Villasmil: Si todos los políticos hablaran así…

¿Por qué las otrora famosas reuniones en Davos se han vuelto menos relevantes en los últimos años? La verdad es que uno se enteraba de que se iba a producir otra de esas reuniones elitescas, en lo político y en lo económico, y cambiaba de tema, de lectura -o de canal, si la información estaba en la Tv o en una red social como YouTube-.
Es que los discursos de Davos generalmente eran automasajes de egos opulentos. Y lo peor, todos desconectados de los problemas de las personas comunes.
Un orfeón altisonante y pomposo de poderosos que sonaban, cuando la cosa se ponía fea -crisis económicas, pandemias, guerras absurdas y violentas- como coro desafinado de tragedia griega.
Davos fue asimismo asumido como el templo de la globalización (sea cual sea el significado que hoy cada quien le dé a esa palabreja).
Al pasar los años el evento se volvió aburrido y claramente predecible; por ende, cada día lucía más prescindible.
Una pregunta válida: ¿alguien recuerda un grave problema mundial cuya solución se lograse en una reunión de Davos?… así es, no hay ninguno.
Sin embargo, llegó este Davos 2026 y la cosa se puso impredeciblemente interesante. Había anunciado presencia el presidente norteamericano.
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El coro de asistentes se volvió, en los días previos, una cacofonía de voces llenas de alarma y de susto, preguntándose ¿qué va a pasar? ¿qué vamos a hacer?
Para absoluta sorpresa general, en la lista de oradores surgió ¡por fin! una voz disonante con el aburrido statu quo, dispuesta a cantar verdades. Todo un terremoto. Un sismo que rompió con la parálisis que por años se había instalado como hierba salvaje en los recintos de las reuniones.
Y el primer impacto surgió cuando dicho orador, Mark Carney, primer ministro de Canadá, comenzó indicando que el viejo orden -y sus reglas- había muerto, enterrado por la voluntad de los hegemones del poder mundial actual. (Carney no dio nombres, no tenía necesidad alguna).
Carney inicia su intervención con una idea directa y poderosa que vertebra todo el discurso: “Nos encontramos en medio de una ruptura, no de una transición”.
El mundo está profundamente fragmentado, según la cruda mención que el primer ministro canadiense, con lúcida honestidad, hiciera de Tucídides quien, en su extraordinaria obra sobre la guerra del Peloponeso, afirmara que «los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben».
Las grandes potencias ya no se sienten obligadas a obedecer normas ni a respetar alianzas o instituciones. Usan los aranceles, la infraestructura financiera y las cadenas de suministro como herramientas de coerción.
Y ello es así porque los hegemones han decidido que, junto con las instituciones creadas en la segunda posguerra, y que definieron la gran diferencia entre el mundo libre capitalista y occidental, y los países detrás de la “cortina de hierro” comunista, también han sido puestos a un lado los principios y valores que dichas instituciones representaron: la dignidad de la persona, los derechos humanos, el bien común, el pluralismo, el predominio de la verdad y los hechos sobre la mera opinión y su ponzoñosa compañera, la “posverdad”.
El orden mundial basado en reglas éticas y jurídicas consensuadas está en terapia intensiva, junto a los avances civilizatorios hijos de Atenas y Roma, para ser sustituidos por el nihilismo y el cinismo que se busca imponer a punta del predominio de nuevas reglas, en la selva en que se quiere convertir al mundo.
Carney fue incluso más allá: la ruptura decretada y que hoy se ejecuta, es irreversible.
“El mundo de ayer” -recordemos el título del extraordinario libro de Stefan Zweig– no volverá. Con claridad analítica, Carney sentenció: “La nostalgia no es estrategia”. Admitió que el orden anterior era, en parte, una «ficción agradable» donde las grandes potencias se saltaban las reglas cuando les convenía. Hay que decirle, entonces, adiós a la “ficción”.
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Lo más disruptivo (pensando ya en el presente y en el futuro) fue su llamado a la rebelión —o al menos a la independencia— de las naciones de tamaño intermedio. Utilizó una frase que se volvió viral:
«Las potencias medias deben actuar juntas porque, si no estás en la mesa, estás en el menú».
Instó a países como Canadá, naciones europeas y otros aliados tradicionales a dejar de competir por el «favor» de las superpotencias (“los hegemones”) y a construir una autonomía estratégica en sectores críticos como energía, inteligencia artificial y minerales.
