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Un editorial del New York Times

Hay ocasiones en que pareciera que lo que se necesita para ser antinorteamericano es ser otro norteamericano. Eso es lo que trasluce un reciente editorial del New York Times titulado “Presidente Trump: no interfiera en Venezuela”. A continuación, como oración inicial, sigue lo siguiente: Estados Unidos no debe involucrarse en golpes de Estado, punto.

Ya desde el comienzo se le ven las costuras a las intenciones del diario neoyorquino: afirmar que cualquier acción militar –interna o externa, o combinación de ambas- para sacar del poder a la actual camarilla venezolana es un “golpe de Estado” de alguna manera le da aires de legitimidad al régimen (aunque líneas más abajo afirman que “ha sido electo de manera ilegítima”), casi como considerarlos merecedores de aceptación.

En materia de golpes de Estado ¿no podría el periódico más bien haber recordado el que durante casi 20 años viene propiciando, sin prisa pero sin pausa, el chavismo? Pero no vayamos tan atrás: basta considerar las acciones de Nicolás Maduro desde diciembre de 2015, cuando el pueblo venezolano se expresó contundentemente a favor de la democracia y en contra del socialismo del siglo XXI –totalitarismo a la cubana, en realidad- al darle a la oposición dos tercios de la Asamblea Nacional.

Podría también tomarse en cuenta que la exigencia de salida del régimen y su consideración como una tiranía son demandas no solo de los opositores internos, sino de la gran mayoría de las democracias de América y Europa, así como de organismos multilaterales y regionales como la OEA o la Unión Europea.

He usado, no por casualidad, la palabra tiranía, diversa y de menos uso, al menos en estas tierras, que las más comunes ¨dictadura¨ o “autoritarismo”. Pero es que hay razones para diferenciar: dictadores y autoritarios fueron Gómez y Pérez Jiménez en Venezuela, así como el amplio y horroroso listado de autócratas que gobernaron por demasiado tiempo en el Caribe, en Centroamérica, en el Cono Sur, en los países andinos. Pero en su específica cualidad de tiranos sobresalen especialmente los hermanos Castro en Cuba y Hugo Chávez y Maduro en Venezuela. No olvidemos, asimismo, porque es de la misma familia, al monstruo Ortega en Nicaragua.

 

Nos recuerda Hannah Arendt que la diferencia entre un gobierno autoritario y uno tiránico es que el primero, si bien se puede expresar mediante controles fuertes en ámbitos tanto políticos como privados, debe responder en alguna medida a un orden legal más o menos vigente. La voz del dictador está presente, pero en muchas áreas de la actividad social y personal el autoritarismo no se muestra. En la tiranía, en cambio, la voz del tirano es ley siempre en todo el espectro social, público o privado: no hay orden jurídico que valga, y su capricho puede decidir incluso milimétricamente sobre cómo llevan la vida todos los ciudadanos; se busca ahogar la humanidad y la autonomía en todos sus ámbitos de actividad. Ese ha sido el caso de la Cuba castrista, y hacia ese orden inhumano han ido los deseos y pareceres de Hugo Chávez y Nicolás Maduro.

Pero sigamos con el editorial, que es todo un espectáculo ver a la prensa liberal gringa asumiendo el papel de “realpolitik progresista”. A continuación intenta el periódico trazar un paralelo exacto entre lo que ocurriera en el siglo XX con la política estadounidense hacia América Latina, llena de errores y desgracias, y lo que sucede hoy con el chavismo. Por ello afirman que ayudar al derrocamiento de Maduro “atizaría los resentimientos y sospechas regionales hacia Washington. Las noticias de las reuniones [con opositores] le han servido como propaganda a Maduro, quien desde hace tiempo intenta, ridículamente, culpar a Estados Unidos de los problemas de Venezuela”.

Con perdón de los editorialistas, los únicos que a esta altura pueden creerle a Maduro forman parte de la irrescatable cáfila de la progresía mundial que se denomina todavía de izquierda (usemos esa palabreja que, como su opuesta ideológicamente, derecha, ya ha perdido uso, valor y significado; a fin de cuentas, hoy en día, las formas de irreflexión cruzan y mezclan todos los lindes políticos). El senador por Florida Marco Rubio no es precisamente santo de mi devoción, pero le dio en la mera torre al argumento señalado en Twitter: Se necesita un impresionante nivel de estupidez para afirmar que apoyar una rebelión que remueva una tiranía ilegítima hace que sea más difícil a los EEUU defender con credibilidad la democracia. ¡Den las gracias que @nytopinion no estaba presente en 1776, para defender el mismo argumento!”.

