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Villasmil: Malvados, y encima pragmáticos

Un asesino llamado Deng Xiaoping | Opinión

Den Xiaoping

La primera vez que relacioné las palabras “autoritarismo” y “pragmatismo” fue en el título de un libro del norteamericano Richard Rorty, titulado “Pragmatism as Anti-Authoritarianism” (Pragmatismo como Antiautoritarismo), en el cual Rorty busca articular la siguiente afirmación: la principal labor del pragmatismo es enfrentarse, ser un instrumento, contra el autoritarismo.

Para Rorty, “autoritarismo” no es simplemente el poder antidemocrático ejercido por caudillos de diverso pelaje ideológico, zurdo o derecho, izquierdista o derechista. Es también -y muy importante en estos tiempos confusos del metaverso, de la posverdad, etc.- la expresión crecientemente “normal” de considerarnos dueños de la verdad absoluta, y que el que me lleve la contraria está sin duda equivocado.

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Pero, amigo lector, es sobre el autoritarismo más común, el que sufrimos en muchos países en la vida diaria, el autoritarismo de las dictaduras, el que ataca, subvierte y destruye a las democracias, que quiero referirme a continuación. Y es que algunos líderes autoritarios están ejercitando una nociva forma de pragmatismo.

 “Pragmatismo autoritario”, lo llama el intelectual y académico cubano-norteamericano José Azel, en nota publicada en Cubanet. Porque resulta que ahora los malos de la película, los malvados, los autócratas, se están volviendo pragmáticos; ¿cómo?

Todo autoritarismo quiere sacar la política (democrática, obviamente), ese terreno plural de debate de ideas, de la ecuación del poder. A fin de cuentas, una de las más recordadas frases de Francisco Franco era este consejo que gustaba dar: “haga como yo, no se meta en política”.

Los jefes autoritarios tradicionales no se “meten en política”, simplemente la ahogan, la persiguen, impiden por todos los medios que los ciudadanos se involucren en debates esenciales sobre la gobernanza general. Y si hay que repartir palos a quienes se oponen, pues se reparten.

En cambio, los actuales pragmáticos autoritarios ofrecen toda clase de zanahorias para no tener que usar el garrote tradicional.

Mientras usted deje que los detentadores del poder lo controlen a placer, a usted le permitirán algunas formas de libertad -por ejemplo en economía, en su vida privada-. Incluso -la vida te da sorpresas- algunos ejercen el poder económico de forma más o menos eficiente.

O sea, que a seguir el consejo de Francisco Franco y a gozar de la vida -eso sí, en cualquier rol social que se le ocurra, menos el de ciudadano. Eso sí que no. A la ciudadanía se le cae a batazo limpio-.

Y es que la ciudadanía está en decadencia frente a la creciente estupidez masificadora del liderazgo autoritario que, como ya decíamos, no quieren que la gente se “meta en política”, desean que sea “apolítica”. Al respecto, recuerda Henry Kissinger en su más reciente libro (está a punto de cumplir cien años, y sigue escribiendo, y ¡de qué forma!) “Leadership” (Liderazgo), esta frase dicha por un gran estadista europeo y mundial, el demócrata-cristiano alemán Konrad Adenauer: «Para un líder político, el adjetivo «apolítico» es la definición de estupidez».

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En palabras del Dr. Azel: el pragmatismo autoritario es un modelo de gobierno donde “un líder autoritario ejerce poder político absoluto sobre el Estado, pero lo hace para beneficio de la población en su conjunto”. El término ha sido utilizado para etiquetar regímenes como los de Lee Kuan Yew, en Singapur, Augusto Pinochet, en Chile, Mustafá Kemal Atatürk, en Turquía, Jozip Broz (Tito), en Yugoslavia, y otros similares.

El “pragmatismo autoritario” es menos personalista que el autoritarismo tradicional, el poder está más institucionalizado, y es claramente más pragmático en lo ideológico. La sucesión del liderazgo se estructura de forma más ordenada, y presta mucha atención al “pan y circo” necesario para que las masas “desciudadanizadas” tengan alguna cuota de bienestar.

Los pragmáticos autoritarios buscan ser más eficientes en el gobierno para poder durar más en el mismo, sin revueltas ni protestas (en lo posible).

El ejemplo de hoy más popular es el del régimen chino, que tiene tan feliz a tantos capitalistas y empresarios occidentales. ¿Qué importa acaso que sea un régimen autoritario que viola derechos humanos, destruye el medio ambiente, y realiza una política exterior muy amistosa con regímenes horrorosos como la Rusia de Putin, si yo puedo montar mi empresa allá y ganarme una buena cantidad de los verdes?

A fin de cuentas, ¿el padre originario de la fórmula, Den Xiao Ping, no decía que no importaba el color del gato, mientras cazara ratones? Y en Asia han surgido varios regímenes similares, en Vietnam, Laos o Tailandia.

La pregunta que corresponde ahora es: ¿son a la larga más exitosos y eficientes que las democracias occidentales? No, porque los costos que imponen en materia de dignidad humana, libertad de expresión y verdadera autonomía personal son demasiado elevados. El autoritario pragmático buscará siempre apoyos en fórmulas nacionalistas y colectivistas, frente al mensaje de libertad personal característico de una democracia.

Allí está el ejemplo claro de lo que ha hecho el gobierno chino con la hasta hace pocos años vibrante sociedad pluralista que era Hong Kong.

Además, no pega mucho el autoritarismo con la creatividad y la innovación, expresiones típicas de una sociedad libre.

Todo ello deberían tenerlo presente los que -sinceramente o no- creen que se puede llegar a una cohabitación y normalización (especialmente económica) con el actual régimen venezolano.

Pragmático o no, la maldad, el odio, la violencia y el atropello serán siempre sus improntas características.

 

 

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