Velásquez: Groenlandia, o el retorno de la coerción entre aliados
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Groenlandia ha regresado al centro del debate internacional no como territorio, sino como síntoma. Síntoma de una transformación más profunda y silenciosa en la forma en que el poder se ejerce dentro del propio campo occidental; de un desplazamiento progresivo desde la cooperación basada en normas hacia la presión basada en capacidad, incluso entre aliados formales. El caso no es relevante por la isla en sí misma, ni siquiera por el Ártico, sino por el método que se ensaya: la coerción como herramienta legítima de gestión política dentro del espacio aliado.
Durante años, la idea de que una gran potencia pudiera “adquirir” Groenlandia fue tratada como una excentricidad diplomática, una provocación retórica destinada al consumo interno. Aquella ligereza permitió reducir el asunto a una anécdota, neutralizarlo políticamente y evitar una discusión de fondo. Sin embargo, el lenguaje ha cambiado.
A la broma sucedió la advertencia; a la ocurrencia, la amenaza velada. Cuando entran en escena aranceles, presiones comerciales y alusiones indirectas al uso de la fuerza, el debate adquiere densidad estratégica y deja de ser pintoresco para convertirse en estructural.
Desde Europa, este giro se observa con una mezcla de incredulidad y alarma. No porque exista un riesgo inmediato de anexión, sino porque se está ensayando una lógica distinta: la sustitución del consenso por la presión incluso dentro de alianzas formales. Groenlandia se convierte así en un laboratorio político, un espacio donde se mide hasta dónde pueden estirarse las reglas sin romperlas formalmente, pero vaciándolas de contenido.
El peligro no es el acto en sí, sino su normalización.
El valor estratégico de Groenlandia es indiscutible. Su ubicación la convierte en nodo entre América del Norte y Europa, pieza clave de la arquitectura de vigilancia, detección temprana y disuasión en el Ártico. El deshielo amplifica ese valor al abrir rutas marítimas y reactivar el interés por minerales críticos y recursos estratégicos. El alto norte ha dejado de ser periferia para convertirse en frontera geopolítica.
Sin embargo, este dato por sí solo no explica la escalada.
Desde un punto de vista estrictamente defensivo, no existe un vacío de poder que justifique la presión. La presencia militar estadounidense en la isla es histórica y funcional. Los acuerdos con Dinamarca garantizan acceso, tránsito y cooperación. La OTAN y los marcos de coordinación ártica han asegurado durante décadas el control compartido del espacio. Incluso el futuro de las rutas marítimas, el verdadero premio del deshielo ya está siendo gestionado mediante acuerdos multilaterales y bilaterales que involucran a los países árticos, a la Unión Europea y a la propia alianza atlántica. La seguridad, en otras palabras, ya esta garantizada.
Lo que no estaba garantizado era el control político pleno del futuro. Y es ahí donde se produce el desplazamiento estratégico. Se pasa de una lógica de seguridad compartida a una lógica de dominio; de cooperación institucional a condicionalidad; de alianza a jerarquía. Esa transición explica la presión y también el malestar europeo: no se trata de un conflicto territorial, sino de un cambio en la forma de ejercer el poder dentro del bloque.
Este patrón no es exclusivo del Ártico. El tratamiento del caso venezolano, y por extensión de América Latina, revela una lógica paralela: sanciones prolongadas, coerción económica, asfixia financiera y uso instrumental del discurso de seguridad para reordenar espacios estratégicos ricos en recursos. La diferencia es que en América Latina la coerción se ejerce sobre países subordinados; en Groenlandia, sobre un aliado. La novedad inquietante es precisamente esa extensión del método hacia el interior del sistema.
Uno de los elementos más disruptivos del caso es la normalización de la coerción económica entre aliados. La amenaza de aranceles como mecanismo de disciplinamiento político rompe un principio fundacional del orden liberal: la separación entre desacuerdo político y sanción económica dentro del bloque. Cuando esa frontera se diluye, la alianza deja de ser un espacio de confianza y se transforma en una relación condicional, basada en la capacidad de imponer costos. La coerción es eficaz porque evita el uso de la fuerza, pero su efecto estructural es corrosivo: introduce incertidumbre, incentiva la autocontención estratégica y debilita la respuesta colectiva incluso sin necesidad de ejecutarse.
