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Villasmil / Elecciones en México y Perú: La llaman política, es corrupción

 

«¿En qué momento se había jodido el Perú?«

Mario Vargas Llosa – Conversación en la Catedral

«México es la dictadura perfecta». 

Mario Vargas Llosa

 

Estos tiempos atribulados no dan descanso ni respiro, en materia electoral, a los latinoamericanos. No ganamos para sustos.

Este pasado 6 de junio los votantes peruanos tenían que escoger entre el cólera o el ébola, y los mexicanos decidían si le daban más poder a un presidente que en su gestión combina, metafóricamente, esas enfermedades mortales.

 

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Las elecciones mexicanas eran regionales y legislativas, pero Andrés Manuel López Obrador (AMLO), las trató como si fueran presidenciales, porque deseaba aumentar su poder parlamentario y local, para así potenciar el cada vez más evidente cauce autoritario y corrupto de su gestión, que llega a la mitad del sexenio. Los próximos tres años serán cruciales para el futuro democrático de un país que, en su momento, fuera llamado por Mario Vargas Llosa la patria de la “dictadura perfecta”. «Tan es dictadura la mexicana», afirmó, «que todas las dictaduras latinoamericanas desde que yo tengo uso de razón han tratado de crear algo equivalente al PRI».

Afortunadamente, el pueblo mexicano, si bien colocó al partido de AMLO (Morena) y sus aliados como la primera fuerza en el parlamento, le negó la mayoría calificada (dos tercios) que le hubiera permitido proponer una reforma constitucional a su conveniencia.

En el pasado mexicano, el PRI era la institución autoritaria, copando todos los espacios de intermediación entre Estado y sociedad. Los presidentes priístas llegaban y se iban luego de un periodo. Existe -aún- en el sistema político la suprema virtud de la no reelección presidencial. Hoy la presidencia es de donde surgen los principales tufos autoritarios, y cada día que pasa es más claro que AMLO quiere quedarse. Él es el único portavoz del pueblo, él es el pueblo encarnado en el poder ejecutivo. Él debe seguir gobernando, y el amor del pueblo justifica todo.

López Obrador -quien comenzó su carrera política en el PRI- es de esos personajes que se creen destinados al panteón de los héroes nacionales, pero solo para él.

Posee a raudales lo que termina siendo una paradoja de todo caudillo populista: conoce su país como pocos, su cultura política, su historia y sus problemas, pero no sabe cómo resolverlos (cuando lo intenta); la complejidad de la sociedad del siglo XXI lo abruma y siendo, como buen populista, un anti-intelectual, ni siquiera la comprende, careciendo de toda sofisticación y seriedad estratégica, de allí la horrorosa gestión frente a la pandemia. Ante una crisis sanitaria sin precedentes, el gasto y la inversión de mediano plazo en salud no sólo no han aumentado, sino que se han reducido. Pensador liliputiense, lo nacional, al parecer, le queda grande. Las palabras “políticas públicas” le suenan a chino medieval.

Su desvelo fundamental, el mantenimiento del poder, lo obliga a estar en campaña permanente y a supeditar todo, absolutamente todo, a lo político, la única realidad existente, la cual, sin resultados positivos en una nefasta gestión administrativa  sin rumbo claro o imaginación, es tapada por un océano de falsedades (lleva casi 50,000 mentiras detectadas en lo que va de gobierno). Obviamente, odia las instituciones estatales que no controla (como el Poder Judicial, el Banco de México y el Instituto Nacional Electoral (INE), así como defiende a los corruptos que le son incondicionales.

Como el pueblo supuestamente lo adora carecen de valor la legalidad, los principios constitucionales, los derechos humanos, el diálogo y la negociación.

El suyo es mucho más que otro fracasado gobierno de izquierda. Para AMLO es una Cita con la Historia. La suya y la de México, que para él son la misma.

Ojo avizor: es un mal perdedor crónico. No se quedará tranquilo con este retroceso en sus designios.

 

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Keiko Fujiomori y Pedro Castillo. Europa Press

 

Con “un pie en la tumba”, según Carlos Alberto Montaner, estaba Perú ante las perspectivas electorales planteadas. Dos candidatos solo unidos en su manifiesta incapacidad para ser considerados demócratas.

Escribo estas líneas sin que haya concluido el muy latinoamericanamente tercermundista conteo de votos peruano.

Las alternativas surgidas de la primera vuelta electoral representan un auténtico suicidio masivo. Perú es el espejo perfecto de todo lo que no funciona, debe suprimirse, es destructivo y negativo en las instituciones políticas de un país latinoamericano: corrupción generalizada, partidos más que clientelares, liderazgo -si se le puede llamar así- mediocre. La locura hecha política, o más bien, antipolítica. Y viene de lejos.

Un primer dato esclarecedor: sin contar a Manuel Merino, que fue presidente por largos cinco días, y al actual, Francisco Sagasti, presidente desde noviembre pasado, el único presidente en los últimos 36 años que no ha estado preso o acusado de corrupción ha sido Valentin Paniagua, que solo fue presidente por ocho meses (noviembre de 2000 a julio de 2001). Como decía recientemente un periodista peruano: lo único seguro, ganara quien ganara, es que el nuevo presidente no terminará su periodo.

Un segundo dato fundamental -que corrije la oración previa-: Pedro Castillo es el candidato del chavismo. El peruano, el venezolano, el continental y el español. Y que se sepa, después de que obtiene el poder, el chavismo no lo entrega.

Un tercer dato: Keiko Fujimori se presentó como candidata de la democracia. Si tan solo en Perú la hubiera; lo que hay es un sistema profundamente elitesco que jamás ha querido o sabido cómo reducir el horrendo abismo social existente. La angustia ciudadana simplemente no existe.

La pregunta de Mario Vargas Llosa, sobre en qué momento «se jodió Perú» no tiene una única respuesta. Para el escritor, en realidad han sido varios los momentos de la historia peruana que han contribuido a la destrucción del país. Y no cabe duda de que Pedro Castillo será un contribuyente esencial para ello.

Un cuarto dato: Lo que más impulsó a Castillo fue el antifujimorismo; y por el lado contrario, ante el pueblo no tenía mucho sentido el mensaje anticomunista -en todo caso, sirvió para movilizar a las clases medias y altas y a los peruanos del exterior, que sí saben lo que es vivir en un sistema democrático-. Al peruano pobre, que es la mayoría, no le atemoriza lo que sucede en Cuba o en Venezuela. Piensa que Perú no es ninguno de esos países y, por lo tanto, lo que ocurrió en esas desdichadas naciones no le va a suceder a ellos.

Lo mismo, por desgracia, piensan los colombianos, o incluso -quién lo diría hace unos años- los chilenos. La democracia en América -no solo la latina- es hoy un polvorín a punto de estallar. ¿Qué más debe pasar para que nos demos cuenta?

 

 

 

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