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Villasmil: Derechos sí, pero seriamente humanos (I)

 

                                                    I

Comienzan a abundar manifiestos, artículos, ensayos y llamados en muchos de los cuales se siente una verdadera y sincera angustia por lo que nos deparará eso que algunos denominan “nueva normalidad”, a darse en el mundo post-virus chino, sin que tengamos claro si estamos hablando de meses o de años.

Lamentablemente, aquí hay que recordar que las buenas intenciones no bastan, que el camino de ladrillos amarillos puede conducir a más de un infierno, o como se decía antes, que el remedio puede ser peor que la enfermedad. ¿Hay acaso algún político, de cualquier denominación, que no afirme que actúa pensando en esas dos palabras cada día más vaciadas de significado sustantivo, el “bien común”? Hablemos entonces primero de los teóricamente bien intencionados, luego lo haremos de los pillos de siempre.

Arranquemos con una afirmación que creo que puede llevar la aprobación de todos: o los líderes económicos, políticos y sociales encuentran maneras de empatizar con las mayorías en sus países y regiones y hacer del modelo socio-económico prevalente no una fuente de desigualdad creciente entre las minorías que navegan confortablemente en los mares de la globalización y las mayorías abandonadas a su suerte en botes salvavidas averiados, o la ira ciudadana, una auténtica arrechera viral, seguirá creciendo y llevándose todo a su paso.

¿Qué es lo mínimo a exigir? En palabras del imprescindible Albert Camus: “se trata de conciliar justicia y libertad. La meta a la que debemos aspirar es que la vida sea libre para cada uno y justa para todos”.

Esa palabra huidiza, y que tantos dolores de cabeza da a economistas, sociólogos, politólogos y filósofos, “desigualdad”, nos lleva a los diversos menús de discusión actual, en especial cuando se cae en el debate de escoger entre “salud” o “economía”; el cual, debe afirmarse, no es exacto: una cosa es escoger, otra distinta priorizar; no hay una buena política sanitaria sin un sistema económico próspero y saludable, con instituciones plurales y que se contrapesen. O dicho en cristiano: la economía debe ofrecer diversas alternativas de calidad de vida y de servicios que permitan generar ciudadanos sanos.

En palabras recientes de Abdón Vivas Terán: “No puede existir duda alguna en que la prioridad de los gobiernos, los ciudadanos y la economía debe ser proteger y salvar vidas. Este noble propósito halla su asidero directo en el principio de la dignidad de cada persona la que, a su vez, es la sustancia esencial de la libertad y de la libre determinación que caracteriza a cada ser humano”.

II

Entran al escenario, para el segundo acto, dos palabras que resumen todos los valores que nos han llevado a intentar construir sociedades un poco más justas, con conquistas y logros a pesar de muchas heridas que todavía no cierran, o de injusticias que no terminan de erradicarse: derechos humanos.

Nos recuerda el filósofo polaco Leszek Kolakowski (1927-2009) que los derechos humanos poseen estas tres características fundamentales: “son válidos por la inherente dignidad del ser humano, y forman parte del orden natural, no son establecidos por leyes o decretos positivos; segundo, que este orden es inmutablemente válido doquiera que haya seres humanos interactuando y conviviendo; y tercero, estos derechos son individuales, y solo individuales, no pertenecen a grupos sociales, razas, clases, profesiones, naciones u otras entidades”.

Es el momento de hablar entonces de los malos de la película. En especial, de su desprecio por los derechos humanos.

La vigente Declaración Universal de los Derechos Humanos fue aprobada el 10 de diciembre de 1948; su redacción fue plural, con variadas influencias en el borrador final, entre las cuales destacó la del filósofo y pensador humanista francés Jacques Maritain. ¿Quiénes fueron sus principales críticos, sus opositores desde el inicio? Los países del llamado “bloque soviético”, o sea comunista, encabezados por la Unión Soviética, bajo el argumento de que se ignoraban los derechos soberanos de los Gobiernos democráticos, y de que predominaba la defensa de los derechos individuales sobre los colectivos. Para los estalinistas, y sus seguidores en las diversas familias socialistas, los derechos individuales no existen por sí mismos, son concesiones coyunturales del Estado. Está visto y demostrado que para ellos, asumir en todo su valor los derechos humanos es negarse a sí mismos.

                                                           III

Acto tercero: En estos días vemos una creciente y muy activa postura de defensa de la responsabilidad y presencia del Estado en la sociedad post virus chino; no puede negarse que sin duda alguna las instituciones estatales tienen importantes roles que jugar, tanto regulatorios como ejecutivos, pero nunca deben invadir territorios que en una democracia centrada en la libertad son exclusivos de los ciudadanos. Los autoritarismos, en diversas esferas geográficas, quieren usar el virus chino y sus consecuencias para impulsar su agenda negadora de los derechos ciudadanos.

Una vez más, como en la primera hora intentaran hacer los soviéticos y sus satélites, se busca darle predominio a lo colectivo, bajo control estatal, sobre lo individual. Veamos un reciente ejemplo chileno: Sergio Micco, Director del Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH), en una difundida entrevista al diario El Mercurio, había señalado que “no hemos hecho lo suficiente para comunicar una de nuestras verdades: no hay derechos sin deberes”. Suena lógico ¿verdad? No para ciertos representantes de la capilla totalitaria socialista, quienes prácticamente pidieron la cabeza –y el resto del cuerpo- de Micco, dispuestos a quemarlo en un auto de fe marxista. Al reconocer solo derechos, sin deberes, se busca un individuo egoísta, centrado en sí mismo, negado a cualquier fortalecimiento de los valores comunitarios. Su vida se centra en una relación dependiente y paternalista con el Estado.

Pero, ¿y qué decía el patriarca Marx al respecto? No hay derechos, solo deberes frente al Estado. Volvamos a Kolakowski: “Para Marx, todos los derechos son productos de unas determinadas relaciones de producción; los conceptos de libertad y derechos humanos son expresiones de una sociedad burguesa que está a punto de colapsar”. Pablo Iglesias, de Podemos, vicepresidente del actual Gobierno español, no lo diría más claramente.

Marx no se imaginó que el modelo de sociedad que promulgaba produciría los campos de concentración más grandes de la historia; pero diversos críticos, incluso en vida de Marx y antes de la llegada del “socialismo real” con el leninismo, ya habían afirmado que si el programa marxista se concretaba, haría de cada ciudadano un mero objeto propiedad del todopoderoso Estado. Como los médicos cubanos hoy, esclavos generadores de ingresos para el siempre quebrado régimen castrista.

Históricamente se ha demostrado que solo en sociedades con instituciones económicas libres, eso sí, bajo claras regulaciones gubernamentales que controlen excesos, con un Estado al mismo tiempo solidario y subsidiario, se puede dar el progreso necesario, la generación de riqueza personal y social que favorezca el desarrollo de personas -no meros individuos aislados- participantes en un rico y plural abanico de comunidades intermedias de carácter económico, cultural, social. Ciudadanos, que no esclavos. A los ejemplos me remito, citando países que han dado las mejores respuestas ante el virus chino, con apoyo unitario de sus ciudadanos, y con servicios de salud adecuadamente preparados: Alemania, Costa Rica, Nueva Zelanda, Uruguay, Islandia, Noruega, Finlandia, Taiwán.

Regresando a Camus: “se trata de estar al servicio de la dignidad del hombre con métodos que sigan siendo dignos en medio de una historia que no lo es”.

En mi siguiente nota haré referencia a una de las alternativas a los diversos modelos económicos autoritarios, que no sirven ni siquiera para administrar la pobreza que generan.

 

 

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