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Villasmil: Nuestro propio coronavirus

 

Se llama chavismo, y ya cumplió más de veinte años. ¿No salir de casa? ¿No ir a restaurantes? ¿Reducir la vida social al mínimo? ¿Hacer cada cierto tiempo “compras nerviosas”? ¿Prohibir los vuelos internacionales o simplemente obligar a las aerolíneas a irse? Todo eso lo han venido realizando por años los jerarcas de la tiranía criolla.

 

“El pánico es más peligroso que la peste y se transmite en un instante”, afirmó el escritor ruso Nikolái Gógol; las razones para el pánico en esta tierra no necesitan de virus chinos; con lo que Hugo Chávez, Nicolás Maduro, Diosdado Cabello y compañía han provocado es más que suficiente.

Pero como con estos tipos nada es suficiente, colocan como responsable de la lucha contra el coronavirus a Delcy Rodríguez. Nada menos. Y no es consolación saber que si hubieran puesto a cualquier otro (el ahora experto petrolero Tareck El Aissami, o Aristóbulo Istúriz, o el hermanito de Delcy, el siquiatra Jorge Rodríguez) los resultados, las prevenciones, la lucha contra la pandemia china, hubieran sido los mismos. Lamentablemente, no hay muchas razones para el optimismo.

 

 

No es consuelo que Cuba, la tiranía otrora elogiada por su sistema de salud, tampoco luce preparada para enfrentar esta tormenta; se habla incluso de catástrofe sanitaria. En palabras de un médico en Santiago de Cuba: “Los consultorios médicos están desprovistos de lo mínimo indispensable para atender cualquier emergencia, por mediana o sencilla que sea, imagínese usted ante algo tan complicado como el coronavirus”. Para colmo, no hay jabón y el castrismo está racionando el agua.

El ciudadano, para los Castro y Chávez, Díaz-Canel y Maduro, debe convertirse en vasallo. Sano o enfermo, les da igual.

En Cuba y Venezuela se ha buscado hacer una amalgama unitaria de los conceptos de patria, estado, gobierno, líder, ejército, pueblo. Se intenta identificar cultura con ideología y la nación con un jefe único y supremo. Nada de democracia, sino una muy militarizada monarquía hereditaria, que busca reducir la realidad democrática, eliminar todo resquicio de libertad y de decisión.

La palabra clave que define entonces este encogimiento, esta reducción de los espacios de decisión, este robo y expropiación de la realidad, que iniciara Chávez y a la que nos sigue llevando Maduro es control: control de todas las instituciones del poder y del Estado; control progresivo de todas las formas de generación de ideología, ideas y educación; la creciente presencia militar en todas las instituciones; la destrucción de la descentralización; control de las principales instituciones económicas, empezando por PDVSA; control de todos los mecanismos financieros de la nación; control de todos los medios de ayuda y protección social mediante las misiones; control de la sociedad civil mediante el ataque constante a instituciones básicas como la familia, las iglesias, las universidades, los sindicatos, las organizaciones no gubernamentales. Y dicho control culmina, en su búsqueda de destrucción de todo disenso, en la “santificación de la violencia” (término acuñado por Emilio Gentile y Robert Mallett, en su obra sobre los totalitarismos “La sacralización de la política”).  Los supremos sacerdotes de esa macabra liturgia de verdugos son hoy los orgullosos descendientes de los Castro y de Chávez: Miguel Díaz-Canel, Nicolás Maduro, Diosdado Cabello y sus seguidores más cercanos. Para todos ellos el Estado está más allá de las limitaciones morales, porque el Estado totalitario es el único productor de moralidad. Y el supremo valor moral lo tiene la palabra del tirano.

En los regímenes autoritarios enemigos de la libertad –sea China, Irán, Cuba o Venezuela- advertir sobre lo que podía pasar, alertar sobre el peligro que se veía venir ante el coronavirus, ha significado persecución y cárcel.

Los venezolanos debemos prepararnos, no descuidarnos, frente al virus chino, pero no olvidar que no debemos abandonar la lucha contra el virus de la cleptocracia chavista, no cejar en el enfrentamiento con los usurpadores, con la necesidad de su cese.

Una clave esencial es mantenernos unidos para combatir ambos virus; porque el objetivo de nuestros adversarios sigue siendo sembrar la división, exacerbar rencores, envidias y conflictos viejos o nuevos; perseguir y detener opositores, presionar para forzar una futura elección que responda no a las normas constitucionales e internacionales, sino al bien aceitado proceso electoral chavista, y al mantenimiento de Maduro en el poder. No hay ninguna justificada razón detrás del sospechoso incendio de las instalaciones del Consejo Nacional Electoral en Mariches; o en el envío de un cargamento de supuestas medicinas a Cuba, o de prohibir los vuelos de Europa o Colombia pero no los que vienen de Irán, uno de los países que ha tratado con mayores torpezas y fallas el coronavirus.

Combatir el coronavirus en Venezuela (y en Cuba) no requiere solo que individualmente mantengamos las instrucciones y reglas de relacionamiento social que muchos Gobiernos están implementando; implica –al igual que la lucha contra el virus chavista- una creciente solidaridad. Nuestros mayores no necesitan que los aislemos como presos solitarios (ya el chavismo lo viene haciendo con todos los venezolanos) requieren solidaridad activa. El Gobierno tiene años intentando que practiquemos el egoísta “sálvese quien pueda”, en nuestra vida diaria; lo mismo hará con el coronavirus. Gracias a él, intentará sembrar una vez más miedo y dependencia. Habiéndonos quitado nuestras libertades esenciales, ahora nos quieren dejar solo miedo.

Por ello combatir el virus chavista con repetidos y utópicos llamados a un nuevo diálogo con quien no quiere dialogar –como acaba de insistir recientemente Michelle Bachelet- o a realizar solo elecciones parlamentarias, es igual a querer combatir el coronavirus con limonada caliente.

Mientras los discípulos de Hugo Chávez estén en el poder de facto, por la fuerza, que es lo único que los sostiene hoy, la posibilidad de que Venezuela se recupere del virus chavista no podrá lograrse con éxito. Todas las demás alternativas concluyen sencillamente en utópicos buenos deseos y no en realidades. Los venezolanos tenemos más de veinte años padeciendo ese muy dañino virus; ya nadie puede venirnos con cuentos chinos –nuevos o viejos- al respecto.

 

 

 

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