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Yoani Sánchez: ‘Chernobyl’ y la reconstrucción de la memoria

Tenía 10 años y mi mundo era del tamaño de las Matrioskas que adornaban la sala de mi casa. Corría 1986 y en Cuba vivíamos otra vuelta de tuerca de la estatización con el proceso de rectificación de errores y tendencias negativas, mientras la prensa oficial alcanzaba sus cotas más altas de secretismo. En abril de ese año ocurrió el accidente de Chernóbil, en Ucrania (entonces en la Unión Soviética), un desastre nuclear del que fuimos -junto a los soviéticos- los últimos en enterarnos.

Los medios nacionales de la Isla, bajo un estricto monopolio del Partido Comunista, ocultaron durante meses el estallido en la central Vladímir Ilich Lenin que dejó expuesto suficiente material radiactivo para que se extendiera prácticamente por toda Europa. Los detalles de aquella catástrofe, el horror que produjo el accidente y la evacuación forzosa de los habitantes de Prípiat, la ciudad ubicada a 3,5 kilómetros de los reactores, apenas fueron mencionados en los periódicos cubanos.

Mientras millones de padres acostaban a sus hijos sin saber si habría un mañana para ellos, aquí vivíamos ajenos a la tragedia que se había desatado. La camaradería de la Plaza de la Revolución con el Kremlin implicó, también en ese caso, barrer el problema bajo la alfombra informativa, aunque se tratara de una historia sumamente explosiva, nunca mejor dicho. Los pocos detalles que se contaron, pasados los meses, hablaban de una situación controlada, del castigo a los culpables y de la heroica respuesta del pueblo soviético.

Mientras millones de padres acostaban a sus hijos sin saber si habría un mañana para ellos, aquí vivíamos ajenos a la tragedia que se había desatado

Eso habríamos seguido creyendo si con el tiempo no hubieran entrado a la Isla otros fragmentos de la historia. Algunos de ellos de la mano de los llamados niños de Chernóbil que por más de dos décadas recibieron tratamiento en la playa de Tarará, una urbanización al este de La Habana donde yo había pasado varios veranos en campamentos estudiantiles ubicados en casas confiscadas a la burguesía cubana. La situación de aquellos infantes, muchos huérfanos, y los graves problemas de salud con que vinieron, no encajaban con la historia oficial que nos habían contado.

¿Cómo podía haber tanta gente afectada si aquel accidente solo había sido exagerado por los medios occidentales, como nos decían los apparatchiks, y además fue rápidamente controlado por los aguerridos compañeros soviéticos? Algo estaba mal en esa historia y después lo supimos.

La serie Chernobyl, emitida por el canal estadounidense HBO, ya circula en Cuba. Gracias a las redes alternativas de distribución de contenido. Sus cinco capítulos probablemente han sido vistos hasta ahora por un mayor número de televidentes de los que sintonizan el noticiero estelar de la televisión oficial. Tal voracidad se debe a que varias generaciones necesitamos llenar un agujero en nuestra historia y reconstruir la memoria de un suceso que nos escamotearon.

Completar los recuerdos que nunca tuvimos puede ser un proceso doloroso. Lo primero que se siente al asomarse a las escenas iniciales de la serie es la familiaridad, los objetos que poblaron nuestra infancia, la manera de hablar de los oportunistas, el maquillaje constante de la realidad que es un pilar fundamental de estos regímenes totalitarios. Son soviéticos, pero nos resultan tan parecidos que por momentos hay una sensación de tragedia propia y de historia conocida.

Después llega la convicción del poco valor de la vida humana en aquella circunstancia. La gente como número, el hombre como pieza de un engranaje superior que no escatima en sacrificar a los suyos, los ciudadanos de a pie que son enviados a una muerte segura sin saber la magnitud del desastre y del riesgo. Y la mentira. Engañar al mundo, tapar la verdad, ocultar el problema, amenazar a quienes podían contar lo que ocurría; en fin, apelar a una de las cartas que mantuvo en pie por más de 70 años a la URSS: el miedo.

Engañar al mundo, tapar la verdad, ocultar el problema, amenazar a quienes podían contar lo que ocurría; en fin, apelar a una de las cartas que mantuvo en pie por más de 70 años a la URSS: el miedo

De tonos oscuros, casi rozando el blanco y negro, la atmósfera de  Chernobyl puede llegar a ser asfixiante por momentos. Dan ganas de gritar a cada rato, pero 33 años después de aquel suceso sería un alarido bastante retrasado… En la medida en que se acerca el final crece la indignación. ¿Cómo pudo ocurrir algo así y nosotros estar tan al margen? ¿Por qué nunca supimos lo cerca que estuvo el mundo de una catástrofe nuclear de irreversibles proporciones?

Más allá de las licencias de la ficción que algunos han reprochado a la serie, de las críticas que ha recibido por el abordaje de los efectos en la salud de la radioactividad y de las chispas que ha provocado en las autoridades rusas, que han anunciado la filmación de una réplica,  Chernobyl  tiene un valor especial para los cubanos también porque en Cienfuegos estaba construyéndose la Central Electronuclear de Juraguá, prima hermana de la planta ucraniana. Conociendo la ineficiencia, el secretismo y el triunfalismo que embarga a la empresa estatal cubana, aquello hubiera sido una bomba de relojería.

En lo personal, y amén del espanto que me ha provocado esta producción de HBO, creo que  Chernobyl nos deja la esperanza de que todo termina sabiéndose y que de poco sirve disfrazar o acallar una realidad, porque hay voces que terminarán por contarla. Espero entonces por todos los documentales sobre Cuba y sus temas tabúes que nos deparará el futuro.

 

 

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