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Villasmil: Gran victoria conservadora, humillante derrota socialista

Los resultados de las elecciones generales en el Reino Unido han otorgado en la noche de este jueves al candidato conservador, Boris Johnson, una holgada victoria y han significado el hundimiento del Partido Laborista ( por ejemplo, prácticamente han desaparecido de Escocia, con un único escaño de 55 ).  Se despejaría de este modo el camino hacia el Brexit. Jeremy Corbyn, el líder socialista, ha hundido a la oposición y ha anunciado que pronto abandonará el liderazgo de su partido. Los nacionalistas escoceses han alcanzado  una abrumadora mayoría en sus circunscripciones, convirtiéndose en  la tercera fuerza de Westminster, lo que le ha dado ánimos a su líder, Nicola Sturgeon, para afirmar que pedirá pronto la realización de un nuevo referendo de independencia.

La victoria fue tan cómoda que la mayoría (326 escaños) se alcanzó cuando todavía faltaba por anunciarse el resultado en más de cincuenta distritos electorales. Ya en ese momento, el mapa británico era de un predominante azul Tory, con solo algunas, aisladas, manchitas rojas socialistas, y el amarillo nacionalista en Escocia. Una victoria es histórica, entre otras razones, cuando el mapa político de un  país se transforma de manera radical. Y eso acaba de ocurrir en el Reino Unido. El legendario «Muro Rojo Laborista», que orgullosamente implicaba su tradicional predominio en el Norte de Gales y Yorkshire, en zonas predominantemente mineras y obreras, históricamente impermeables a influencias conservadoras, se derrumbó completamente.

A lo largo de la noche pudo verse a bastiones laboristas, alguno con más de medio siglo de victorias socialistas -como Blyth Valley, Workington, Wrexham, Wolverhampton, Sedgefield, Dudley North, Redcar, Bolsover, Rother Valley, Great Grimsby, Ashfield o Newcastle-under-Lyme-, pasando a manos conservadoras.

Incluso en distritos seguros para el Laborismo podía verse cómo el partido socialista perdía votos. Un ejemplo perfecto es el propio Corbyn, quien a pesar de lograr su décima victoria seguida en Islington North, obtuvo un 9% menos de votos que en 2017. Semejante debacle se repetía distrito tras distrito. Y es que mientras el voto anti-Brexit se dividió entre laboristas y Liberal-Democrats, el voto pro-Brexit se fue con los Conservadores y Boris Johnson. Este último entendió que debía romper la estrategia laborista de desviar el debate hacia otros asuntos (como el sistema de salud) y concentrarse en ofrecer a los ciudadanos un punto final a un tema que ya lleva demasiado tiempo en las mentes y dilemas: el Brexit. La gente simplemente quiere salir del asunto de una buena vez, y mientras Johnson ofrecía una solución rápida, al final el Laborismo pagó en votos perdidos sus irresolutas dudas hamletianas.

En porcentaje de escaños, el resultado de los cuatro principales partidos fue:

Conservadores: 55.8%

Laboristas: 31.4%

Partido Nacional Escocés: 7.5%

Liberal-Democrats: 1.56%

 

Con justicia, Boris Johnson destacó que ha recibido un claro mandato de «get Brexit done» (el lema de campaña del partido,  finalizar la salida del Reino Unido de la Unión Europea para finales de enero). Nada menos que la transición más importante en el Reino Unido desde la Segunda Guerra Mundial.

 

 

Jeremy Corbyn no fue el único dirigente partidista nacional que vio su futuro político comprometido. Jo Swinson, la joven y dinámica nueva líder de los Liberal democrats, perdió su escaño, y con él, entra en terapia intensiva su carrera política.

Por el lado positivo, se ha establecido un nuevo récord de mujeres parlamentarias, al superarse el  anterior, de 2017, de 208 diputadas.

Según destaca Rafa de Miguel, en El País, «los votantes del Reino Unido, especialmente los más cercanos a la izquierda, se enfrentaban a un doble dilema. Por un lado, entregarse a la corriente de hartazgo y resignación que domina el país y aceptar el Brexit como un mal irremediable que hay que dejar atrás cuanto antes, o plantar cara una vez más a ese destino incierto. Por otro, decidir si las cosas deben seguir como hasta ahora o si es necesaria una revolución económica y social como la que proponía el Partido Laborista, [con nacionalizaciones a diestra y siniestra]. El número dos del partido, John McDonnell, ha admitido en la BBC después de conocer los sondeos a pie de urna que se trataba “de unos resultados extremadamente decepcionantes”. Sería, de hecho, el peor resultado de los laboristas desde 1935.

Mientras daba sus declaraciones en televisión, ante centenares de militantes del partido, algunos de los cuales mostraban su ira, gritándole por ejemplo «liar!» (mentiroso), McDonnell afirmaba que la derrota no habría sido por el desastroso y ultradical programa presentado por su partido, reviviendo el fantasma del  Laborismo en los ochenta, que recibió paliza tras paliza de parte de Margaret Thatcher, sino por el aún insepulto fantasma del Brexit;  olvidando por cierto mencionar las vacilantes posturas de Jeremy Corbyn sobre el tema. Corbyn, mientras, en sus primeras declaraciones criticó a los medios de comunicación. Qué original.

A Corbyn lo afectaron también los escándalos por las acusaciones de antisemitismo en su partido, y por una muy bien ganada imagen de dinosaurio izquierdista. Vale la pena destacar que el editor de «Jewish Chronicle» afirmó sentirse «aliviado y agradecido» por el resultado.

El partido Laborista necesita reinventarse, como sus socios franceses, griegos, italianos, españoles y latinoamericanos. El socialismo democrático en general está sufriendo hoy los efectos de «una tormenta perfecta». 

Como titula este viernes el respetado periódico progresista The Guardian:  «Labour in meltdown» (El Laborismo se desintegra).

Los primeros análisis alertan que la salida de Corbyn no significa necesariamente la caída de la corriente marxista que hoy lidera al partido y que lo ha hundido con estos resultados. Seguramente Corbyn querrá mantener el liderazgo el tiempo necesario y suficiente para asegurar que su sucesor sea tan radical como él.

¿La muy británica muestra de humor negro de la noche? La afirmación de Corbyn de que, a pesar del resultado, su programa de gobierno radical y marxista, seguía siendo «extremadamente popular».

La realidad es que a pesar de ser convocados en diciembre (lo que no sucedía desde 1923) los ciudadanos británicos decidieron tomarse en serio unos comicios considerados por muchos como los más trascendentales en una generación. Deseaban, en especial, salir del atasco nacional causado por el debate sobre el Brexit, y que se superen las divisiones causadas por el mismo.

Y para ello, le dieron una gran victoria a los Tories, a los conservadores, como no se veía desde los tiempos de Margaret Thatcher. 

 

 

 

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