Estos países deben cooperar para construir un nuevo orden internacional basado en un “pragmatismo con valores” que genere alianzas flexibles y prácticas.
Carney presentó un camino basado en la «geometría variable»: formar diferentes coaliciones para diferentes problemas (seguridad, comercio, clima) según intereses comunes, en lugar de depender de bloques rígidos. Anunció que Canadá ya ha firmado 12 acuerdos de seguridad y comercio en solo seis meses con socios tan diversos como la Unión Europea y Qatar.
El discurso, finalmente, impactó no solo por lo que dijo, sino cómo lo dijo. Sus palabras no competían por la atención, se la merecieron. Ningún insulto, ninguna palabra altisonante, mucho menos una amenaza. Brilló asimismo por su estructura, la calidad de la argumentación lógica. Supo usar las metáforas no para simplificar el mensaje, sino para hacerlo imaginable. Carney activó emociones ante la preocupación compartida, la responsabilidad colectiva o una esperanza prudente. Y sin embargo no deseó polarizar apelando a sentimientos negativos, como el miedo o la ira.
Notable la forma en que expuso una emoción subyacente: Canadá con toda razón se siente herida, traicionada; es una nación pacífica y de orden con justicia que por más de un siglo no ha dudado en apoyar, incluso con tropas, a todas las acciones bélicas de sus hasta hoy “aliados”, que sin embargo no han dudado frívolamente en amenazar con anexarse su territorio.
Carney no llama traición a la traición. Pero sí dice, con la fuerza de la entereza moral que proviene de la defensa de lo justo que, “uno no puede vivir en la mentira de que la integración económica beneficia a todos cuando esta se vuelve la fuente de tu subordinación”. Y llega a una conclusión: “cuando las reglas ya no protegen, uno se debe proteger a sí mismo”.
Y sus palabras convencen, tienen credibilidad, como bien destaca Luis Antonio Espino en Letras Libres “no sólo por lo que él propone, sino por el tipo de liderazgo que encarna ante la élite global de Davos: sobrio, competente, con templanza. Apoya su texto con referencias cultas que le dan al discurso autoridad filosófica (Havel, Tucídides) y traduce su gran tesis política en un repertorio de acciones concretas, lo cual refuerza la idea de capacidad ejecutiva. Ese ethos personal se apalanca, además, en un ethos nacional: Canadá como socio estable y confiable, con recursos, voluntad y capital político para tejer alianzas. Ofrece así una salida al caos, un liderazgo horizontal entre potencias intermedias que suman fuerzas sin renunciar a sus principios”.
Finalmente, el discurso de Carney es una pieza retórica muy bien escrita, pero también es una advertencia estratégica que México (y el resto de Latinoamérica) haría bien en escuchar: la soberanía no es un principio que se declama, es una fortaleza que se construye con acciones.
En respuesta al discurso, el presidente norteamericano amenazó públicamente con imponer un arancel del 100% a productos clave canadienses, afirmando que «Canadá vive gracias a Estados Unidos».
Lejos de retractarse, Carney respondió con un mensaje de orgullo nacional que se volvió viral: «Canadá no vive gracias a Estados Unidos; Canadá prospera porque somos canadienses».
¿Y qué significa esta postura para las ambiciones de Trump con respecto a Groenlandia? Carney no pudo ser más claro: «En cuanto a la soberanía del Ártico, apoyamos firmemente a Groenlandia y Dinamarca y respaldamos plenamente su derecho exclusivo a determinar el futuro de Groenlandia. Nuestro compromiso con el artículo 5 es inquebrantable» (recordemos que El Artículo 5 de la OTAN es la cláusula de defensa colectiva que establece que un ataque armado contra un país miembro en Europa o América del Norte se considera un ataque contra todos, obligando a cada miembro a ayudar al atacado”).
Queda uno inevitablemente deseando que las clases políticas de nuestros países tuvieran la misma probidad y entereza de este auténtico estadista, que tuvieran la valentía de ver al mundo tal como es, no como quisiéramos que fuera. Carney convence con su oratoria en un mundo donde quieren predominar liderazgos que se centran en la violencia, porque él posee algo también muy importante: auctoritas.
Ya es hora de que nuestros países se sienten a la mesa, y dejen de ser simplemente parte del menú que los hegemones buscan consumir. Y, como también afirmó Carney: “no dependemos solo de la fuerza de nuestros valores, sino también del valor de nuestra fuerza”.
