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Una inteligencia fracasada

 

“Para movilizar a la sociedad no hay nada como despertar el odio o el miedo, porque ambos sentimientos proponen metas muy claras: destrozar al enemigo o ponerse a salvo”.

José Antonio Marina – “La Inteligencia fracasada – Teoría y práctica de la estupidez”.

 

Habiendo escrito recientemente sobre las características esenciales de la violencia del régimen socialista durante los 20 años de su control del palacio de Miraflores, paso ahora, en esta nota que funge de segunda parte, a responder algunas preguntas que me hiciera un buen amigo europeo, quien estuvo varias veces en Venezuela pero durante la república civil, previa a la actual comunidad de sufrimiento.

Mi amigo está al corriente de los análisis centrados en los detalles, hechos y datos básicos, sobre todo en el tema económico, las migraciones, la inseguridad, la destrucción de la salud y la educación; sus preguntas apuntan menos al qué pasó y más al cómo pasó, a lo que hay detrás de lo que la prensa ha publicado sobre las dos décadas del “proceso”, del “socialismo del siglo XXI”, de la “revolución bolivariana”, si atendemos a algunas de las denominaciones que han usado sus protagonistas y sus seguidores dentro y fuera del país. Por ello esta nota desea al menos asomarse al corazón de las tinieblas, recordando el título de una famosa novela del gran Joseph Conrad.

En el principio fue Hugo Chávez. ¿Fue Chávez un ser inteligente? Sin duda. Claro en sus ideas directrices, objetivos y metas, en los medios, en su carisma populista. Pero también fue diáfano en su admiración por Fidel Castro, el Che Guevara, en sus dispersas y desordenadas lecturas sobre el socialismo.

La suya fue una inteligencia deformada por el rencor. Un rencor siempre teñido de resentimiento, la contumacia de no olvidar nunca lo que se percibe como un daño recibido. ¿Cuál? Ni en su vida ni en la de sus padres o hermanos se puede atisbar nada, al contrario; si hay una familia que ejemplifique los beneficios obtenidos por la sociedad durante la república civil es la familia Chávez, y Hugo ascendió sin problemas en una escala que lo llevó desde Barinas hasta la Academia Militar.

Su inteligencia era malograda. Solo percibía la realidad a través de un rencor pleno de supersticiones, dogmatismos, impulsividad, tozudez, y explicaciones disfuncionales. Solo veía la realidad a través de sus deficiencias personales. Su inteligencia, si atendemos al filósofo y profesor José Antonio Marina, es una inteligencia fracasada. Y en su fracaso nos quiso arrastrar a todos.

Chávez –y sus colaboradores y cómplices más cercanos, como Nicolás Maduro, Diosdado Cabello, Jorge y Delcy Rodríguez, Tarek El Aissami, etc.- hacen recordar un hecho central en el pensamiento de Hannah Arendt sobre el totalitarismo y los seres humanos que lo perpetran: “la capacidad humana para producir un mal radical, rotundo, absoluto”. Esa obscena representación de la infamia –que no otra cosa fue el liderazgo chavista- quiso hacer de su insania moral no solo una aberración temporal de una élite nihilista, sino un fenómeno masivo. Por ello, el daño causado por el chavismo es, en lo fundamental, un daño antropológico.

El chavismo es el ejemplo perfecto de que la maldad –como afirma el profesor Marina- es el gran fracaso de la inteligencia.

Desde el día uno de la Revolución Bonita, dividieron a los venezolanos en dos grandes sectores: los que aceptaban acríticamente una rendición moral ante el altar del autócrata, y los que no. Y no descansaron hasta que crearon un apartheid criollo. La oportunidad se dio con la infame Lista Tascón, una publicación en Internet de las miles de firmas recolectadas entre los años 2003 y 2004 para solicitar la destitución de Chávez mediante un referendo revocatorio previsto en la constitución, que culminó en el uso de dichas firmas en contra de los firmantes. El nombre de la lista se debe al diputado Luis Tascón (ya fallecido) quien fuera designado por el presidente Chávez –siempre con sus vísceras a flor de piel- para divulgarla como parte del proceso ad hoc de verificación de las firmas.

Al día de hoy, y por más de quince años, los venezolanos que usamos nuestro derecho constitucional para solicitar dicho referendo, casi no existimos como sujetos de derecho para el Estado chavista; no podemos optar a un empleo público, no podemos contratar con el Estado. No existimos.