No se ve, a lo largo del editorial, un reconocimiento de la real magnitud de la tragedia venezolana. ¿Es acaso un autoritarismo más? No, no se trata de luchar contra un dictador tradicional; estamos hablando de los autores de la mayor tragedia humanitaria en la historia de las Américas, que ya ha desbordado las fronteras nacionales y se está expandiendo por toda la región, e incluso a países europeos. Como recuerda Luis Alberto Moreno, presidente del BID, en una nota reciente del Washington Post: “Mientras que las Naciones Unidas estiman que 1.8 millones de inmigrantes han llegado a Europa por mar desde 2014, más de 2.5 millones de venezolanos han abandonado su patria en ese mismo periodo. Una quinta parte ha ido a Europa, Estados Unidos y Canadá. Casi todo el resto –aproximadamente dos millones de personas- han ido a países latinoamericanos y del Caribe. Solo Colombia ha recibido a casi un millón, y Perú, Ecuador, Chile, Brasil y Argentina, en orden decreciente, han absorbido la mayor parte del resto”.

A continuación, un gráfico sobre la emigración venezolana, de The Economist:

 

Pocas insensateces como las de la progresía mundial a la hora de juzgar el fenómeno chavista. Todavía hoy ejemplares importantes del zoológico socialdemócrata europeo, como Jeremy Corbyn (del partido Laborista británico) y el señor Sánchez del PSOE español, siguen promoviendo las tonadas del diálogo eterno, suponemos que con el señor Zapatero como mediador perenne y muy útil ganador de tiempo para el régimen; recuérdese que el “time factor” es algo que conocen muy bien los Castro, Maduro y Ortega; y claro, Zapatero y Sánchez. ¿Lo entiende el NYTimes? ¿o leyeron acaso sus editorialistas las recientes declaraciones de Zapatero, donde afirma que la culpa de la crisis migratoria venezolana la tiene Estados Unidos?

Insiste el periódico: “Hay una buena manera de presionar al régimen venezolano: Trump y otros líderes no deben dejar de promover una transición negociada a través del endurecimiento de sanciones enfocadas en Maduro y sus secuaces”. ¿Pero cómo negociar con quienes se niegan a hacerlo? ¿Cómo negociar con quienes no son otra, una más entre tantas, casta política o militar corrupta, sino criminales liderando un narcoestado petrolero con ramificaciones con el terrorismo islámico, con la guerrilla colombiana, con la tiranía castrista, o con autocracias como la bielorrusa, la china o la rusa, estas últimas dándole apoyo material al régimen?

¿Por qué no toma en cuenta el Times las palabras más recientes, el pasado día 14 de septiembre, del Secretario General de la OEA, el uruguayo Luis Almagro? No habíamos visto nunca una régimen más inmoral como el de Venezuela que niega ayuda humanitaria para su gente en momentos de la peor crisis que ha visto las Américas. La comunidad internacional no puede permitir una dictadura. Necesitamos acciones y respuestas.”

El editorial claramente busca oponerse una vez más a las acciones de Donald Trump. Muchas, muchas de ellas han sin duda alguna justificado la alarma y preocupación que hoy existen en muchas secciones de la sociedad norteamericana, pero no es ocasión de celebración que con motivo de atacar a Donald Trump se oculte la verdad de lo que ocurre en Venezuela considerándolo un “autoritarismo más”, similar a los del siglo pasado. La demanda de justicia para los venezolanos sobrepasa los deseos del Times de atacar a Trump. No se combate una injusticia con otra injusticia.

El Times podría asimismo asumir, con más contundencia y frecuencia, la defensa de sus colegas venezolanos. De una nota reciente en el diario digital “El Estímulo”: “Desde que Hugo Chávez llegó a la presidencia de Venezuela 211 periodistas, en promedio, fueron agredidos cada año; otros perdieron sus puestos de trabajo y algunos más resultaron asesinados. Desde el poder se implementó una política sistemática de acoso a la libertad de expresión que terminó señalando a la prensa como enemigo principal de la revolución”.

Una revolución que jamás negocia, o dialoga, que tiene sometida a la población venezolana a una política económica y social de destrucción, de persecución y de sometimiento. Negándose no solo a aceptar ayuda humanitaria, sino además a reconocer la existencia de la crisis, el chavismo practica, con orientación castrista, la eliminación sistemática de un grupo humano por razones diversas, entre otras la política. La última vez que revisé el DRAE, esa es la definición de genocidio.

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