidad internacional, que nuestro pueblo, orgulloso de su historia y comprometido con los ideales y la obra de la Revolución, sabrá resistir y vencer».

Un día después, a raíz de la promulgación de nuevas sanciones por la Administración Trump, como prohibirles a los estadounidenses las importaciones de ron y tabaco cubanos, así como su hospedaje en hoteles o propiedades controlados por el Gobierno de la Isla,  Díaz-Canel escribió en Twitter que «el imperio anuncia nuevas medidas que violan los derechos de los cubanos y también de los norteamericanos. Su cruel y criminal política será derrotada por nuestro pueblo que no renunciará nunca a su soberanía».

Cualquiera diría que asistimos al lamento sincero de un mandatario que reclama ante la comunidad internacional por que el vecino poderoso deje vivir en paz a su nación. El pequeño David enfrentándose al gigante Goliat.

Sin embargo,  nada más alejado de la realidad. Un libro publicado en el 2018 y de reciente circulación en la Isla, De Petrogrado al socialismo en Cuba, cien años después, de la autoría de varios académicos oficialistas, se encarga de poner las cosas en su lugar.

En el acápite reservado a entrever el futuro inmediato de Cuba se lee: «Las peculiares relaciones con la potencia imperialista más poderosa de todos los tiempos, que luego de los anuncios del 17 de diciembre de 2014, más que ‘normalizarse’, se tornan más peligrosas que nunca».

Ahí está la clave de todo, ya que lo expuesto por esos académicos cobra el mismo significado que si fueran ideas vertidas por altos dirigentes de la nomenclatura gubernamental. La maquinaria del poder nunca agradeció las gestiones del expresidente Barack Obama por aliviar las tensiones entre los dos países.

Siguiendo semejante punto de vista, fue peligroso el establecimiento de relaciones diplomáticas, también la posterior visita  a Cuba del inquilino de la Casa Blanca, así como el auge de  los intercambios artísticos, culturales y deportivos. .

Recuerdo haber asistido por aquellos días a un conversatorio en el Pabellón Cuba, en el contexto del evento «Dialogar, dialogar», auspiciado por el Comité Nacional de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC), en el cual uno de los asistentes alegó que Obama pretendía «estabilizar la subversión en la Isla».

Cuando después de muchos años apareció un mandatario en Washington que abandonó el garrote y portó la zanahoria, el castrismo dio muestras de su carácter beligerante y rechazó la mano que se le extendía.

Por tal motivo no resulta difícil apreciar el sesgo de hipocresía contenido en las palabras de Díaz-Canel. Y en ese sentido nadie, que juzgue los hechos desapasionadamente, podría objetar las medidas de Trump contra los intereses de la cúpula del poder castrista.

 

 

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