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Yoani Sánchez: En otros tiempos…

¿Son estos los claros estertores de una dictadura o solo el reacomodo de un modelo político que se resiste a morir?

¿Cuáles son las señales que predicen el fin de un sistema autoritario? ¿Qué síntomas muestra un régimen despótico cuando se acerca su ocaso? Esas dos preguntas me han obsesionado en los últimos días, en medio de sucesos sin precedentes que llevan ocurriendo hace semanas en esta Isla. ¿Son los claros estertores de una dictadura o solo el reacomodo de un modelo político que se resiste a morir?

Protestas frente a ministerios, funcionarios batiéndose con un discurso improvisado y a la defensiva, masiva solidaridad contra los estigmatizados por la propaganda oficial y un aumento de la crítica social, que ya no apunta solo a las ramas sino que va contra pilares del sistema como sus líderes, su manejo de la historia y su gestión de los recursos nacionales. ¿Así son las agonías? ¿Ha empezado ya el final?

En otros tiempos, la osadía de quienes ahora se quejan en las redes sociales o a las afueras de una institución hubiera sido respondida con mayor contundencia. El videoclip Patria y vida, que tanto encono ha provocado en el oficialismo cubano, habría desatado una furia de conciertos en plazas y parques de todo el país, a los que el Gobierno llevaría a sus más fieles artistas, en un interminable y costoso espectáculo de «reafirmación revolucionaria».

A inicios de este siglo, la llamada Batalla de Ideas fue justamente eso, una estrategia para encauzar por el canal de la obediencia a una sociedad que se había ido «aflojando» ideológicamente durante los duros años del Período Especial. Aquellos constantes actos masivos y la creación de los trabajadores sociales, unos guardias rojos que respondían directamente al poder, fueron algunas de las estrategias usadas para apretar la tuerca política.

La pandemia ha atado de manos a las autoridades que saben que cualquier convocatoria a reunirse físicamente no solo es un peligro de contagio, sino que será muy mal vista y criticada por la población

En el pasado, por cada joven que este enero se plantó frente al Ministerio de Cultura, la Plaza de la Revolución habría movilizado otros cien para –a grito de lemas y enarbolando pancartas– «aplastaran» en número a los atrevidos que demandan mayores libertades creativas y el fin de la censura. Los matutinos en las escuelas con ataques viscerales a estos «enemigos» y las reuniones de militantes para arrancar compromisos de apoyo al sistema se hubieran multiplicado hasta el paroxismo.

Pero ya no son aquellos tiempos. La pandemia ha atado de manos a las autoridades que saben que cualquier convocatoria a reunirse físicamente no solo es un peligro de contagio, sino que será muy mal vista y criticada por la población, como ocurrió con la tángana del Parque Trillo, que intentó responder a los acontecimientos del 27 de noviembre y solo generó más indignación por la irresponsabilidad de congregar cientos de jóvenes a pesar de los peligros del covid-19.

Un sistema que necesita la movilización constante y el reclutamiento permanente de los individuos para que sientan que son soldados que responden a órdenes y no ciudadanos que reclaman derechos se debilita cuando no puede citar, congregar, reunir frente al líder a sus tropas.

El virus no es la única razón para la «tibia» respuesta oficial que se ha vivido en las calles. Falta dinero. La ofensiva ideológica de principios de este milenio se apuntaló con los recursos venezolanos. Aquella algarabía solo fue posible porque Hugo Chávez puso a disposición de Fidel Castro el petróleo necesario para financiar sus excesos y delirios políticos. Ahora, Venezuela está hundida económicamente y las arcas estatales cubanas solo contienen deudas y telarañas.

Sin un peso para derrochar en alardes ideológicos, contra las cuerdas por el repunte de la pandemia y agobiados por el creciente malestar popular, al régimen solo le ha quedado el uso de los medios nacionales y de las redes sociales para intentar contrarrestar tanta rebeldía. De ahí las campañas constantes de difamación que se transmiten en el horario estelar de la televisión y llenan los periódicos. Donde antes estaba el desfile y la marcha, ahora solo quedan unos «minutos de odio» en la pantalla.

Pero eso es poco, muy poco para lo que el poder cubano hubiera hecho en otros tiempos. ¿Esa incapacidad para mostrar músculo ideológico en la realidad será un indicio del final? ¿Antes de fenecer, las dictaduras se van apagando, perdiendo las calles y las plazas?

 

 

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