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Villasmil: Recordando a Luis Castro Leiva, ciudadano

 

Conversaba hace pocos días con un amigo, y entre tema y tema salió el nombre de un ilustre compatriota, brillante intelectual y sobre todo un CIUDADANO con mayúsculas, Luis Castro Leiva, desgraciadamente fallecido en 1999, cuando apenas estaba comenzando la sombra oscura del castro-chavismo a cubrir a la tierra venezolana.

En momentos en que la integridad de la cultura democrática se desvanecía, con no pocos actores que deberían haberla defendido enarbolando ciegamente las banderas golpistas, la palabra de Castro Leiva se elevó para defender la democracia, y rechazar el extravío y la locura que se apoderó de no pocos “líderes” de la sociedad venezolana.

Fui un lector fiel de algunos de sus libros y de sus columnas escritas en la década de los noventa, en El Diario de Caracas y en El Universal. Nadie como él para avizorar, desde sus inicios, los peligros que corría la patria ante una garra tiránica que contó con el apoyo de jefes, capitanes y sargentos de un sector minoritario pero oportunista de la empresa privada, y de un sector de la izquierda venezolana, profundamente resentido y  extraviado en sus pesadillas totalitarias.

Sobre lo que era el chavismo, el daño antropológico, económico, y social que causaría, Castro Leiva escribió brillantes artículos. Todo ello lo reafirmaría en un brillante discurso en el Congreso Nacional, el 23 de enero de 1998.

Los aspirantes a salvadores como Chávez piensan que ellos actúan como lo hubiera hecho Bolívar – no el real, sino el Bolívar hecho de fantasía y cartón piedra- de haber estado en la misma circunstancia. Son intérpretes de un guion mítico prescrito por la deformación de la figura y de la histórica gesta del Libertador.

Apunta Castro Leiva: “todo bolivarianismo [o sea, toda deformación de la vida y herencia de Bolívar] nada en el mismo credo, a saber, un sentimentalismo ético. Consiste esto en hacer de la moral un affaire de coeur fundamental: lo bueno, lo malo, derivan su validez del poder de la afectividad de nuestras conciencias. De allí a que se encarne en la Patria y en su Padre, en el valor del patriotismo, en una guerrera, no hay ni siquiera un paso, es inevitable. Por ello, la condición necesaria para toda decisión política fundamental es un “entusiasmo patriótico.”

Es decir: “moralismo simple, puro, letal. La voluntad general en manos de un mito popular.” Fariseísmo prefabricado.

La ideología bolivarianista, con su chantaje sentimental, pavimentó el camino hacia la catástrofe.

En un artículo escrito en 1992, apenas poco más de un mes después de “la batalla del Museo Militar”, del “por ahora”, del arrobamiento ciego y suicida de miles de compatriotas, Castro Leiva hizo una predicción que la historia probó cierta: “Puedo vaticinar que los comandantes pasarán poco tiempo en prisión.”

Y es que el indulto a los alzados no se dio por razones de Estado, pragmáticas, o racionales: “el indulto siempre ha sido una convención moral para esta cultura sentimental: la clemencia es de rigor. Es parte fundamental de la tragicomedia de esta republiqueta de puras razones sentimentales.”

En un discurso reciente, ante ciudadanos venezolanos residentes en Colombia, el presidente Duque caracterizó al “bolivarianismo”, al igual que Castro Leiva, como una malformación del pensamiento del Libertador para adoctrinar a la población.

***

Hoy, al sentimentalismo se une una ignorancia altiva y vulgar. Si visitamos ese mundo extraño de las redes sociales, el asunto no parece tener remedio, porque se nota enseguida la creciente vigencia de una espontaneidad inculta, de un autoritarismo caníbal. Lo inmediato y lo fragmentario, suscrito por minorías de lenguaje agresivo, prevalece en las redes sobre lo estratégico y lo ético. Y ello vale tanto para analizar lo criollo como para lo que ocurre más allá de nuestras fronteras, en una desenfrenada carrera para ver quién simplifica más la realidad y quién produce el insulto más certero.  Son ciudadanos que no se respetan como ciudadanos.

Se busca –consciente o inconscientemente- retroalimentar un voluntarismo antidemocrático que, en el caso venezolano, no tendría problema en sustituir el chavismo por un liderazgo fuerte, autoritario, pero “de buenas intenciones”. Algo así como que “nos equivocamos con Chávez, pero esta vez sí vamos a elegir al hombre fuerte que necesitamos, el que nos va a salvar”.

Un breve extracto de los artículos de Castro Leiva en los noventa, más que nunca vigentes, quizá sean útiles a todos, a los ciudadanos y a los liderazgos diversos:

 

“La lealtad o la adhesión a la libertad no es sólo un acto de fe, implica otro de conocimiento. Amar a la república, como pensamos algunos, presupone la posibilidad de alguna relación con la práctica de la virtud pública”.

El Diario de Caracas, 16 de marzo de 1992.

 

“Solo una comprensible hipocresía y el descaro de una mentalidad aventurera pueden justificar que alguien asuma que porque la política es indigna hay que barrer con la Constitución que más ha durado en nuestra historia [la de 1961] para instalar en su lugar las tiendas de campaña mentales de una Constituyente. Solo los audaces aspiran a semejante arrogancia”.

El Universal, 13 de febrero de 1998.

 

“Tal vez el miedo más intolerable en moral y política sea no atreverse a pensar en democracia”.

El Universal, 20 de noviembre de 1998.

 

Cuánta razón tenía Castro Leiva, ¿no va siendo hora de que dejemos los venezolanos de pensar y soñar en caudillos y demagogos, y nos atrevamos a pensar en pedagogos, en maestros, en verdaderos demócratas? ¿Que pensemos más –y lo admiremos- en José María Vargas y menos en los tantos Pedro Carujo de nuestra historia? Recordemos siempre el cruce de palabras entre Vargas, presidente civil, hecho prisionero el 8 de julio de 1835 por Carujo, militar alzado: “El mundo es de los valientes, Dr. Vargas”, afirma el uniformado; «el mundo es del hombre justo», le contestó el presidente, médico, científico y rector de la universidad de Caracas.

 

 

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