A ello se suma la desintermediación institucional. En lugar de negociar exclusivamente con Estados, se exploran vías de influencia directa sobre territorios y poblaciones locales mediante promesas de inversión, infraestructuras y beneficios económicos. No se busca anexión inmediata, sino dependencia; no conquista, sino normalización de una presencia creciente. La soberanía no se viola de manera abierta: se vacía progresivamente.
La reacción europea debe leerse en este marco. Dinamarca internacionaliza el problema para evitar una negociación asimétrica. La Unión Europea respalda esa estrategia porque entiende que está en juego un precedente sistémico y Francia, al solicitar formalmente la consideración del instrumento anti-coerción, el llamado BAZUKA comercial europeo, en caso de que el presidente Donald Trump imponga aranceles contra ocho países europeos en su intento por adquirir Groenlandia.
Por primera vez, la UE contempla responder a presiones provenientes del espacio aliado con un mecanismo diseñado para defenderse de potencias externas.
No es un gesto técnico; es una señal política de enorme alcance. Europa comienza a asumir que su vulnerabilidad ya no proviene únicamente de fuera, sino de la erosión de las reglas desde dentro.
La OTAN queda, así, atrapada en una tensión estructural. Su fundamento es la idea de que la seguridad es indivisible y no negociable. Si la coerción se normaliza dentro de la alianza, su cohesión se degrada sin necesidad de ruptura formal. Y las alianzas, cuando se erosionan, rara vez colapsan de golpe: se vacían lentamente de sentido.
Si la coerción entre aliados no tiene costo, se convierte en práctica replicable. Si se tolera en nombre del pragmatismo, debilita cualquier argumento normativo frente a potencias que nunca ocultaron su visión instrumental del poder.
La erosión del orden multilateral, en este caso, no vendría de fuera, sino desde el núcleo que lo sostenía.
Groenlandia no es un episodio aislado ni una anomalía diplomática destinada a disiparse. Es un precedente, y los precedentes importan menos por su desenlace que por la regla implícita que dejan instalada. Si la presión económica, la amenaza comercial o la manipulación de dependencias se convierten en instrumentos legítimos de alineamiento político entre aliados, el sistema habrá cruzado una frontera histórica: la sustitución del consenso por la jerarquía como principio organizador interno.
El riesgo estratégico no reside en una posible anexión, sino en la pérdida de previsibilidad. Y la previsibilidad es el recurso más escaso en un orden internacional en transición. Sin ella, las alianzas dejan de multiplicar poder y pasan a consumirlo; la cooperación se vuelve condicional; y cada actor comienza a diseñar su estrategia como si estuviera solo, incluso dentro del bloque.
Europa ha comenzado a comprender la gravedad de este desplazamiento. La invocación del BAZUKA comercial europeo es la señal más clara de que la autonomía estratégica deja de ser un proyecto retórico para convertirse en una necesidad política. Pero la decisión que enfrenta no es técnica, sino histórica: aceptar la transacción permanente como base de la relación transatlántica, o resistir la coerción incluso cuando proviene del aliado central, pagando costos a corto plazo para preservar un marco mínimo de reglas.
La paradoja es evidente: si Occidente adopta internamente los métodos que antes denunciaba en otros, pierde autoridad normativa sin ganar estabilidad. Y en un mundo donde la competencia ya no se define solo por la fuerza material, sino por la capacidad de establecer reglas creíbles, ese costo es profundo y duradero.
Groenlandia, como America Latina y otros episodios similares, que hoy parecen desconectados, revela un patrón emergente: la transición hacia un orden donde la coerción reemplaza al acuerdo como mecanismo de gestión política. Aceptar esa lógica no garantiza seguridad; garantiza subordinación progresiva y dependencia estructural. Y una vez normalizada, no se detiene en los márgenes: avanza hacia el centro.
El dilema que se abre no es táctico, sino histórico. Porque cuando las reglas dejan de proteger incluso a los aliados, dejan de ser reglas y se convierten en concesiones temporales del poder. Y cuando eso ocurre, el sistema internacional no colapsa de manera espectacular: se vacía lentamente, desde dentro, hasta que lo que queda ya no es un orden, sino una suma de relaciones de fuerza sin horizonte común.