A diferencia de otros regímenes autoritarios, el chavismo fue profundamente anti-tecnócrata. La perruna fidelidad al Comandante era la única regla fundamental; claro, como sucedió con la escogencia de Maduro como sucesor, la otra regla es la aprobación de la tiranía castrista. Junto a ello, la destrucción de todo vestigio meritocrático en los niveles burocráticos, y hacia la sociedad, en los educativos. A Chávez no le molestó, incluso le divirtió, destruir de un plumazo a una de las compañías más importantes y respetadas de Latinoamérica y del mundo, Petróleos de Venezuela, S. A. (PDVSA). En un solo acto despidió a 20.000 funcionarios, algunos de ellos entre los más calificados del mundo en su área de conocimiento. Hoy, muchos de ellos contribuyen al desarrollo económico en otros países donde su experiencia fue bienvenida.

La estructura tradicional de incentivos entre los cuadros directivos y medios de la administración fue destruida, y se basó en una invitación a participar en la gran comilona del erario público, en formar parte de la burocracia del odio, con beneficios según su ubicación en la escala, sus contactos y su “espíritu emprendedor”. “Bolichicos”, “enchufados”, son algunas de las denominaciones de esta nueva clase oligarca producto de la revolución socialista. Y a quien se desviara del camino trazado, o perdiera confianza, se le aplicaba ese viejo método tan caro al socialismo, la purga.

El chavismo engrandeció y cristalizó todos los males seculares de nuestra sociedad, como el caudillismo, la corrupción, el clientelismo, el cortoplacismo. Siendo otro de ellos el estatismo, la excesiva preponderancia del Estado en la economía del país, con Chávez y Maduro incluso se superaron todos los desequilibrios previos, gracias a una sostenida y constante persecución del aparato productivo privado y su expropiación. Claro, todo lo que cayó en manos socialistas está hoy en ruinas.

                                    Hugo Chávez: !Exprópiese!

Chávez y Maduro nunca fueron personas de diálogo, siempre fueron seres incapaces de ser persuadidos y –como recuerda Albert Camus- un hombre al que no se puede persuadir es un hombre que da miedo.  

El chavismo fue profundamente anti-intelectual. Chávez se rodeó de todo tipo de asesores extranjeros, argentinos, chilenos, gringos, pero sobre todo y más recientemente españoles, vinculados a Pablo Iglesias y su partido Podemos. Todos socialistas de credenciales profundamente radicales. No llegaron con espíritu de debate, de análisis, de intercambio de ideas. Simplemente trajeron recetarios impuestos a la fuerza; en especial en la economía. La regla fundamental: la realidad siempre deberá ser sumisa ante las prescripciones ideológicas.

Un argumento convencional de diversos actores internacionales en su análisis de la situación venezolana actual es que hay “que evitar una guerra civil”. Una característica fundamental de toda guerra civil es que hay gente, mucha gente, que se cree con el derecho –incluso el deber- de matar a sus conciudadanos, como hizo Robespierre en Francia o Lenin en Rusia. En general toda expresión que se denomina socialista revolucionaria afirma su derecho a exterminar al enemigo. Eso mismo, esa característica de toda guerra civil, la hemos vivido ya los venezolanos bajo el chavismo. No representa ninguna novedad.

Para ello, Chávez y Maduro no han confiado demasiado en la estructura militar tradicional, a cuyos cuadros directivos han envilecido y enriquecido, mientras se armaban grupos paramilitares y milicias, servicios de seguridad e inteligencia entrenados por castristas, todos ellos guardias pretorianas de su confianza. Pero en realidad el único ejército regular en el cual ambos tiranos han confiado siempre para defender su Estado policiaco es el ejército castrista, presente desde hace años en Venezuela. Así como la única patria que aman es la patria totalitaria, la que se iniciara hace sesenta años en Cuba, con una revolución tan traicionada como lo ha sido la que iniciara Hugo Chávez con su fracasada intentona de golpe de estado el 4 de febrero de 1992.

Al igual que en Cuba, su inhumanidad fue tan grande, la destrucción moral y material tan inconmensurable, que su huella no será fácil de borrar; pero los venezolanos estamos profundamente deseosos de emprender la tarea, vaya si lo estamos.

 

 

 

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